¿Es necesario hacer grandes obras para ser un gran evangelizador?

En el último artículo de esta sección, prometimos que íbamos a hablar de siete características imprescindibles para ser un buen evangelizador. Es decir, ¿cuáles son las actitudes, disposiciones y virtudes que tengo que cultivar para llegar a ser un instrumento dócil en las manos de Dios para el bien de mis hermanos? Allá vamos...

En primer lugar, es importante tener una fe sólida. ¿Qué significa esto? La Carta a los Hebreos nos dice: «La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven» (Hb 11,1). 

La fe es absolutamente fundamental. Sin ella no podemos evangelizar. Y no solo la fe en Cristo, en el Padre y en el Espíritu Santo; sino también la fe en la Iglesia y en su Magisterio, en sus enseñanzas. Hay muchos que dicen: «Yo evangelizo, llevo a Cristo a los demás… pero eso del Papa, como que no estoy muy de acuerdo…». ¿Cómo que no estás «muy de acuerdo»? ¿Eres católico o no? Yo no debo creer solo en lo que me conviene, en lo que me gusta; debo creer aquello que Dios me ha revelado y ha dispuesto para mi salvación. Nuestra fe tiene que ser íntegra, no puede ser una fe de supermercado donde cojo solo aquello que me gusta y dejo todo lo demás.

También tenemos que tener en cuenta que la fe es una virtud sobrenatural, es decir, que es un don de Dios y, por eso tenemos que pedírsela y disponernos a recibirla. Por eso te propongo que, con mucha humildad, cada día repitas: «¡Creo Señor, pero aumenta mi fe!» (Mc 9,24) y que continuamente renueves tu elección por Cristo conociéndole y amándole más.

Para ser misionero es también imprescindible tener una sólida vida interior. ¿Vida interior? Se trata sencillamente de la íntima unión con Cristo. Una unión real, natural, personal y constante. ¿Unión con Cristo? Sí, en el lenguaje espiritual estar unido a Cristo significa que Él esté presente siempre en mi vida. Lo está, efectivamente, pero yo puedo acrecentar esa unión a través de constantes diálogos con Él (oración), a través de las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) y a través de la participación activa de los sacramentos. En fin, es buscar que Dios sea parte de mi vida y hacer lo posible para que esta relación crezca cada día más. ¡Ojo, que la vida interior se puede perder con facilidad! Sí, cuando preferimos otras cosas, cuando dejamos de ir a Misa por comodidad, cuando ya no rezamos. La vida interior no nos garantiza que todo vaya bien, a veces es al revés, se nos dan más ocasiones para que crezca ese amor a Dios a través de tribulaciones y pesares. Lo importante es caminar siempre de la mano de Dios, unido a Él.

También es muy importante la coherencia de vida. Esto, como todo en la vida espiritual, está muy unido a las dos características anteriores, y quiere decir que no puedo predicar una cosa y hacer otra, tengo que ser una persona íntegra. Y no puedo predicar a Cristo, si no trato con Él y no puedo tratar con Él si no creo todo lo que me ha revelado.

El Padre Pío de Pietrelcina decía: «Haz el bien en todas partes, para que todos puedan decir: “Este es un hijo de Cristo”». Pregúntate: ¿mis obras reflejan a Jesús? Quienes me ven, ¿pueden decir que soy un auténtico cristiano? (Piensa…) 

No pensemos que la coherencia de vida es una carga pesada e insoportable. Al contrario, es lo que nos da la felicidad y nos anima a continuar el buen camino que llevamos. La clave está en la humildad. En reconocer que soy un necesitado de Dios y que Él quiere necesitarme. Yo no puedo evangelizar, no soy la luz verdadera; sino que mi misión es ser reflejo de la Luz de Dios. Es Cristo quien vive y evangeliza en mí. La humildad hay que pedírsela a Dios, sólo así podremos ser un testimonio viviente de Jesús.

Te propongo que desde hoy, te esfuerces en vivir estas actitudes, estas características, no solo para ser un buen evangelizador, sino para ser un buen cristiano, que busca hacer solo y siempre la voluntad de Dios. ¿Tienes mucho que practicar, verdad? Pues no te desesperes y acude a Nuestra Madre, que Ella es el mejor Modelo, y camina a nuestro lado para que no erremos.