Mansedumbre: fuerza bajo control

“Bienaventurados los mansos de corazón, porque ellos heredarán la tierra” (Mt 5, 5).

¿Alguna vez has agujereado tus calcetines? San Francisco de Sales sí. Él se tomó en serio las palabras de Cristo: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”. Como él mismo dijo, le llevó 20 años conquistar su propio temperamento, algo que nadie nunca sospechó, porque su manera habitual de tratar a la gente fue siempre amable y dulce. Su bondad no era de nacimiento; fue una conquista, paso a paso, con la ayuda de Dios.

La mansedumbre es una virtud poco valorada hoy en día, porque tendemos a asociarla con la debilidad.  Nuestro mundo alaba y recompensa la fuerza física y la dominación sobre otros, pero muchos de nosotros nunca nos habremos parado a considerar que se requiere mucha más fuerza para dominarse a uno mismo en un momento de enfado que para perder el control, gritar e incluso terminar en violencia. Mantener la calma y la tranquilidad no es fácil.

Si la mansedumbre no tuviera ningún valor, nuestro Señor no la habría mencionado entre las bienaventuranzas, prometiéndonos que el que la poseyese heredaría la tierra.  Y para imitarle, nos dice: “aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29).

¿Qué es la mansedumbre?

Es la virtud que modera la ira y los efectos desordenados. Es la fuerza a través de la sumisión a Dios. Es una mezcla perfecta de paciencia, bondad, tolerancia y misericordia todo en uno. Abandona lo que demanda el amor propio y se conforma pacíficamente con lo que piden otros. Esto nos ayuda a mantenernos en tranquilidad y no perder la calma en medio de la adversidad.

La mansedumbre requiere que respetemos a Dios y lo que nos pide. También requiere mucha paciencia con nosotros mismos para no perder los nervios al enfrentarnos con diversas pruebas y dificultades. Y, en nuestro trato con otros, nos ayuda a no criticar a los demás y a ser misericordiosos con nuestros juicios.

La mansedumbre nos da la fuerza para conquistar cualquier adversidad y vencer a cualquier enemigo.

San Francisco de Sales dice que “una cucharada de miel atrae más moscas que un barril lleno de vinagre”. Y en el sufrimiento, la mansedumbre quita toda la amargura que a menudo experimentamos, haciéndolo una “dulce broma” llevadera.

Para ver la belleza y la grandeza de esta virtud, tenemos que contemplar a Jesús en su dolorosa Pasión. ¿Cuál fue su reacción a los insultos, golpes y burlas que recibió de sus perseguidores? Su silencio fue una victoria. La mansedumbre puede ser una virtud difícil de practicar, especialmente si tenemos la tentación de guardar rencor o ceder ante la ira injusta. Pero debemos sentirnos felices y encontrar fuerzas para vencer las tentaciones de la ira al observar las maravillosas promesas de Dios.

Aquí unos cuantos trucos y consejos para ayudarte a crecer en esta virtud.

Cómo crecer en la mansedumbre:

1. Saber lo que es la mansedumbre. ¿Cómo puedes crecer en una virtud de la que no conoces nada? ¡Felicidades!, solo por leer este artículo, ya estás en camino de convertirte en una persona mansa.
2. Pedir ayuda a Dios.  Si empiezas a sentir los primeros movimientos hacia la ira en ti, haz una oración rápidamente a Jesús pidiéndole la mansedumbre: “Jesús, ayúdame a ser manso”. ¿Puede ser más simple que eso?
3. Rezar antes de hablar o escribir.  El hecho de que no podamos ver a alguien frente a nosotros, no significa que tengamos derecho a decir lo que queramos. Los medios sociales pueden usarse para el bien, pero también puede ser un medio para dejar comentarios groseros o insultar a otros.

Mansedumbre respecto a Dios:
1. Ser sumiso a su voluntad. Acepta todo lo que te pasa, especialmente en las pruebas y sufrimientos con un espíritu dócil. Aun cuando no lo entiendas, Dios lo permite, porque va a sacar de ello un bien mayor.
2. Recordar las palabras del padrenuestro: “perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Consuélate con la promesa de Dios de que cuando personamos y mostramos mansedumbre hacia las personas o situaciones que nos enfadan, él también nos perdonará.
3. Confesión frecuente. No te alejes de Dios o le culpes de las cosas malas que te pasan. Al recibir el perdón a través del sacramento de la confesión tendrás la fuerza para perdonar a otros y aceptar en silencio las pruebas.

Mansedumbre con los demás:
1. En lugar de discutir, escoger el silencio. Cuando sientas la tentación a ceder a la ira, da un paso hacia atrás, respira profundamente y reza antes de hablar, escribir o actuar.
2. Cuando tengas que hablar, usa un tono de voz amable. Gritar rara vez resuelve algo, normalmente empeora las cosas.
3. Ten cuidado con tus gestos. Las acciones a menudo hablan más fuerte que las palabras. Es hora de dejar atrás el mal hábito de girar los ojos, resoplar o apuntar con el dedo. Pon mansedumbre en tu lenguaje corporal.

Mansedumbre contigo mismo:
1. Evitar pensamientos de ira y no dejar que las emociones se vayan fuera de control. La mansedumbre empieza en nuestros pensamientos y luego llega al corazón.
2. Saber cómo perdonarse a uno mismo y no desanimarse al enfrentarse con las propias faltas. Cuando caigas, levántate de nuevo. No te revuelques en tu rabia.
3. Hacer propósitos y ser fiel en tratar de cumplirlos. Es la manera más práctica de controlar nuestras pasiones indomables y superarlas. Podemos hacer propósitos de practicar la mansedumbre aun cuando no estemos enfadados. Por ejemplo, hablar en un tono normal en lugar de gritar, o pedir las cosas con educación en lugar de exigirlas.