Crónicas de los mártires irlandeses: John Trevers. Parte I

«El momento de mi muerte está ahora cerca, el cual me abrirá la puerta a la vida eterna. Por lo tanto, me conviene no usar un lenguaje ambiguo u oscuro con el propósito de ocultar la verdad...».

Inglaterra, 1533. El 25 de enero, el Rey Enrique VIII se casó en privado con Ana Bolena, mientras Catalina -su legítima esposa-, había apelado a Roma para confirmar la validez de su matrimonio.

Solo siete meses antes, en mayo de 1532, el señor (ahora santo) Tomás Moro fue expulsado de su puesto de canciller del rey, por defender la ilegitimidad del matrimonio. Dos años después, en 1535, tras un largo periodo de encarcelamiento, sería decapitado bajo las órdenes del rey, muriendo así un mártir de la fidelidad a la Iglesia y a la verdad.

Enrique VIII ya se había anticipado a la resolución del Santo Padre en el tema de su matrimonio, y preparó numerosas leyes parlamentarias para que fueran aprobadas lo antes posible. Después de 14 meses de evaluación del matrimonio entre Enrique VIII y Catalina de España, el Santo Padre declaró que era válido; por lo tanto, Enrique VIII no se podía casar con Ana Bolena. Pero ya lo había hecho 14 meses antes. Todos, probablemente, conocemos esta parte de la historia… Enrique no estaba contento con la decisión del Santo Padre y cortó todos los lazos con la Iglesia Católica y con el Santo Padre, declarándose a sí mismo cabeza de la Iglesia.

Las leyes del Parlamento empezaron a ser aprobadas y Enrique VIII declaró que él debería ser aceptado como el único jefe supremo de la Iglesia en Inglaterra, con todo el poder que esto conllevaba; estas leyes, y aquellas que siguieron, serán conocidas como las Leyes Penales. Se citó una comisión de obispos y doctores para que anunciaran los «artículos de fe» que todos sus súbditos deberían creer, artículos que serían aprobados y firmados por el mismo Enrique. En la primera resolución, el incumplimiento de la ley significaba 20 días de encarcelamiento; más tarde, el incumplimiento de la misma supondría el destierro, la confiscación de todos los bienes, cadena perpetua y la muerte.

Enrique VIII no quería permitir que la «luz evangélica que amaneció por primera vez en los ojos de Bolena» se limitara al ámbito de su propio reino en Inglaterra, sino que deseaba que también se derramara sobre la vecina isla de Irlanda, de la que era señor. El hombre que encontró para este trabajo fue un ex-monje inglés llamado William Brown. Brown había pertenecido a la Orden de San Agustín y había ocupado varios puestos de responsabilidad dentro de la orden, antes de renunciar a sus votos y convertirse en un apóstata confirmado. Brown había sido un ferviente partidario del divorcio entre Enrique y Catalina y la separación de Roma. ¿No es apropiado que se convierta en el primer apóstol de «la nueva fe» de Irlanda?

El arzobispo de Dublín acababa de ser brutalmente asesinado en el camino hacia Inglaterra, y la sede quedó vacante. ¿Quién mejor que Brown? Enrique VIII no perdió tiempo en organizar todo el protocolo necesario para la ordenación episcopal, nombrando a Brown nuevo arzobispo de Dublín. No hace falta decir que Roma no había sido puesta al corriente de nada de lo que se estaba haciendo; nadie fue informado, ni el Santo Padre dio ningún permiso para la ordenación. La Iglesia de Inglaterra, y ahora de Irlanda, era completamente autosuficiente.

Se formó una comisión para llevar a cabo los deseos del rey: William Brown, Thomas Audley y William Brabazon.Thomas Audley había convencido al Parlamento para aceptar las políticas antipapales de Enrique y, por ello, fue nombrado Guardián del Gran Sello y canciller del rey, para reemplazar a Tomás Moro. Además, fue Audley quien presidió el juicio del Obispo John Fisher y de Tomás Moro (ambos santos), quienes no aprobaban el matrimonio y la autodeclaración de Enrique VIII como cabeza de la Iglesia, y quien ordenó su ejecución. Los historiadores lo describen como «un político sin principios, un subordinado a la voluntad del Rey». Más tarde, trabajaría con Thomas Crowell, el consejero del Rey y un cabecilla prominente de la disolución de la fe católica en Inglaterra e Irlanda.

El tercer miembro de la comisión, William Brabazon, fue nombrado por el Rey Vice-tesorero de Irlanda, y como tal, fue quien -tiempo después-, supervisará el cierre y la confiscación de todos los monasterios y sus bienes, de acuerdo con las leyes aprobadas por el Rey. Más tarde se convertiría en el Lord Juez, y entre otras cosas, ayudaría a Enrique VIII a cambiar su título de “Lord” por “Rey” de Irlanda.

Esta fue la comisión formada para realizar los deseos del rey en Irlanda. «Habiendo abandonado absolutamente a Roma en materia espiritual dentro de los dominios de Inglaterra, ahora es la voluntad y el placer real, el tener a sus súbditos de Irlanda obedeciendo sus órdenes como en Inglaterra» (Carta de Crowell a Brown, 28 de noviembre de 1535).

A pesar de la ayuda que tuvo, Brown no encontró fácil el deber que se le encomendó. Después de haber recibido amenazas por su falta de eficiencia, respondió diciendo que estaba encontrando mucha resistencia por parte de muchos sacerdotes y obispos en Irlanda, especialmente del obispo de Armagh, todavía fieles a la fe católica y al Santo Padre. Brown, fue aún más lejos al decir que, «la gente común de esta isla es más fervorosa en su ceguera, de lo que lo fueron los santos y mártires al principio del Evangelio», lo cual es un cumplido para Irlanda; y preguntó por la convocatoria del parlamento para promulgar y ejecutar las leyes de supremacía que el Rey deseaba.

Esto fue en 1535. Y es en la mitad de todo este ambiente cuando nuestro primer mártir entra en escena; el Venerable John Travers. Él es el primer mártir de los Tiempos Penales que se conoce con nombre y apellido, aunque sin duda hubo otros antes que él cuyos nombres están únicamente escritos en el libro de la vida.


hna kelai

Soy la Hna. Kelai María y soy Sierva del Hogar de la Madre desde 2007. Nací en Arizona (EE.UU.) pero también he vivido en Oregón, Alaska, Florida, España e Irlanda. Soy una conversa a la fe católica y encontré mi vocación poco después de mi conversión. Cada día doy gracias a Jesús por ser suya y por ser Sierva. Toda la eternidad no será suficiente para agradecerle por haberme salvado y por lo mucho que me ha amado y me ama.