La magnanimidad: corazón grande, espíritu generoso

Todos estamos llamados a hacer cosas grandes. Nos sorprendemos cuando vemos ejemplos de héroes, de aquellos que ponen todos sus talentos, dones y vidas al servicio de los demás. Hay un deseo en nosotros, al menos cuando somos pequeños, de hacer grandes cosas. Buscamos la grandeza y el esplendor. Soñamos con cambiar el mundo, con descubrir la cura para el cáncer, con erradicar con la pobreza. Muchas veces, cuando crecemos, perdemos estos deseos y esta grandeza de espíritu. La virtud de la magnanimidad consiste en el deseo de hacer cosas grandes, en orden a responder a aquello que Dios nos pide.

Una persona magnánima tiene un gran corazón, está abierta a recibir a otros, a amarlos y servirlos. Su corazón abierto los lleva a tener un espíritu que hace grandes esfuerzos por amar a Dios y al prójimo. Se vuelven nobles en sus pensamientos, palabras y acciones, haciendo lo que está bien, pero sin buscar honores. Tienen una visión grande y amplia. Una visión amplia mira a los que le rodean, y ayuda a no enfocarse en sí mismo. Una visión grande nos hace mirar a Dios, haciendo que nuestro corazón y nuestros deseos se centren en Él.

¿Qué quiere decir ser magnánimo? Significa tener un gran corazón, tener un alma grande, quiere decir tener grandes ideales, el deseo de lograr grandes cosas en respuesta a lo que Dios pide de nosotros. Y, para ello, hace las cosas bien todos los días: todas las acciones cotidianas, los compromisos, los encuentros con la gente; y hace las pequeñas cosas de todos los días con un gran corazón abierto a Dios y a los demás”. - Papa Francisco

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