Superar el miedo

Antes que nada, deberías saber que es bastante corriente experimentar temor ante la llamada de Dios y ante lo que puede estar pidiéndonos. Sentir ese temor no es nada malo. De hecho, se podría decir que es bueno, porque es la prueba de que consideras importante responder a su llamada. Puede incluso ser una señal de que, efectivamente, tienes vocación. Es poca la gente que se plantea entregar su vida a Dios y, entre esos, a pocos causa desasosiego esa cuestión.

 

¡Hay tantos ejemplos en el Evangelio en los que Jesús nos dice que no tengamos miedo! ¿Crees acaso que sólo lo dijo porque suena bien? Lo dijo porque sabía que necesitaríamos oírlo no una ni dos veces, sino una y otra vez. Nos dice que no tengamos miedo, precisamente, porque sabe lo difícil que nos resulta dejar atrás nuestra vida de “comodidades” y “seguridades”.

Quizá te pueda ayudar de manera especial pensar en nuestra Santa Madre. Su fiat, su sí al plan de Dios para con su vida, nos muestra que, incluso cuando tenemos miedo, con la gracia de Dios lo podemos todo. Nosotros, al igual que Ella, podemos experimentar asombro, temor y admiración ante la llamada. Pero esto no es más que una señal de la grandeza de la misma. La clave no está en el miedo mismo, sino en cómo obramos ante él. Ahí yace la diferencia entre el héroe y el cobarde.

El miedo siempre aparece ante las grandes decisiones. Sin embargo, la decisión es ineludible. Es cierto que hay que valorar los riesgos para evitar que el entusiasmo del momento nos juegue una mala pasada. Hay que encontrar el equilibrio entre la impulsividad y el miedo excesivos.

La gente joven es generosa por naturaleza. Sin embargo, a los jóvenes también les cuesta comprometerse, ya sea en la vida religiosa o matrimonial. Pero, de nuevo: ¡Hay tantos ejemplos en el Evangelio en los que Jesús nos dice que no tengamos miedo! ¿Crees acaso que sólo lo dijo porque suena bien? Lo dijo porque sabía que necesitaríamos oírlo no una ni dos veces, sino una y otra vez.