Creciendo en virtud: templanza

Había una vez un ermitaño en el desierto que pidió a Dios que lo librara de sus pasiones para verse así libre de toda preocupación. Tras haberle sido concedido su deseo, fue a ver a otro ermitaño mayor que él y le dijo: “Me encuentro en paz, sin enemigo”. El ermitaño mayor le dijo: “Ve sin demora a suplicarle a Dios que reavive la guerra en ti, para que recuperes la aflicción y humildad que solías tener, porque el alma progresa a través del combate”. Así que suplicó a Dios y, cuando llegó la batalla, no le pidió que le librara de ella, sino que dijo: “Señor, dame fuerza para el combate”.

Nuestra sociedad actual se ha olvidado de muchas cosas. Por ejemplo, parece haberse olvidado de la importancia de dominar las pasiones. Se le da rienda suelta a todo cuanto place a nuestros cinco sentidos: se abusa de la comida, del alcohol, del sexo, de la violencia y de las drogas. La sociedad no solo ha aceptado el vicio, sino que lo promueve, particularmente en los distintos medios de comunicación como la televisión o internet.

La templanza es la virtud que nos manda moderar la atracción de los placeres. Dios hizo todo bueno y fue su voluntad asociar muchos de nuestros actos al placer. ¿Por qué? Porque son actos tan importantes que han de ser repetidos, como la nutrición y la procreación. Dios, en su infinita sabiduría, hizo que estos actos fueran placenteros y no tediosos o dolorosos. Sin embargo, tenemos que recordar que debe haber un orden entre la acción en sí y el placer que causa. El placer no es el fin último de estos actos. Dios también impuso un orden en nuestras facultades del espíritu: el intelecto y la voluntad están por encima y deben guiar las sensaciones, pasiones y emociones.

La gente corriente ha dejado de ejercitar la templanza, siendo esta clave para mantener a raya nuestro deseo carnal de placer al que nos empuja nuestra naturaleza caída. Si queremos vivir con la dignidad de personas humanas y no rebajarnos a algo inferior a los animales, entonces practicar esta virtud es absolutamente indispensable.

La templanza es importante no porque nos haga no desear el placer, sino porque nos ayuda a reconocer el valor de nuestros deseos y de su satisfacción. Y esto lo hace sopesando adecuadamente su contexto particular, a la luz de la razón.

El Catecismo define la templanza como “la virtud moral que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad” (1809).

La tentación consiste siempre en preferirnos a nosotros mismos y obedecer nuestros instintos. Como dijo Mark Twain: “Ningún animal es capaz de ser tan salvaje como el ser humano”. Por el contrario, cuando la gracia y la razón gobiernan nuestras facultades inferiores, nuestras vidas son un gran regalo para el mundo. Solo podemos ser instrumentos de paz, orden y amor para otros si nos rendimos al único fin verdadero del amor: Dios mismo.

La templanza ha de practicarse en los siguientes ámbitos:
    •    Dominio de uno mismo, sobre todo en cuanto refiere a nuestros sentidos
    •    Castidad frente a la lujuria
    •    Mansedumbre cuando nos acechan la ira y la sed de venganza 
    •    Humildad frente a nuestro deseo de dominar
    •    Discreción frente a la curiosidad y a nuestras ansias de conocer

Aquí tienes unos cuantos consejos para ayudarte a ejercer esta virtud en el día a día:
    •    Sé fiel a tus convicciones cristianas. No te limites a seguir las modas e imitar los comportamientos que te son presentados en los medios de comunicación.
    •    Reflexiona antes de actuar, no seas impulsivo. Actuar según tus impulsos te hace irracional, no libre.
    •    Examina tu conciencia diariamente. Haz firmes propósitos de combatir tus debilidades. Esto te traerá paz interior.
    •    Ofrece sacrificios a lo largo del día. La mortificación te ayudará a crecer en el dominio de ti mismo y a mantenerte firme ante la tentación. 
    •    Esfuérzate en ser discreto, humilde y generoso en tu trato con los demás, sin tener en cuenta tus sentimientos personales hacia ellos. Esto te ayudará a fortalecer tu voluntad.