Crecimiento (3ª parte)

La vida de un apóstol es una vida de oración. El Cura de Ars decía que nuestra vida de oración es la mayor de las bendiciones en este mundo. El apóstol debe crecer día a día en su vida de oración. Los cimientos de su oración deben ser -lo primero y más importante-: la misa (recibir al Señor en la Eucaristía), pasar tiempo delante de Jesús en el Santísimo Sacramento y el rezo del rosario.

El resto de su día debe ser una prolongación de estos momentos de oración y la preparación para el próximo encuentro íntimo con su Señor. Esta “prolongación” de la oración debe comenzar como un esfuerzo constante, y muchas veces renovado, de hablar con Jesús y María a lo largo del día, decirles que los amas, vivir todo el día por amor a ellos… y esto debe crecer y florecer en un diálogo constante y en una unión constante con Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo y María, nuestra madre.

¡Oh, qué vida más maravillosa, que exquisita unión de las almas con su Señor! Toda la eternidad parece muy corta para entender y disfrutar de esta felicidad. La vida de oración (vida interior) es una cascada de amor que rezuma en el alma y la deja ahogada de amor. Dios toma al alma en sus manos como una madre sostiene la cabeza del niño entre sus manos para acercárselo y cubrirlo de mimos y besos.

Querido apóstol, esta es nuestra meta como cristianos y como hijos de Dios. Aunque nos sintamos quizá pequeños e incapaces, Dios nos dará la gracia de realizar lo que nos pida, pero debemos cooperar con la gracia y ser fieles a ella. Si lo somos, nos gozaremos en su victoria.