¿Fuera de control? Cómo gestionar los sentimientos

Desde que somos pequeños nos damos cuenta de cómo algunos sentimientos nos entristecen y pensamos en modos de evitarlos. De ahí pasamos a inventarnos trucos sencillos para evitar estos inconvenientes. Si por falta de sueño me vuelvo irascible, esto es suficiente para darme cuenta de que simplemente me hace falta dormir más, para ver las cosas en otra luz. Si me aburro, quedaré con amigos o me buscaré alguna ocupación. Si algo me da miedo, puedo pensar si lo que me atemoriza es de verdad una amenaza o no, y así reírme o distraerme con otra cosa para ver si se me pasa.

No obstante, estas estrategias llegan a un límite cuando nos topamos con sentimientos más complejos, sentimientos profundamente enraizados en nuestra vida. A veces, la solución consiste en llegar a la raíz de lo que nos está afectando negativamente y cambiarlo. Otras veces, esto no nos será posible, porque hay cosas que pasan sin que podamos evitarlas. Cuando esto suceda, no nos queda otra que rezar la oración de la serenidad: “Señor, concédeme serenidad para aceptar las cosas que no pueda cambiar, coraje para cambiar las que sí y sabiduría para diferenciarlas”.

A veces hay cosas que podríamos cambiar, pero no nos queremos enfrentar a ellas. Podemos ser conscientes de ello o no. Ignoramos los problemas o nos negamos a enfrentarnos a ellos, y para ello nos distraemos refugiándonos en otras cosas. Llevada al extremo, esta actitud puede desembocar en problemas como el alcohol, el juego o las drogas. Tenemos maneras de escaparnos que -así lo pensamos- mejorarán nuestra situación y nos harán sentir mejor. Pero que en realidad no cambian nada. En vez de aceptar lo que nos pasa, intentamos escaparnos y acabamos en el camino equivocado. Es importante que nos demos cuenta de que la causa de nuestra desdicha no es lo que nos pasa, sino cómo reaccionamos ante ello.

Nuestros sentimientos son parte de nuestro carácter. La persona pesimista o cobarde no suele tener la fortaleza para enfrentarse a las cosas que la vida le depara, mientras que la persona optimista y decidida es capaz de sobrellevar y superar tales cosas. Una persona agresiva es capaz de arruinar su vida familiar o el ambiente de trabajo con sus enfados.

Uno podría pensar: “Claro que todo el mundo querría ser optimista, pero no es fácil”. Y eso es correcto. No es fácil, pero el esfuerzo dará sus frutos. Todos prefieren ser optimistas y alegres a ser tristes. Todos querrían vivir en paz sin estrés ni depresiones. Todos preferirían amar en lugar de odiar. Lo triste es que cuando llegamos a la edad adulta, muchos de nosotros nos damos cuenta de que no somos tal y como nos gustaría ser. Tenemos una manera de actuar que nos es muy propia y que se resiste al cambio, porque está profundamente arraigada en nosotros. Por eso es tan importante moldear nuestro carácter lo antes posible y aprender a controlarlo, y educar nuestros sentimientos. Esto es fundamental si queremos vivir una vida plena.

Como seres humanos, solemos refugiarnos y elegir lo que nos parece más fácil. Esto no siempre es algo malo, pero lo puede ser. Por eso no deberíamos insistir en permanecer dentro de nuestra “zona de confort”, prefiriendo estar solos, porque no nos sentimos a gusto con gente a nuestro alrededor, sin corregir al otro cuando sabemos que deberíamos hacerlo, sin hacer el esfuerzo de hablar en público, porque es muy difícil… Aunque encontremos un refugio en nuestra “zona de confort”, tenemos que combatirlo si queremos una vida plena y feliz. Esto requiere un esfuerzo a largo plazo, pero vale la pena. Lo que al principio aún nos parecía muy difícil, en algún momento pasa a ser natural o parte de nuestro carácter.

¿Es cierto que los sentimientos desagradables son siempre malos? En realidad no. Hay algunos sentimientos que sería malo no experimentarlos. Por ejemplo, la culpa y la vergüenza. Si no experimentáramos estos sentimientos, haríamos cosas escandalosas sin pensárnoslo dos veces. Si no sintiéramos culpa, robaríamos en tiendas sin más. Si nunca sintiéramos vergüenza, igual íbamos a la calle sin ropa. De la  misma manera, si no experimentáramos miedo, haríamos cosas muy peligrosas sin reflexionar sobre las consecuencias: como saltar de un edificio alto o un puente. En resumen, hay un montón de sentimientos desagradables que, en realidad, son positivos y necesarios.

 Cuando se trata de mejorar nuestro carácter, tenemos que mirar lo que conviene que cambiemos en nosotros y cómo lo podemos hacer. No es simplemente una cuestión de deshacernos de sentimientos desagradables; eso también nos llevaría a la ruina personal. Controlar y educar nuestros sentimientos es mucho más complicado que eso.

 -Por Hna. Mary Donovan, SHM