¿Dios? A mí, ¿qué me importa?

La pregunta sobre Dios brota en cualquier persona que tenga un mínimo de inteligencia. Las vacas no se preguntan por Dios, ni por las causas últimas de las cosas. Pero el hombre, dotado de inteligencia, se admira ante la realidad de la creación, de la perfección de las cosas, del orden del universo. Dice S. Pablo: “Las perfecciones invisibles de Dios, a saber, su eterno poder y su divinidad, se han hecho visibles a la inteligencia, después de la creación del mundo a través de las cosas creadas, de modo que son inexcusables porque habiendo conocido a Dios no le glorificaron como Dios, sino que se envanecieron en razonamientos y se oscureció su insensato corazón“ (Rm. 1, 20-21).


Además de la realidad y la presencia de las cosas creadas, el hombre siente dentro de sí una sed de eternidad, de inmortalidad. Se descubre como un ser espiritual, no meramente como un animal más evolucionado. Se cuestiona ante el enigma de la muerte: “El máximo enigma de la vida humana es la muerte. El hombre sufre con el dolor y con la disolución progresiva del cuerpo. Pero su máximo tormento es el temor por la desaparición perpetua. Juzga con instinto certero cuando se resiste a aceptar la perspectiva de la ruina total y del adiós definitivo. La semilla de eternidad que lleva en sí, por ser irreductible a la sola materia, se levanta contra la muerte“ (Gaudium et Spes, n. 18).

Otra razón importante para preguntarse por Dios, es el orden moral. Si no existiera un Dios bueno que señalara lo que está bien y lo que está mal, el hombre quedaría prisionero de sus mismos errores. Al querer determinar el bien y el mal a su antojo, finalmente sólo se impone la ley del más fuerte, como en la jungla. Y eso lleva al deterioro de la sociedad y a la autodestrucción del hombre.

Finalmente, el Hijo de Dios se ha hecho hombre. Estuvo en la tierra, murió y resucitó. Dijo: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. El que come de este pan vivirá eternamente. Y el pan que Yo daré es mi carne para la vida del mundo“ (Jn. 6, 51). Alguien que habla así sólo puede ser una de estas dos cosas: o un loco o el Hijo de Dios. Si tenemos en cuenta que sus discípulos le vieron resucitado, que sus mismos enemigos tuvieron que reconocer la verdad de sus milagros, que la Iglesia que Él fundó ha permanecido a lo largo de los siglos a pesar de todas las miserias de los que la forman, la pregunta sobre Dios no resulta tan absurda ni puede considerarse innecesaria. Si lo que Cristo dijo es verdad, puedes estar en peligro de perder la vida eterna. Y cualquiera que tenga sano juicio, al menos se preguntará qué debe hacer para alcanzarla.

Respuesta dada por el Padre Félix López, S.H.M.