Constancia: fidelidad en el día a día

En muchas ocasiones, después de un retiro, una buena confesión, un viaje misionero, o cualquier otra ocasión en la que hayamos tenido un fuerte encuentro con Cristo; empezamos una fuerte vida espiritual. Pero, ¿Cuánto nos dura? ¿Una semana? ¿Dos meses, como mucho? Enseguida, debido a la tentación, la pereza, el sentimiento de que no tenemos tiempo, etc., nos encontramos siendo inconstantes en nuestras resoluciones y decisiones.

Si queremos superar esta situación, tenemos que pedirle al Señor el don de la constancia.  La constancia es la virtud que nos ayuda a llevar a cabo nuestros buenos y santos propósitos, superándonos a nosotros mismos, de manera que podamos realizar nuestros deberes diarios, incluso los más pequeños. Si has decidido hacer cada día 15 minutos de limpieza, hazlo bien y durante los 15 minutos. Si le has prometido a la Virgen que rezarías el rosario todos los días, rézalo bien, pensando en lo que estás diciendo, no lo reces en la cama mientras te quedas dormido. Si es tiempo de estudiar, estudia de verdad, sin perder el tiempo dando vueltas.

Ser fiel en las pequeñas cosas ordinarias de cada día es muy importante. Muchas veces pensamos que la santidad es hacer cosas grandes y actos heroicos, pero la verdad es que nunca vas a tener la fuerza de realizar estos actos, si no has sido constante en las cosas pequeñas de cada día.

San Josemaría Escrivá constantemente animaba a los miembros del Opus Dei a buscar la santidad en las cosas ordinarias del día a día.

Sigue en el cumplimiento exacto de las obligaciones de ahora. Ese trabajo -humilde, monótono, pequeño- es oración cuajada en obras que te disponen a recibir la gracia de la otra labor -grande, ancha y honda- con que sueñas” (Camino, 825).

Esta debería ser nuestra actitud, si verdaderamente buscamos y queremos seguir a Cristo.