Capacidad de amar

Algo más que nos hace diferentes y superiores al resto de los seres la creación (animales, aves, etc.) es nuestra capacidad de amar, debido a nuestra libertad, pues una criatura que no es libre no puede amar ni pecar (que es falta de amor).

La capacidad de amar es la capacidad inteligente, voluntaria y libre de darse uno mismo al prójimo, de entregarse totalmente a los demás sin poner condiciones.

Los animales no pueden amar; sólo se da en ellos la atracción sexual, pero esta no es amor.

El amor del ser humano puede ser de diferentes tipos: filial (a los padres y a Dios), fraternal (a los amigos o hermanos), esponsal (al cónyuge) o humanitario (a todos los hombres). Cada uno de estos amores tiene diferentes manifestaciones, pero se caracterizan todos por la entrega total y desinteresada de la persona al otro.

El amor no es un sentimiento, sino un acto de la inteligencia, de la voluntad y de la libertad. No se ama porque se siente amor hacia una persona, sino que se ama porque se quiere amar a esa persona.

Amar es desear para el amado lo mejor de todo, no para tu satisfacción personal, sino para la de él, y ayudarle a conseguirlo. Aquí no acaba el egoísmo, sino sólo la generosidad. Amar, pues, es darse al otro sin esperar nada a cambio.

Tomemos como ejemplo el amor de Dios por nosotros: Él se entrega todo por nosotros en cada momento. Nos da la vida, la creación maravillosa, su vida divina en los sacramentos, hasta a su propio Hijo nos lo entregó por amor. Y no tiene por qué hacerlo, Él es perfecto, infinito, omnipotente... ¿Qué interés puede tener para ti su amor por mí, por cada uno? Él ama a todos con igual amor. Si alguno de vosotros se siente poco amado por Dios, el problema no está en Dios, sino en el. El amor de Dios es como la luz del sol. El sol brilla siempre, pero, si yo me pongo de espaldas o cierro la persiana, no entra la luz del sol, pero por mi culpa, no por la del sol (corro la cortina), que sigue brillando.