Las palabras pueden cambiar todo

Lo que parece ser un día como otro cualquiera puede cambiar drásticamente la vida de una persona. Fíjate, por ejemplo, en Mateo, el recaudador de impuestos. Él se estaba trabajando en su puesto como cualquier otro día cuando Jesús pasó junto a Él y le dijo: “Sígueme”. La presencia de Jesús lo cambia todo. Él pide a Mateo la entrega total de todo lo que es y tiene. ¿Qué hace Mateo? Deja su puesto y le sigue.

Esta escena, de alguna manera, se ha repetido en el transcurrir del tiempo en la vida de muchas personas. En medio de una actividad aparentemente normal, el Señor llama. Dios da la vocación y las luces necesarias para poder verlo. Lo que necesitas es recorrer directamente el camino, salir a su encuentro a través de la oración y una vida ordenada.

Mira dentro de tu corazón, donde, quizá, por un tiempo, has tenido un ligero atisbo de haber sido llamado a algo grande. ¿Has pensado en alguna ocasión que tal vez Dios te estaba hablando? Quizá fue a través de un libro, de un amigo o familiar, o incluso en medio de las circunstancias ordinarias de cada día. Puede ser que te hubiera estado hablando durante algún tiempo y que todavía no te hubieras dado cuenta, como los discípulos de camino a Emaús. Solo por medio de la oración fueron capaces de descubrir que el Señor había estado con ellos todo el tiempo. Él fue la razón por la que sus corazones ardían en su interior.

Y tú, ¿hay algunas palabras que te hayan impactado últimamente, sin saber ni siquiera por qué? ¿Qué hay en lo profundo de tu alma que te haga arder por dentro? ¿Qué es lo que te llena de verdadera alegría? ¿Has pensado alguna vez que quizá sea Jesucristo? Incluso en medio de la monotonía de la vida diaria, Dios puede estar llamándote. Lo que podría parecer ser una mera coincidencia, podría ser, en realidad, más que eso.

Si bien no hay que interpretar cada cosa que sucede como una señal de que, a través de eso, Dios te está diciendo lo que tienes que hacer, también es verdad que nada de lo que te ocurre es mera coincidencia. Todo sucede por alguna razón. Dios guía cada uno de tus pasos y te ayuda a descubrir el sentido de tu vida. Él te habla y te conduce, urgiéndote a la generosidad. Lo hace poco a poco y, cuanto más generoso seas, más claramente percibirás su voluntad para ti.