Él nos amó primero

La palabra «amor» es una de las palabras más utilizada y a la vez más manipulada en el lenguaje actual, pudiendo significar cualquier cosa, menos lo que realmente significa. Constantemente se oye decir cosas como: «pero, ¿qué pasa? Si ellos se aman» o «no creo en el amor» o «yo le amo mientras me haga feliz». Pues es necesario que quede bien claro que esto no tiene nada que ver con el verdadero amor.

El hombre ha sido creado por Dios para amar y ser amado. El amor no es un sentimiento, es entrega y donación, es un acto de la voluntad que tiene sus raíces en lo más íntimo de nuestro ser. Por lo tanto, el verdadero amor es algo sólido y profundo, no fluctuante como nuestros estados de ánimo o pasiones. El problema es que en esta sociedad cada vez más egoísta donde con frecuencia se busca el interés y bienestar personal por encima de todo, donde el hombre ha llegado incluso a echar a Dios de su vida para ponerse él mismo en el centro pensando que así será más feliz y más libre, lo único que consigue es ser cada vez más esclavo de sí mismo, más infeliz y estar más vacío; en otras palabras, se incapacita para amar. Solo poniendo a Dios en el centro de nuestras vidas podremos recuperar la capacidad de amar, de amar verdaderamente.

Pero, ¿cuál es el amor más excelso, el verdadero amor? Es la caridad, que es «amor sobrenatural de amistad, por el que Dios se une a los hombres y estos entre sí» (P. José Mª Iraburu). Según Santo Tomás de Aquino, por el amor de amistad dos personas, conscientemente, se unen por el amor benevolente, con cierta comunicación de bienes mutua. El amor de amistad es un amor muy profundo y recíproco, que produce una íntima unión afectiva y efectiva.  Y Dios nos llama a esta relación de amor. A veces tendemos a pensar que el amor de Dios hacia los hombres es un amor más bien frío. ¡Cuánto nos equivocamos! El Señor nos invita a este amor íntimo de amistad, busca nuestra respuesta a su amor. 

¿Sabes cuánto te ama Dios? En este mundo en el que se corre mucho y se piensa poco es necesario que, aunque sea una vez en la vida, pares un momento, dejes de tragarte todo lo que se dice por ahí y reflexiones sobre esta pregunta porque si encuentras la respuesta, se habrán terminado el 90% de tus problemas. Dios te ama tanto que se hizo hombre por ti, te ama tanto que vivió treinta años escondido viviendo como cualquier persona pobre trabajando, cansándose, pasando hambre, le calumniaron… Te ama tanto que ha querido quedarse en la Eucaristía para alimentarte y fortalecerte en los momentos de tribulación y también en los de gozo.

Y, si todavía dudas de su amor para contigo, es necesario que vuelvas a mirar a la Cruz, ya que esta es la mayor prueba de amor, un amor demostrado en la entrega de la vida de su propio Hijo, siendo nosotros pecadores, se entregó a la muerte más ignominiosa para salvarnos del pecado, abrirnos las puertas del Cielo y que podamos estar con Él por toda la eternidad. S. Pablo, reflexionando sobre este hecho quedó totalmente conmocionado y afectado y exclamó: «Me amó y se entregó por mí». Pues este amor también es para ti. Un amor de benevolencia, un amor gratuito, un amor total. Dios no necesitaba amarnos, amar a los hombres no le hace más excelso, Dios nos ama porque nos ama.

Cuando decimos los mandamientos los resumimos en dos: «Amarás al Señor sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo». Pues bien, esto significa que tengo que guardar lo más íntimo de mi corazón solo para Dios, independientemente de mi vocación. Primero tengo que amar a Dios para después poder amar, con un amor auténtico y veraz, a los demás. Dios nos pide un amor de totalidad, quiere que le amemos a Él totalmente, pero esto no significa que no amemos a los demás, al contrario, cuanto más amamos a Dios, Él más aumenta nuestra capacidad de amar, es un amor cada vez más puro, más sobrenatural, más perfecto.

No tengas miedo a amar a Dios, a entregarte del todo, porque el Señor no solo no te va a quitar nada, sino que te va a dar mucho más de lo que puedas imaginar; aunque es verdad que el amor a Dios y en Dios tiene que estar probado por el sufrimiento, es verdad también, que el Señor nos ha prometido cien veces más a todos los que queremos seguirle por este camino del verdadero amor.

La verdadera caridad hacia el prójimo tiene que ser una amistad perfectiva, «procurando a los otros un bien que les una a nosotros, y para siempre, también en la vida eterna» (P. José Mª Iraburu). Amar es decir al otro: «tú no morirás», desear por encima de todo que esa alma llegue al cielo, porque es el tesoro más grande que le puedes regalar. Todo en esta vida pasará y, al final del camino, el Señor solo nos preguntará: ¿cuánto has amado? ¿A cuántas almas has acercado a mi Corazón? ¿Se puede decir de ti que has pasado tu vida haciendo el bien?

El Señor nos enseñó una nueva manera de amar, un amor universal, un amor sobrenatural. Nos enseñó que debemos amar a todos sin excepción, incluso a nuestros enemigos. Es este amor desinteresado el que ha llevado a los mártires a dar su vida por el Señor, ellos morían perdonando y deseando el cielo para aquellos que le quitaban la vida terrena, pero que les estaban abriendo las puertas del Paraíso. Como decía san Pablo a los Romanos: «¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? En todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Rm 8, 35. 37-39).

 


Hna.MrmyCe

¡Hola! Soy la Hna. Mariam Samino y soy Sierva del Hogar de la Madre desde el año 2011. Soy la mayor de seis hermanos. Mis padres siempre nos han educado en la fe, aunque desde que era muy pequeña yo prefería las cosas del mundo y me aburría rezar. Durante la adolescencia, me rebelé contra Dios porque me parecía que para Él todo lo que yo quería hacer estaba mal: yo solo quería ser como todo el mundo, así que opté por hacer mi vida prescindiendo de Él. Cuando tenía 18 años, tuve un encuentro personal con Jesús en el que experimenté su misericordia y que me había estado esperando. No puedo dejar de darle gracias por todo lo que ha hecho en mi vida y espero que mi unión con Él se vaya intensificando cada día.

Soy la Hna. Cecilia Boccardo. Cuando era pequeña tenía una gran sensibilidad a las cosas de Dios, pero con los años llegué a creer que Dios estaba muy lejos de mí, hasta que experimenté su amor personal, cuando tenía 14 años. Esto me marcó tan profundamente que desde entonces jamás pude dudar de Él ni de su amor. Esta sed de Dios fue aumentando en mí hasta comprender que me llamaba a responder a su amor con una donación total. Aun así, seguía viviendo una «doble vida» hasta que conocí el Hogar de la Madre en la Universidad, y entendí que había encontrado mi familia, mi camino para llegar al Cielo. Entré en el año 2008 y solo puedo dar gracias al Señor y a Nuestra Madre por haberme elegido y sostenido siempre.