Porque has sido fiel en lo poco...

¿Estás enamorado de Cristo y quieres llevarlo a las almas? ¿Te acuerdas de las características de las que hablamos en los últimos artículos que son imprescindibles para poder llegar a ser un buen evangelizador? ¿Has empezado a ponerlas en práctica? Vamos a reflexionar ahora sobre algunas más, que muchas veces pasan desapercibidas, pero que son totalmente esenciales.

La primera es la fidelidad en lo pequeño. San Josémaría Escrivá decía: «Convenceos de que ordinariamente no encontraréis lugar para hazañas deslumbrantes, entre otras razones, porque no suelen presentarse. En cambio, no os faltan ocasiones de demostrar a través de lo pequeño, de lo normal, el amor que tenéis a Jesucristo» (Amigos de Dios, 8). Lo normal, lo que es pequeño a nuestros ojos puede ser una gran ocasión para ser fiel a mi amor por el Señor. Piensa en tu rutina normal y examina cómo puedes transformar eso en un acto de amor a Dios. 

¿No se te ocurre nada? Aquí tienes algunas ideas. Por ejemplo, cuando vas en el autobús y se sube un hombre mayor, puedes cederle tu asiento; cuando tu madre te pide tender la ropa, en lugar de quejarte, hazlo; cuando no tienes ganas de estudiar, estudia… Todas estas pequeñas cosas, hechas con amor, ¡se hacen grandes! Es por eso que el Señor dice: «El que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto. Pues, si no fuisteis fieles en la riqueza injusta, ¿quién os confiará la verdadera?» (Lucas 16, 10-11).

En segundo lugar, un verdadero evangelizador tiene que ser alegre, pues, como decía Santa Teresa de Ávila: «un santo triste es un triste santo». La alegría es de esas cosas que se contagian fácilmente. A veces cuando estamos tristes nos basta la sola sonrisa de otro para alegrarnos. La alegría va más allá del momento. San Francisco de Asís nos dice: «Por encima de todas las gracias y de todos los dones del Espíritu Santo que Cristo concede a sus amigos, está el de vencerse a sí mismo y sobrellevar gustosamente, por amor de Cristo Jesús, penas, injurias, oprobios e incomodidades», y en esto precisamente está la verdadera alegría. No somos alegres cuando no tenemos problemas ni tristezas, sino cuando somos capaces de ver a Dios con nosotros, que carga con nuestra cruz y nos anima a seguir. La alegría es, en síntesis, el sabernos amados por Dios Padre Misericordioso. ¿Alguien puede aspirar a algo mejor? 

La exhortación que San Pablo dirigía a los Filipenses también vale para nosotros: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca. Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y en la súplica, con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios».  (Filipenses 4, 4-6) 

Por último, un buen evangelizador tiene que preocuparse por tener una formación continua. La escuela, la universidad, el instituto, etc. son instituciones que nos ayudan a saber. La Iglesia como Madre y Maestra también nos ofrece este espacio de formación en el ámbito cristiano, que  llamamos catequesis. Todo católico ha pasado por lo menos por 3 años de catequesis. ¡3 años! Y, ¿qué he aprendido? Mmmm... El problema es que no conocemos bien nuestra fe. Para esto existe la formación continua.  No basta con saber “algo” sobre la fe, hay que escudriñar cada vez más hondo. Conocer la Biblia principalmente, los sacramentos, la gracia, el perdón, el amor, etc. Leer, escribir, compartir la fe, hablar de ella con otros y crear círculos de estudio son buenas instancias para aprender siempre sobre Cristo y sus enseñanzas.

Después de haber leído estos 3 artículos y haberte examinado, sería bueno que, como fruto, te comprometieras a hacer algo por el Señor, algo concreto: trabajar para mejorar algún defecto en mí, ser más constante en mi apostolado, ir todos los domingos a Misa prestando mucha atención, orar todos los días media hora por la mañana o la tarde, etc. De esta manera podrás comprobar que lo que has reflexionado tiene un impacto real en tu vida. La vida cristiana es un constante trabajo y el que no avanza en la vida espiritual, retrocede, porque la vida está en constante movimiento y nosotros vamos a contracorriente. Así que ponte en marcha y no dejes de caminar con Cristo, ayudando a tus hermanos con tu ejemplo de vida alegre y coherente, intercediendo siempre en la oración por quienes se encuentran más débiles en la fe y dejando que Jesús día a día vaya transformado tu vida.