El agradecimiento que conmueve el Corazón de Dios

Seguramente estamos todos ya muy familiarizados con la historia de la curación de los 10 leprosos que se encuentra en el capítulo 17 del Evangelio de San Lucas. Una lectura rápida y superficial de esta narración sin duda suscita casi instintivamente en nosotros una cierta indignación.  ¿Cómo puede ser que de los diez hombres que el Señor curó, solamente uno volvió para darle las gracias? ¡Qué hombres más egocéntricos, maleducados e ingratos! 

Pues bien, obviamente no nos haría ningún bien parar nuestra reflexión en este punto, a pesar del sentimiento de satisfacción que tal vez experimentaríamos por haber salido a la “defensa” del Señor condenando tan reprensible injusticia. Más bien tendríamos que preguntar: «Señor, ¿qué es lo que me quieres enseñar con esto?». 

La actitud de estos hombres enfermos refleja muy bien nuestra propia actitud en muchas ocasiones. El Evangelio nos da un detalle muy importante cuando nos dice que los leprosos se quedaron a lo lejos, suplicando al Señor que les curara. Claro está que, siendo leprosos, eran desterrados de la comunidad y la ley no les permitía acercarse a las personas sanas. Sin embargo, este detalle encierra en sí una realidad mucho más profunda. Y aquí va la primera pregunta: ¿Cuántas veces también yo me dirijo al Señor desde lejos? No me atrevo a acercarme a Él, le pido lo que creo que necesito manteniendo una cierta «distancia de seguridad». Y a veces no solo pido, sino que exijo al Señor que me conceda tal cosa o tal otra, pensando que yo sé juzgar bien lo que mejor me conviene. ¿Qué es lo que me mantiene lejos del Señor? ¿Qué es lo que me separa de Él? En primer lugar, es mi «lepra espiritual», es decir, mis pecados. También pueden ser mis miedos, mi falta de confianza, mi deseo de independencia… la lista es larga. 

De todo esto el Señor nos quiere y nos puede sanar. A los diez leprosos, el Señor les dice que se vayan a presentar a los sacerdotes. Eso es porque los sacerdotes eran los que tenían la autoridad de declarar que una persona estaba oficialmente “curada” de la lepra y que se podía volver a integrar en la comunidad. Los diez hacen un primer acto de fe: a pesar de estar todavía enfermos, se ponen en camino. Y mientras van de camino, quedan limpios. Desgraciadamente, como ya hemos dicho, cuando se dieron cuenta de que se habían curado, solamente uno volvió para darle gracias a Dios. Y aquí viene el punto importante. El Evangelio nos dice que este hombre «se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias». De los diez, es el único que se pudo acercar al Señor. Es el único que supo reconocer, más allá de sus dones, al Dios de quien proceden todos los beneficios que recibimos. Su profundo agradecimiento fue una respuesta de amor al amor de Dios que le había salido al encuentro. Y fue este amor agradecido lo que conmovió y «conquistó» el Corazón de Jesús, quien viéndole exclamó: «Tu fe te ha salvado». De hecho, aunque todos recibieron la curación física, solamente él recibió el don supremo de la salvación. 

Dios no es indiferente a nuestra respuesta. No busca «contentarnos» sino que nos busca a nosotros, a cada uno personalmente. Por eso, al ver que solo había vuelto uno de los leprosos, preguntó entristecido: «¿Dónde están los otros nueve?». ¡Cuántas veces nosotros también nos quedamos en los dones de Dios y no acudimos al Dios de quien procede todo don! Solo siendo agradecidos podremos realmente acercarnos cada vez más al Corazón de Jesús, y así llegar a tener una relación profunda con Él. El agradecimiento es como la llave que nos abre los tesoros de su gracia. 

Ejercitándonos en esta virtud, poco a poco el Señor nos hará también entender que tenemos que darle gracias no solo cuando las cosas parecen ir bien, sino también en medio de las dificultades, cuando el Señor nos pide llevar la cruz con Él. Porque, como dice san Pablo: «Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien» (Rm 8,28). Y todo es todo


Hna.MrmyCe

¡Hola! Soy la Hna. Mariam Samino y soy Sierva del Hogar de la Madre desde el año 2011. Soy la mayor de seis hermanos. Mis padres siempre nos han educado en la fe, aunque desde que era muy pequeña yo prefería las cosas del mundo y me aburría rezar. Durante la adolescencia, me rebelé contra Dios porque me parecía que para Él todo lo que yo quería hacer estaba mal: yo solo quería ser como todo el mundo, así que opté por hacer mi vida prescindiendo de Él. Cuando tenía 18 años, tuve un encuentro personal con Jesús en el que experimenté su misericordia y que me había estado esperando. No puedo dejar de darle gracias por todo lo que ha hecho en mi vida y espero que mi unión con Él se vaya intensificando cada día.

Soy la Hna. Cecilia Boccardo. Cuando era pequeña tenía una gran sensibilidad a las cosas de Dios, pero con los años llegué a creer que Dios estaba muy lejos de mí, hasta que experimenté su amor personal, cuando tenía 14 años. Esto me marcó tan profundamente que desde entonces jamás pude dudar de Él ni de su amor. Esta sed de Dios fue aumentando en mí hasta comprender que me llamaba a responder a su amor con una donación total. Aun así, seguía viviendo una «doble vida» hasta que conocí el Hogar de la Madre en la Universidad, y entendí que había encontrado mi familia, mi camino para llegar al Cielo. Entré en el año 2008 y solo puedo dar gracias al Señor y a Nuestra Madre por haberme elegido y sostenido siempre.