Discreción - Parte II

En el artículo anterior aprendimos algunos síntomas para detectar la indiscreción. Frente a los obstáculos que ponen los medios sociales y otras plataformas que nos incitan a compartirlo todo, la práctica de la prudencia nos puede servir como antídoto. La Iglesia enseña que «la prudencia es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1806). De ahí que una persona discreta tiene la prudencia de hacer y decir únicamente lo que es apropiado, en las circunstancias y momentos apropiados.

¿Cómo podemos crecer en la virtud de la prudencia?

1. Pedir al Espíritu Santo el don de la prudencia. Así podrás hacer juicios correctos y recibirás la discreción a la hora de hablar y de actuar correctamente. Es importante que sepamos que, sin la gracia de Dios, no podemos alcanzar las virtudes en el ámbito sobrenatural. Por ello, debemos pedir siempre su gracia, incluso sabiendo que debemos poner un esfuerzo de nuestra parte. En particular, puedes invocar al Espíritu Santo ayudándote de esta oración de San Fernando III de Castilla: “Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo, inspírame siempre lo que debo pensar, lo que debo decir y cómo lo debo decir; lo que debo callar y cómo debo actuar; lo que debo hacer para procurar tu gloria, el bien de las almas y mi propia santificación. Espíritu Santo, dame agudeza de entendimiento, capacidad de retención, método y capacidad para aprender; sutileza para interpretar, gracia y eficacia para hablar. Dame la sabiduría para empezar, dirección para continuar y perfección para terminar. Amén”.

2. Examina las intenciones que hay detrás de tus acciones, palabras y pensamientos. Si te das cuenta de que las preguntas que haces y la forma en la que miras a los demás es fruto de la curiosidad, si los comentarios que haces son para demostrar que ya sabes la información y si lo que haces es para satisfacerte, entonces pídele a la Virgen María que purifique tus intenciones y te enseñe cómo debes actuar para dar gloria a Dios. Puede que te ayude esta oración: “Mamá, ¡cierra mis labios si lo que acabo de decir no me lleva al Cielo!”.

3. Intenta prestar atención a las reacciones de los demás para ver si tus acciones están provocando molestias innecesarias. Esto no es lo mismo que buscar la aprobación de los demás, que nos puede llevar a tener miedo a decir la verdad, porque puede ofender a otros. Más bien, la intención es ver si podemos ayudar a que los demás se sientan cómodos y evitar que se crucen barreras, cosa que normalmente sucede sin que nos demos cuenta. Por ejemplo: si alguien empieza una conversación personal y no quiere explícitamente que te entrometas en ella, intenta irte (sin que se den cuenta; hazlo de forma natural). Si alguien enciende su teléfono para enseñarte una foto, pregúntale si puedes pasar hacia un lado o hacia el otro. Si de repente te encuentras mirando algo o a alguien por curiosidad, mira hacia otro lado y «pon tu mente en las cosas de arriba» (Col. 3, 2).

4. Profundiza en el ejemplo de la Virgen, profesora y modelo perfecto de discreción: piensa en cómo se hubiera comportado Ella con los demás, (¿cómo reacciona Ella si le cuentan un cotilleo?); en casa, con San José y Jesús, (¿cómo les pregunta por su día?), durante la Pasión de Jesús, (¿cómo responde a las blasfemias de los fariseos y a las miradas de la gente?). ¿Cómo se las arregla para interceder en las bodas de Caná y que los novios no se den cuenta de que no tienen vino? Mamá María, enséñame a comportarme de forma que dé gloria a Dios. Ayúdame a decir lo que tú dirías y a hacer lo que tú harías. Haz que mis palabras sean sanación para los demás y no una provocación, y haz que mis acciones traigan paz y no ofensas.

5. ¡NO TE DES POR VENCIDO! «Las virtudes morales se adquieren mediante las fuerzas humanas» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1804). No hay duda de que si haces el esfuerzo de crecer en la virtud de la discreción y le pides a Dios humildemente que te ayude, te dará la gracia que necesitas para parecerte a la Virgen. No permitas que las derrotas te desanimen, sino, ¡deja que te revelen la bondad de la misericordia del Señor!

Hagamos un esfuerzo extra para adquirir la elegante virtud de la discreción y, así, la Virgen y el Señor nos enseñarán a purificar nuestros corazones y nuestros pensamientos para que podamos verles cara a cara. Allí descubriremos que nuestros pequeños esfuerzos han valido la pena.

«Coloca, Señor, una guardia en mi boca, un centinela a la puerta de mis labios;  no dejes inclinarse mi corazón a la maldad» (Salmo 141 (140), 3-4).

-Winnie Ng