Fe: ¿en qué consiste?

Creer no tiene por qué hacernos temblar de forma dramática. Si lo piensas, creer es algo normal. Estamos poniendo nuestra confianza en distintas cosas constantemente. Quizás la cuestión no es tanto el «¿qué significa creer?», sino «¿en qué creo?» y, en consecuencia: «¿debería creer en eso?, ¿merece mi confianza?».

Tienes que darte cuenta de que estás creyendo en algo constantemente. Cuando entraste en clase de química esta semana, ¿dudaste de que tu profesor realmente tuviese el título? ¿Vas a la estación de policía para asegurarte de que todos tus amigos son realmente quienes dicen ser? ¿Has estado en China? Y puedo apostar que nunca has dudado de que la gran Muralla China está realmente allí y no en África. Cuando vas al supermercado, ¿te preocupas por si alguien ha envenenado la bolsa de patatas fritas que te ibas a comprar? ¿Por qué no? Porque todos los días pones tu confianza en seres humanos, incluso sin darte cuenta.

No sólo tienes confianza en la gente y en lo que te dicen sino que, en cierto sentido, confías en el orden que hay en la naturaleza. ¿Te preocupas de si el sol va a salir mañana (aunque esté nublado, te recuerdo que aún sigue ahí)? ¿O de si sigue existiendo el océano Atlántico? Yo no he ido a comprobarlo, pero no tengo razones para dudarlo. O cada vez que doy al interruptor de la luz, ¿me angustio pensando si va a funcionar o no? O cuando abro el grifo, ¿pienso si va a salir agua o Coca-Cola? La naturaleza se rige por leyes y tú confías en que esas leyes no van a cambiar de un día para otro. ¿Por qué?

Aunque es saludable darse cuenta de que ponemos nuestra confianza en la gente, las cosas y las realidades sin ni siquiera pensarlo, también es bueno reflexionar en el hecho de que no confiamos en todos de la misma manera. Si estoy caminando por una calle nevada y un extraño se me acerca y me dice: «Ten cuidado, hay mucho hielo más adelante en la calle», sería inteligente estar atento al cruzar la calle. Pero si el mismo extraño se me acerca y me dice: «Te quiero». Tu respuesta sería: «Aparta un poco. Vamos a ver, ¿de dónde te has salido tú?».

¿Por qué esas mismas palabras no chocarían tanto si te las dijese tu madre? Porque hay una relación distinta. Como no hay nadie como Dios, tiene sentido que la confianza que ponemos en Él no va a ser igual. Lo primero de todo, Él es quien decidió que existieras. ¿Cómo no vas a tener una relación muy íntima con alguien así?

Y la paz que encuentras cuando dice: «Te quiero», no tiene comparación con nada que puedas encontrar en este mundo. Al fin y al cabo, creer no es algo tan fuera de lo común. Podemos decir con Aristóteles que no importa las veces nos hayan fallado las personas en esta vida: «No dejaré de creer que en ningún lugar, hay alguien que merece mi confianza». Así es, sabemos que hay Alguien en quien siempre podemos confiar. ¿Pero cómo puedes creer en alguien a quien no conoces? ¿Y cómo conoces a alguien? Hablando con Él todos los días y aprendiendo que merece la pena confiar en Él, más aún, confiarle nuestra vida.

Por decirlo de forma más sencilla: “¡No tengáis miedo! [...] No tengáis miedo porque no hay nada que temer” (Juan Pablo II).