Ahora mírame

Recuerdo que hace mucho tiempo me pregunté por qué Dios permitió que yo hiciese algunas cosas que le ofendieron mucho, incluso un día en la oración le dije que habría sido muy estratégico por su parte que hubiera hecho que desde pequeña yo le conociera o que, si no, me hubiera obligado a amarle cuando ya las cosas se salían de control. Estas palabras fueron claramente resultado de mi deseo de no dejar a Dios ser Dios y un pensamiento un tanto soberbio de creerme más inteligente que Dios hasta llegar al punto de hablarle de “estrategias”; sin duda, resultado también de mi torre inmensa de orgullo. 

Ha ido pasando el tiempo y he ido meditando esto con ayuda del Espíritu Santo y con un poco de formación, y entonces he llegado a una conclusión muy importante: Dios tiene una voluntad querida y una permisiva. La segunda es la que más misterios divinos conlleva y que, por tanto, cuesta un poco más aceptarla. Para ello es necesario poner en práctica la virtud de la humildad, pues es necesario poner por debajo de la fe mis razonamientos “lógicos” y, al estar entonces iluminada de este don tan grande, poder adherirme a esa voluntad permisiva de Dios, aceptarla y amarla. Es decir, la fe ilumina mi entendimiento y comprendo que Dios no quiere que sucedan algunas cosas, pero las permite desde su infinito y gran amor, sin duda alguna para sacar bienes mayores que servirán para mi salvación y santificación. 

Esta conclusión ha sido muy consoladora e importante dentro de mi camino espiritual y he podido darle gracias a Dios por mi pasado, ya que incluso las cosas dolorosas han sido resultado del gran amor que Dios me tiene. Todo ha sido un camino muy bien estructurado para que yo me pueda encontrar con Él y ahora entender que Dios me estuvo acompañando en cada momento de mi vida pasada, sin darme cuenta siquiera. De esto se trata lo que voy a contar ahora: de una mirada, una mirada del Señor...

Mi salvación está en que Dios me haya mirado. ¿Ese día? Sí, ese día; no pudo estar más perfectamente planificado (desde los ojos de la fe, como digo).  Dios me ha mirado con gran amor, si no, ahora mismo estaría yo condenada eternamente. Resulta que con 15 años yo pertenecía al coro de la parroquia, e iba a la Santa Misa los jueves, sábados y domingos, aunque no sabía lo que era la Santa Misa, ni tampoco la Eucaristía; y tampoco sabía que tenía que confesarme para dejar de estar en pecado mortal y poder comulgar. Yo siempre comulgaba en la mano, en la boca y como sea, no sabía que me esperaba una eternidad, y por tanto llevaba una vida nada agradable a Dios, que me hacía buscar las mejores satisfacciones terrenales, vivir para “ser feliz”, lo que tuvo como consecuencia una vida llena de vacíos, carencias, dolores, angustias. Aunque recuerdo que tenía siempre una conciencia hablándome fuerte, a la cual yo siempre intentaba callar, silenciar y no hacer caso, y el ruido era mi herramienta

Como muchas otras veces, fui a una parrillada con algunos amigos y al llegar caí en la cuenta de que había alcohol. Bebí, me puse muy mal, hice muchas tonterías y, como era sábado, por la tarde tenía que ir a la Misa para cumplir con mi responsabilidad en el coro; además, no me convenía ir a casa en ese estado, y así fui, pero rápidamente me di cuenta que no podía mantenerme de pie ni sentada, y mucho menos iba a poder cantar, así que me recosté en un sillón que estaba dentro de la iglesia. Dormí toda la Misa, no recuerdo un momento en el que abriese los ojos o me despertase con algún tipo de malestar o incomodidad, solo dormí. Se acabó la Santa Misa y fui a casa, y hasta ahí mi recuerdo de aquel día.  

Hace unas semanas recordé esto, pues desde que conocí plenamente a Dios y lo que es la Santa Misa, he recordado esta experiencia y me dolía profundamente. Él ofreciéndose en la Misa por mí, dando su Cuerpo y su Sangre, y yo en estado etílico y dormida en un sillón. Iluminada por el Espíritu Santo decidí recordarlo nuevamente, lo que me llevó a hacerme tres preguntas esenciales:

La primera fue: ¿Cómo me miraron los demás? Tengo claro que me miraban quizá con curiosidad, preguntándose: «¿Esa es Gaby?». Otros lo harían con indiferencia, otros quizá me miraban como una chica loca, pero, en el fondo, agradable, “buen dato”, amigable, “chévere”, un poco borracha, pero divertida a fin de cuentas. 

La segunda pregunta fue: ¿Cómo me miraba yo misma? Me miraba con dolor, deseaba ser otra cosa, no me sentía nada bien, me miraba como lo peor de lo peor. 

La tercera y gran pregunta fue: ¿Cómo me miraste aquel día, Jesús? Y Él me respondió: «Te miré como un Padre mira a su hija, con amor, con amor infinito, con amor sin condiciones. Ese acto que tanto me hirió de tu parte no condicionó el amor con el cual te miré. Lloré por ti ese día, pero lloré de amor al verte ahí dormida en mis brazos, triste y dolorida por tu vida, vacía y en busca de amor, tocando puertas que jamás se abrían, buscando felicidad en donde solo encontrabas dolor. Te miré y quise que me miraras pero no lo hiciste. Ahora mírame, ahora sé qué quieres, no te canses de mirarme, pues tan solo una mirada tuya consuela mi Corazón que suplica tu amor. No me dejes hija, te necesito, quiero necesitarte, porque te amo».

¿No me ama demasiado el Señor? Escribo esto entre lágrimas, pues descansé en sus brazos ese día y yo no lo supe. Él quería que le mirase, pero no lo hice, solo dormí, dormí por vergüenza de mis miserias, por un amor egoísta. Dios, con humildad, me suplicaba que le mirase. No puedo ahora ser indiferente a su amor, quiero corresponder cada día a su mirada. Eso tengo que recibirlo como un regalo de Dios. Nada bueno que yo pueda hacer viene de mí, Dios me dará la gracia de poner mirarle y así ser su consuelo. 

Después de esto solo me queda darle gracias infinitas e igual nunca será suficiente, su amor es impagable, no puedo hacer menos que acogerlo y vivir para Él toda mi vida. Qué bueno es Dios que me permite reparar mis actos con un: “Ahora mírame”. ¡Qué humildad! ¡Qué amor! ¡Qué Dios! 

Y así es Dios, siempre nos habla, siempre nos busca, siempre nos quiere dar oportunidades para amarlo; siempre nos da lo que necesitamos para ser santos. Ante esto, ¿quiénes somos para que Dios se abaje tanto, siendo nosotros miseria misma, y nos pida mirarle y amarle? Él es Dios Todopoderoso y siempre está mendigando nuestro amor. ¿Cómo no corresponder a un Dios tan bueno? ¿Quiénes somos para que de alguna forma Él nos necesite? Nada, no somos nada, pero a la vez tenemos una dignidad de hijos, sus hijos muy amados. Sin duda, no estamos solos en este camino, tenemos el ejemplo de todos los santos y sobre todo el ejemplo de la Virgen, pues Ella fue la primera criatura que miró a Jesús en el portal de Belén y lo miró toda su vida, lo que le llevó a un constante “fiat”. ¡Cuánto consuelo para Dios esa respuesta de la Virgen! ¡Cuánto consuelo para Dios en cada mirada suya! Que Dios nos dé la gracia de mirarla siempre, pues hacerlo es mirar a su Hijo también. Que Nuestra Madre nos ayude a hacer siempre feliz a Jesús. 

Desde el Corazón de la Virgen, Gabriela Montero, HMJ (Ecuador)