Alegrías del apóstol

Querido apóstol:

El apóstol conoce muchas alegrías y bendiciones. "Por Él hemos obtenido, por medio de su sangre, la redención, el perdón de los pecados, según la riqueza de su gracia, que ha prodigado sobre nosotros con toda sabiduría e inteligencia" (Ef. 1, 7-8).

Es una fuente de alegría para Él que el objeto de su amor es servido y bañado en honor y gloria. Cuando Jesús es más amado, él se contenta más; y es una alegría para él conocer a otros que viven su vida con generosidad total respecto a Dios y a su gloria.

Experimenta la alegría de contribuir a la salvación  de muchas almas, que han perdido la alegría del cielo para siempre. Siente la alegría de consolar a Dios trayéndole corazones que podrían haber estado eternamente separados de Él. Se alegra con Jesús cuando dice: "Alegraos conmigo, porque he hallado la oveja que se me había perdido" (Lc. 15, 6).

Incluso sus sufrimientos son una fuente de alegría, porque ha sido hallado digno de padecer algo por Cristo (Mt. 5, 10-12). El trabajo que realiza hace que su amor crezca y, al mismo tiempo, su alegría y consolación también crecen. Está lleno del Espíritu Santo y es una alegría sentir su presencia: “le conoce, porque habita en él y estará siempre con él” (Jn. 14, 17).

Está agradecido porque su maestro le ha dado muchas vías de ayuda y de gracia: la eucaristía, los sacramentos, a su Madre. Lleva a María siempre consigo y la ama como a su madre y mejor amiga. Su presencia, su amor, su misericordia y sus oraciones por él y por todas las almas que el apóstol desea atraer a Jesús, todo esto, es una fuente constante de consolación y alegría para el apóstol.

Se regocija, porque Jesucristo ha vencido este mundo y vive y reina victorioso para siempre a la derecha del Padre en el Cielo, con sus ángeles y santos. Se sabe hijo de Dios por medio del bautismo y sabe que su nombre “está escrito en el cielo” (Lc. 10-20); y que al final de su vida terrena, se llenará de un gozo indescriptible porque "¡las bodas del cordero han llegado!" (Ap. 19, 7).

“Voy a ti, a aquel que siempre he amado, esperado, deseado” (Sta. Inés en el momento de su martirio).