Cada uno tiene su propia historia

Cada vocación en la Iglesia empieza de la misma manera, aunque se viva de forma distinta por parte de cada uno.  Esa es la razón de por qué no puedes hacer una encuesta o un test para ver cuál es tu vocación. Tu vocación está pensada para que la descubras por ti mismo y, al final, encuentres la perla de gran valor.

Primero tienes que descubrir a la persona de Jesús. Cuando salgas a su encuentro, Él te hará más consciente de su presencia. Él provoca y, de acuerdo con tu respuesta, surge un diálogo. Más que de palabras, este diálogo se compone de amor. Él te llama por tu nombre, espera oír de ti las mismas palabras que dijo Samuel: “Aquí estoy”. Entonces, poco a poco, Él te va guiando para que descubras de qué forma práctica debes servirle. “Yo te envío…”. Él te envía; y es aquí donde los miedos y las dudas aparecen para molestarte. Pero no es necesario asustarse, pues Él nos aseguró: “No tengáis miedo; yo estoy siempre con vosotros”.

Tu vocación es tuya, y se descubre y se forja  en ese diálogo de amor que solo existe entre tú y Jesús.  Él solo te pide que abras tu corazón, para que pueda llenarlo y para poder llevarte a la verdadera felicidad. La vocación se descubre a lo largo del tiempo. Es un continuo descubrimiento que realmente  no termina hasta el día de tu muerte. Más que hacer algo con tu vida, se trata de llegar a ser lo que Dios quiere que seas, para lo que te creó -algo que no pasa en un día, sino, más bien, a lo largo de toda la vida-. Lo que tienes que hacer es salir y descubrirlo… Y, cuando encuentres tu vocación, merece la pena vender todo lo que tienes.