Perderlo Todo

“Quien quiera ganar su vida, la perderá; pero quien la pierda por mí y por el Evangelio, la encontrará” (Mt 10, 39).

El único superviviente de un naufragio llegó a una isla pequeña e inhabitada en medio del océano. Durante meses rezó fervorosamente a Dios para que lo rescatara, y todos los días oteaba el horizonte para ver si pasaba algún barco, pero nada... El tiempo pasaba y todo parecía igual.

Exhausto, finalmente, decidió construir un pequeño refugio para protegerse y para guardar lo poco que poseía. Le costó muchas semanas de duro trabajo, pero finalmente lo consiguió. Un día, después de buscar comida, llegó al refugio y lo encontró en llamas; el humo subía hacia el cielo. Le había sucedido lo peor; todo estaba perdido. Estaba muy triste y enfadado.

“Señor, ¿cómo me has hecho esto? –exclamó–. “¿No tengo ya suficiente sufrimiento?”. Y, enfadado, se fue a dormir. Al día siguiente por la mañana, le despertó el sonido de un barco que se aproximaba a la isla. Había venido a rescatarle. “¿Cómo me habéis encontrado?”, preguntó el náufrago a sus rescatadores. “Vimos la señal de humo que mandaste”, respondieron. Algunas veces en nuestra vida, damos mucha importancia a alcanzar determinadas metas, hasta que un día descubrimos que hemos perdido todo o estamos a punto de hacerlo. Puede ser difícil vivir con ello, pero cuando perdemos todo y se lo damos a Dios, nos sucede algo parecido a lo que le ocurrió al náufrago de nuestra historia. Descubrimos que cuando perdemos nuestras posesiones, que son, en realidad, pocas e insignificantes, encontramos algo mucho mejor.

Oposición a la voluntad de Dios

Muchas personas hacen grandes esfuerzos para ganar una medalla, escalar montañas, realizar avances científicos, llegar a ser el director general de una empresa, etc. Pero dar la vida a Dios y servir a los demás requiere una motivación muy diferente. Tiene que hacerse por amor. El amor es el que movió a la Madre Teresa a dejarlo todo y salir a las calles de Calcuta para servir a los más pobres de entre los pobres. El amor es lo que inspiró a San Francisco Javier a dejar su país y a servir en las misiones hasta su muerte. El amor fue la razón por la que Santa Teresa de Lisieux se encerró en un convento de carmelitas para ofrecerse a sí misma por la salvación de las almas. El amor es la razón por la cual un gran número de hombres y mujeres han preferido vivir sin tantas comodidades, han elegido cruzar mares y continentes, y han dedicado sus vidas a los jóvenes, enfermos, pobres, ancianos, a aquellos que todavía no conocen a Cristo. 

Esta clase de amor supera los lazos de la sangre, expande el corazón de tal manera que se pueda amar más que únicamente el propio país, y es más fuerte que la muerte o la vida. Requiere sacrificio, sí. Pero, como San Josemaría Escrivá dijo: “Para ser feliz no necesitas una vida fácil, sino un corazón enamorado”.

Oposición por parte de nuestra familia o amigos

Algunas veces, lo que nos frena para entregarnos a Dios no es solo aquello que poseemos, sino la gente a la que amamos. Esto puede ocurrir de diversas maneras. Tu familia o tus amigos pueden estar en contra de que des un paso hacia la vida religiosa o el sacerdocio. Es verdad que a veces ellos tienen una perspectiva diferente, por lo que debes escucharles con respeto. También puede ser que no te apoyen en tu vocación por su propia falta de fe o sus miedos. Aun si encuentras oposición, tienes que ser fuerte y fiel a lo que sabes que Dios te está pidiendo. Debes explicárselo lo mejor que puedas, pero, después, da el siguiente paso, confiando en que Dios les ayudará a entenderlo o, al menos, a aceptarlo en algún momento en el futuro. Si Dios te ha dado el don de la vocación, también les ha dado a ellos el regalo de ser padres o amigos de una persona con vocación, por lo que cógete fuerte a la promesa del Señor: “Todo el que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o tierras por mi causa, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna” (Mt 19, 29).

Mis propios miedos y defectos

Es también necesario dejar atrás nuestros miedos y defectos. Puedes estar tentado de pensar que nunca serás capaz de perseverar en la vocación a la vida religiosa debido a tu propia debilidad. Pero ¿cuántos santos han sido capaces de superar sus dificultades personales con la gracia de Dios? San Agustín decía: “No hay santo sin pasado ni pecador sin futuro”. Él hablaba desde su propia experiencia: tuvo un hijo ilegítimo con su amante y es famosa la oración que él hacía: “¡Dame el don de la castidad, pero no todavía!”. Ahora es doctor de la Iglesia.

Santa maría Egipcíaca fue prostituta desde los doce años. Diecisiete años después fue a Tierra Santa para buscar más clientes, pero allí recibió la gracia de cambiar de vida delante de una imagen de la Virgen. San Camilo de Lellis se dedicaba al mundo de las apuestas antes de convertirse y dedicar su vida a los pobres. San Francisco de Sales tenía la tendencia al enfado. Y la lista podría seguir eternamente… Todos ellos llegaron a ser santos y todos comenzaron con muchos defectos.

Es verdad que ciertas tendencias y situaciones que hemos vivido pueden debilitar nuestra alma. Es necesaria una conversión personal verdadera y estable. Pero estas cosas no deben ser el mayor obstáculo para vivir una vida casta dedicada a Dios. El Evangelio y las vidas de los santos son prueba suficiente de que una vida de pecado pasada puede ser transformada en una vida llena de Dios, y de que “cuando damos, entonces recibimos” (San Francisco de Asís).