Testigo de la gran Luz- Matteo Farina

«Que no se apague la luz –la luz del Señor, de su amor infinito– que ilumina salvando a los que viven en la oscuridad». Si esa luz se apaga moriríamos de frío, estaríamos en tinieblas. Mientras que si el fuego se expande a nuestro alrededor podríamos arder en el Amor, que es Dios, esa Luz que cautiva tu vida.

¿Qué hay que hacer para expandir esa luz, para que todos conozcan a Dios? Esta misma pregunta se hacía el joven que te voy a presentar hoy: Matteo Farina.

Matteo fue un chico Italiano nacido en 1990 en Brindisi, Italia. Recibió la fe y se formó en su parroquia y en familia. Se confesaba cada semana, rezaba el rosario y meditaba la palabra de Dios diariamente, y recibía la Eucaristía con asiduidad.

A los nueve años tuvo un sueño en el que escuchó al Padre Pío que le decía: «Si has conseguido comprender que quien está sin pecado es feliz, debes hacer que los demás lo comprendan, de manera que podamos entrar todos juntos, felices, en el reino de los Cielos».

Esta revelación marcó su vida y se encendió en él el ferviente deseo de evangelizar, sobre todo a los jóvenes, a la gente de su edad, viviendo su vida como un “infiltrado” de Dios para poder así hablarles de Él, «entrando entre ellos silencioso como un virus y contagiándoles de una enfermedad incurable: ¡el Amor!».

El mes antes de su decimotercer cumpleaños, comenzó a tener fortísimos dolores de cabeza y extraños problemas de vista y, después de numerosas pruebas, le fue diagnosticado un tumor cerebral en grado III. Durante las pruebas y los procedimientos médicos comenzó a llevar un diario donde llamó a la enfermedad como «una de esas aventuras que cambian tu vida y la de los demás; te ayuda a ser más fuerte y a crecer, sobre todo en la fe».

Desde este momento y hasta que falleció con 19 años, vivió entre hospitales, en los que la quimioterapia, las intervenciones quirúrgicas y los exámenes médicos no faltaban. En medio de todo esto hubo algo que nunca le faltó: la alegría y su afán por ofrecer todo lo que tenía a los demás, incluso el sufrimiento.

Durante este tiempo su vida espiritual creció exponencialmente, su amor a la Virgen lo mantuvo como Ella, fiel al pie de la cruz, sin quejas, sin lloriqueos, simplemente ahí, junto a Jesús. No desperdició ni un minuto en quejas o victimismos; comprendió el verdadero valor de la vida, y decidió entregarla de vuelta a Aquel que se la había regalado, arrastrando junto a Él muchísimas almas.

La luz cautivó su vida e incendió a los que estaban alrededor de manera sencilla y ordinaria. Seamos como Matteo, pidamos al Señor que ardamos en el deseo de llevarle a cada rincón sin miedo, como el mismo Matteo pedía: «Dios mío, tengo dos manos, haz que una esté siempre cerca de ti, entonces ante cualquier prueba yo no me alejaré de ti, sino que estaré siempre más entrelazado; y la otra mano, te ruego, si es tu voluntad, déjala caer en el mundo… porque como te he conocido a través de los demás, así también quien no cree pueda conocerte a través de mí. Quiero ser un espejo, el más límpido posible, y si es tu voluntad, reflejar tu luz en el corazón de cada hombre. Gracias por la vida. Gracias por la fe. Gracias por el amor. Soy tuyo».

- Ana Pérez