Los jóvenes sois la esperanza de la Iglesia

«Vosotros sois la esperanza de la Iglesia y del mundo, vosotros sois mi esperanza». Estas palabras pronunciadas por San Juan Pablo II el 22 de octubre de 1978, al inicio de su pontificado, resuenan con más fuerza en estos tiempos que yo llamaría de «crisis de fe». 

¿Cuándo se ha visto en otros momentos de la Historia que, ante la prohibición a los cristianos de asistir a las iglesias, de visitar al Señor en el Sagrario o de recibir los Sacramentos, ellos se quedaran de brazos cruzados sin hacer nada, encerrados en sus casas y viendo cómo su fe se va deteriorando poco a poco, conformándose con ver la misa por la televisión, en el mejor de los casos? ¡Todo lo contrario! En esos tiempos difíciles, incluso en medio de guerras o persecuciones horribles, los cristianos recurrían al Señor con más fe, con más confianza. Sabían que la vida verdadera es la vida del Cielo, por eso no tenían miedo, -o aunque lo tuvieran-, arriesgaban sus vidas por tener el Alimento que les ayudaba a alcanzar esta meta, pues sabían que de nada les serviría tener todo el oro del mundo o una salud de hierro si la vida de su alma se perdía. Se palpaba en ellos el deseo y la necesidad de Dios, ya que reconocían que Él era el que gobernaba y dirigía los tiempos, el ÚNICO que podía sacar a los hombres de la situación que estaban viviendo. 

Todo esto debería ser una llamada de atención para todos nosotros, ya que este fenómeno está sacando a la luz cómo nuestra sociedad, en particular los cristianos, está cayendo, más que nunca, en una lamentable mediocridad. Por eso, yo os animo jóvenes, y a todo el que esté leyendo este artículo, a seguir yendo a la iglesia y a animar a otros a hacer lo mismo. No tengas miedo de proponer en tu parroquia distintas iniciativas como turnos de adoración para custodiar al Señor que está en el Sagrario. Hay tanto que se puede hacer… ¡Necesitamos a Jesucristo!

La verdad es que no nos faltan los buenos ejemplos, y no es que sean ejemplos de personas que vivieron hace cientos de años, de otras épocas en las que las costumbres eran diferentes; NO, son jóvenes como nosotros, jóvenes estudiantes, jóvenes de hoy en día. En Siria, por ejemplo, los cristianos han vivido ya muchos años de guerra, y no solo de guerra, sino de una cruenta persecución religiosa. Sin embargo, no han abandonado al Señor, ni se han planteado dejar la vida espiritual; cada vez que van a Misa, y van cada vez que pueden, se arriesgan a no volver con vida, ya que en el trayecto de su casa a la iglesia les puede caer una bomba.   

El 28 de julio de 2013, mientras se estaba celebrando la JMJ en Río de Janeiro (Brasil), en Alepo, una de las ciudades de Siria más golpeadas por la guerra, los jóvenes, en vez de lamentarse y compadecerse porque no habían podido unirse con el Papa y el resto de jóvenes del mundo, y a pesar de estar en plena guerra, decidieron reunirse para hacer su propia Jornada Mundial de la Juventud. Al finalizar el encuentro, se consagraron al Inmaculado Corazón de María. ¡Nos dan mil vueltas!

¡JÓVENES! ¡ES HORA DE DESPERTAR DEL SUEÑO! ¡ES HORA DE PONERSE EN MARCHA! Si como dijo San Juan Pablo II, somos la esperanza de la Iglesia, pongámonos a trabajar y a emplear todas nuestras fuerzas y todos los dones que el Señor nos ha dado para volver a llevar a Cristo al mundo. 

 


Maria Aguado

Me llamo María Aguado. Soy de Valencia y soy miembro del Hogar de la Madre. Nací en una familia católica: Rosario en familia, Misa diaria, formación semanal con el Hogar de la Madre.
Siempre tuve la fe de mis padres. Todo lo hacía porque tenía asumido que era lo que había que vivir en mi casa. Llegó un momento en el que tuve una rebelión contra Dios porque no quería hacer lo que me pedía: consagrarme a Él como Sierva del Hogar de la Madre (rama femenina de consagradas de la institución). Esta rebelión me llevó a una crisis de fe. Al darme cuenta en lo que estaba cayendo, le pedí al Señor que, por favor, me diera otra vez la fuerza de amarle y de recuperar la fe que por mi culpa había perdido.
No doy gracias por lo que pasó, ya que fue un tiempo muy duro en el que sé que el Señor sufrió muchísimo. Pero creo que ello ha hecho que dejara esa fe de mis padres y me decidiera a vivir para el Señor.
Es todo un proceso, pero estoy feliz de estar ahora haciendo, aunque con muchas caídas, Su voluntad y de tener la oportunidad de poder animar a otros jóvenes a vivir su fe completamente entregados.