Vocación: mañana, mañana...

"Para el siervo de Dios, cada lugar es el lugar correcto y cada tiempo es el momento correcto" (Santa Catalina de Siena).

San Agustín es uno de los mayores pecadores, que se convirtió en uno de los grandes santos. Durante años, vivió alejado de Dios, esclavizado por sus pasiones e influenciado por malas amistades. Cuanto más se olvidaba de Dios, más escuchaba la afirmación: "¡Buen trabajo! ¡Buen trabajo!". Y, cuanto más se entregaba a sus pasiones, más infeliz era.

Sabía que Dios podía sanar su alma, pero ni lo quería ni se sentía capaz de cambiar. El tiempo pasaba y cada vez se hacía más esclavo, a causa de los malos hábitos que adquiría. Un día, después de hablar con un amigo suyo, se vio tal cual era y descubrió su miseria. Le pedía a Dios la gracia de vivir en castidad y continencia, "pero no todavía". ¿Cómo podría dejar atrás su vida de placer? ¿Cómo podría vivir sin placer? Después, mirando a su alrededor, vio cómo muchas personas habían sido capaces de superarse y se dijo: "Si ellos pudieron, ¿por qué yo no?".

Pero un día ocurrió. Cuando iba andando con un amigo por el jardín, pensó: "¿Hasta cuándo voy a seguir diciendo mañana, mañana...? ¿Por qué no hoy? ¿Por qué no poner fin hoy a todas mis miserias?". En ese momento oyó la voz de un niño que le decía: "¡Toma y lee! ¡Toma y lee!". Abrió las Escrituras y encontró la respuesta en la epístola de San Pablo a los Romanos, cuando el apóstol los exhorta a abandonar las obras de la carne y a revestirse de Cristo (Rm. 13, 13-14). Ahí estaba la repuesta. Su corazón se inflamó. Cerró el libro, porque ya no tenía necesidad de leer más.

Años después, escribió en su libro "Las confesiones": "¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro de mí, pero yo te buscaba fuera... Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me detuvieron lejos de ti. Tú llamaste, gritaste, rompiste mi sordera... Yo te probé y tengo hambre y sed de ti. Tú me tocaste y me abrasó tu paz".

El camino de san Agustín hacia la conversión muestra muy bien la tendencia de cada persona a dejar de lado las decisiones importantes que vemos claramente que tenemos que llevar a cabo, pero que se oponen a nuestras malas pasiones y hábitos. Él tuvo problemas, sufrió angustia, buscó sin descanso y luchó, hasta que, finalmente, consiguió la victoria. Y, gracias a esta victoria, la Iglesia y muchas almas se han beneficiado y aprendido de sus escritos y densu ejemplo.

Muchas veces, la llamada de Dios va contra la voz de placer que oímos en nuestro interior. "Y tú, ¿vas a poder vivir sin nosotros? Espera a mañana... mañana". Esta simple palabra: "mañana", puede convertirse en "nunca". Podemos sofocar la voz de Dios en nosotros y sacarle de nuestra vida simplemente porque no queremos luchar. Pero es necesario que nos superemos a nosotros mismos, si queremos cumplir en nuestra vida la voluntad de Dios. En pocas palabras, no es suficiente con tener el deseo de hacer la voluntad de Dios, aunque lo deseemos con fuerza. El deseo tiene que convertirse en acción. Es verdad que las decisiones importantes necesitan de tiempo para madurarse. Los asuntos importantes deben considerarse y reflexionarse en la presencia de Dios. Eso es lógico, es normal. Pero, si nos tomamos tranquilamente nuestro tiempo para esperar y ver si de pronto esa voz se va o se convierte, al menos, en un "ruido" de fondo que podemos dejar aparcado mientras nosotros seguimos cómodamente con nuestra vida, entonces nos estamos defraudando a nosotros mismos. En lugar de "mañana, mañana", ¿has considerado que a lo mejor lo que Dios te está pidiendo lo quiere ahora?

Otro pequeño detalle a considerar es que  nuestro "mañana" no está garantizado. ¿Acaso sabes cuando morirás? ¿Cuántos santos han muerto a la edad de doce, dieciocho o veinticuatro años? Dios puede llamarnos a cualquier hora, pero si nos llama en nuestra juventud, debemos agradecérselo, porque es un signo de predilección. Otros te dirán que esperes, que disfrutes de tu juventud y que no pienses en compromiso o responsabilidad. Tú pregúntale a los que han descubierto que Dios les llamaba en su juventud y respondieron. Ellos te dirán que no lo cambiarían por nada del mundo.

Descubrir tu vocación es simplemente conocer los designios que Dios tiene para tu vida. Esto nos debería llenar de esperanza y del deseo de responder sin miedo y sin excusas. Esto no significa correr para saltarse etapas; significa ser consciente de que conforme los días, las semanas, los meses e incluso los años pasan, puede que no le estemos dejando a Cristo pasar por nuestra vida. Si piensas en toda la gente que aún no conoce a Dios, aquellos que no han oído hablar de Él, aquellos que le odian, entonces puede que entiendas el por qué de experimentar esta urgencia de responder a su llamada. Cuando Jesús llamó a sus apóstoles, el Evangelio nos repite una y otra vez que respondieron "inmediatamente". ¿No nos resultaría raro que san Pedro o san Juan hubieran respondido al Señor: "Espera, espera. Deja que me lo piense y ya te responderé mañana"? Y cuando Jesús les volvió a decir al día siguiente: "Ven y sígueme", ¿respondieron lo mismo?

La respuesta a la vocación requiere de tiempo. No hay duda. Pero debemos pensar si el tiempo que empleamos en reflexionar es de verdad un tiempo de búsqueda o, por el contrario, solo supone aplazar la respuesta, esperando que esa voz de Dios desaparezca. El tiempo en que pensamos acerca de nuestra vocación debe ser un tiempo de oración intensa, de búsqueda real de la voluntad de Dios. Solo Dios puede saciar el anhelo profundo de nuestro corazón. El sabe cuándo es mejor y por qué.

Toma a san Agustín como modelo y deja que tu "cómodo mañana" se convierta en un "alegre hoy".