¿No debe ser mi propia iniciativa?

Cuando se trata de la vocación, ¿una persona no debería decidir por sí misma? ¿No tiene que responder cada persona por sí misma ante Dios? Entonces, la idea de la vocación no te la debería sugerir otra persona, ¿verdad? Debería venir a mi mente por sí mismo...
Es cierto que eres completamente libre y que eres el protagonista de tu propio proceso de discernimiento. Pero eso no significa que alguien no pueda sugerirte o proponerte algo, o animarte a ser generoso. Lo principal es que es Dios quien llama, lo cual no es algo que se te ocurre espontáneamente y tampoco te lo cuenta otra persona. Dios es quien dirige el espectáculo, no tú.

Lo que esto significa es que debes hablar y conversar con Dios, porque es con él con quien comprometes tu vida. Y sabes muy bien que no estás diciendo "sí" a una persona que te sugirió la posibilidad de vocación; estás diciendo "sí" a Dios. Nadie puede convencerte de que tienes vocación, pero una persona puede ayudarte a comprender la responsabilidad que tienes al responder al plan de Dios sobre ti.
La clave de cada vocación no se encuentra en la propia iniciativa de una persona; más bien es la iniciativa de Dios. Esto se ve claramente en el Evangelio. Los apóstoles no se ofrecieron como voluntarios para ser los discípulos de nuestro Señor. No fue algo que se les acaba de ocurrir un buen día. Ellos fueron elegidos por Él. No hay necesidad de pedir explicaciones a Dios o exigirle que actúe de cierta manera con nosotros. Él es Dios y puede llamar a quien quiera, de la manera que Él quiera, incluso si eso significa manifestar su voluntad sobre ti a través de otra persona.

Tomemos, por ejemplo, la vocación de San Pedro. Llegó a conocer al Señor a través de su hermano Andrés. De manera similar, en el transcurso del tiempo, muchos santos y almas santas han descubierto su propia vocación con la ayuda de otra persona. San Juan Pablo II, al hablar sobre las vocaciones, dijo que no debemos tener miedo de proponer directamente la llamada del Señor a un joven, porque podría ser un momento de luz y gracia para él.

La llamada de Dios es algo que sucede en el corazón de cada persona. Es normal que descubramos la llamada de Dios a través de las palabras o acciones de otra persona. Y cuando recibimos luz, incluso si viene con la ayuda de otra persona, debemos llevarla a la oración. Es esencial para nosotros mantener nuestros oídos y nuestros corazones abiertos para poder reconocer la voz de Dios. Es un misterio, pero finalmente nos convencemos de lo que Cristo nos está pidiendo. Pero, para llegar a esa convicción, tenemos que ser sinceros con Dios en oración, pidiendo la claridad que necesitamos para ser capaces de responder con un alegre "sí". Solo tenemos que abrir nuestros corazones un poco y Dios se derrama.