Entregarse sin condiciones

¿Alguna vez te has preguntado qué quiere Dios de ti? Alguna vez has pensado: «¿Cómo tengo que vivir para alcanzar la vida eterna?». Dios habla, bueno, más bien grita. En lo más profundo de tu corazón siembra el deseo, el anhelo de darlo todo.
Seguir a Dios conlleva un cambio de vida, una mezcla de sumas y restas que irán dirigiéndote hacia Él.

Si Dios te pide que hagas algo, hazlo. Si te pide que lo dejes, déjalo, entrégaselo. Él es tu Creador y sabe mejor que tú lo que te conviene, para tu felicidad y para tu santificación. No llores, no patalees y tampoco seas tacaño.

No te conformes con cumplir lo mínimo, porque acabarás cayendo en la mediocridad. Muchas veces damos muy poquito para tranquilizar nuestra conciencia sin meternos en un lío, sin hacer ruido. Pero, ¿esto es efectivo? Piénsalo. Te pongo un ejemplo: ¿Cuánto tardarías en cocinar una paella si compraras el arroz grano a grano en lugar de comprar un paquete? ¿Llegarías a cocinarla algún día? Todos sabemos que no, nunca la terminarías, te cansarías y pasarías hambre. Pues lo mismo pasa con la vida espiritual, el que da poco o hace lo que Dios le pide a medias, sin hacer grandes cambios, nunca termina de realizar su voluntad.

Soy consciente de que estas renuncias que Dios nos pide son como arrancar una tirita en una herida abierta, duele. Pero, ¿acaso Jesús dijo aquel Jueves Santo: «Hoy no me crucifiques que con los latigazos tengo bastante»? NO, en absoluto. Sufrió hasta la muerte y una muerte de cruz; por eso dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga» (Mt 16, 24). Esta  invitación es una propuesta de amor. Quizá solo veas tu dolor, tu miseria, pero confía en su misericordia.

Solo no podrás, ten presente que «Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti» (S. Agustín). Lo único que tienes que hacer es abandonar tu voluntad en sus manos y, como un niño, fiarte totalmente sabiendo que todo, absolutamente todo, es para tu santificación y la de las personas que tienes a tu alrededor, aunque no lo entiendas.

No le abandones. Él nunca lo hará. Te dará la fuerza para perseverar, para ser fiel.
Entrégate, entrégalo TODO. No tengas miedo.

 - Escrito por Ana Ortiz, CSHM