Juana de Arco: La justicia de Dios es para siempre

Santa Juana de Arco, mártir de la verdad

Hemos estado leyendo un libro titulado «Santa Juana de Arco: reina, virgen, mártir. Primer estudio documental en español a la luz de sus procesos», por Marie de la Sagesse Sequeiros, SJM. Este libro es un estudio magnífico sobre la vida de Juana de Arco, su misión divina de hacer patente la realidad del derecho del reinado de Cristo en las naciones y de llevar a cabo la liberación de Francia de la invasión inglesa en tan solo tres años. 

Juana de Arco emprendió su empresa con apenas 16 años y llegó a liderar un ejército de más de 10.000 hombres. El pueblo francés la aclamaba como «Juana, la Pucelle» —que significa «la virgencita» en francés—, viendo en ella a la doncella que Dios les enviaba para liberar a su pueblo en cumplimiento de una antigua profecía. Dios la envió para coronar al legítimo heredero del trono, Carlos VII, como rey de Francia. Así lo hizo y Dios bendijo todas sus empresas. Pero, por intereses políticos, Juana fue traicionada por los suyos y entregada en manos de los ingleses, que, tras un juicio inicuo, la quemaron como hereje el 30 de mayo de 1431. 

El proceso condenatorio se hizo bajo la apariencia de un juicio eclesial de obispos, sacerdotes, teólogos. Sin embargo, la condena estaba decidida de antemano: Juana debía ser quemaba como hereje y bruja. ¿Con qué fin? Para desprestigiarla y decir que, en vez de ser enviada de Dios, Juana invocaba a los demonios; y que de este modo los ingleses pudieran negar la intervención divina que confirmaba a Carlos VII como el legítimo heredero al trono de Francia. El proceso se saltó toda legalidad, con el triunfo de los motivos políticos que lo habían movido y no de la justicia ni de la búsqueda de la verdad y la gloria de Dios. La versión de la historia de los enemigos de Juana fue difundida como verdadera y, durante 500 años, su nombre, su honor y su misión fueron difamados, proliferando numerosas leyendas negras sobre su persona. 

Sin embargo, la verdad triunfa y, pasados cinco siglos, la santidad de Juana de Arco fue confirmada por la Iglesia tras un largo proceso del estudio de su causa. El 16 de mayo de 1920 fue canonizada. Durante toda su vida –y especialmente durante los meses del cautiverio, del proceso de condenación y del suplicio en la hoguera– Juana dio muestras de su santidad y de su fidelidad a Dios. A lo largo de los 5 meses del proceso, que estuvieron llenos de torturas físicas, abusos psicológicos, chantajes espirituales, situaciones que atentaban contra su pureza virginal –que logró conservar–, no lograron hacerle decir ninguna herejía, no pudieron encontrar en sus respuestas ningún error doctrinal, ningún pecado contra la fe por el cual pudieran justificar una condena de muerte como hereje en la hoguera. Por eso, recurrieron a mentiras y falsificaciones. 

¿Qué pensar de esto? Me trae a la memoria aquella conocida coplilla popular del poeta español, el Beato Padre Diego José de Cádiz, que dice: 

«La ciencia calificada
es que el hombre en gracia acabe. 

Porque al fin de la jornada, 

aquel que se salva, sabe; 

y el que no, no sabe nada».

Han hecho falta 500 años para que Iglesia reconozca la inocencia y la santidad de una joven de 19 años que vino de parte de Dios; 500 años para reconocer la maldad y el juico injusto de aquellos que la condenaron. Pero, el hecho de durante estos siglos no se reconociera la verdad sobre Juana no significa que su santidad no fuera cierta en aquellos momentos del proceso condenatorio. Aunque moría como hereje, idólatra, cismática…, Dios conocía su fidelidad inquebrantable a la voluntad de Dios. Desde entonces, ella ha estado gozando en el Cielo de los méritos que mereció por ser fiel a Dios durante su vida; alcanzó la victoria, la meta. Y nadie, por mucho que se empeñe en difamarla, podrá quitarle esa gloria. «Al final de la jornada, aquel que se salva, sabe».

¿Y qué decir de sus jueces inicuos? ¿Dónde estarán ellos ahora? Solo lo Dios sabe, pues es el único que conoce el interior del corazón del hombre. Dios quiera que hayan arrepentido de sus pecados antes de morir. A nosotros nos queda rezar por sus almas. En el caso de que no se arrepintieran, ¿dónde estarían ahora? ¿De qué les habría valido tener tan buena reputación en vida, encubriendo su crimen, manchando el honor de Juana, saliendo impune de la justicia humana, persistiendo en su pecado hasta la muerte? De nada. «El que no se salva, no sabe nada». El Señor en el Evangelio de san Lucas nos lo dice de esta manera: «Pues, ¿qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si él se pierde y se condena?» (9, 25). 

«Para siempre». No logramos entender la gravedad y seriedad de esa afirmación. «Para siempre». «Para siempre» significa que nunca se acaba, que no tiene fin, que es perpetuo. Y si estoy en la dicha del Cielo, ¡gracias, Señor, por tu misericordia! Pero, si estoy en los eternos fuegos del infierno, ¿por qué habré sido tan tonto de hacer lo que hice? «Para siempre». Nuestros actos tienen un valor eterno. Nuestras buenas obras tienen un valor eterno. Nuestros pecados tienen un valor eterno. ¿Cuánto dinero tendrían que darte aquí en la tierra para que tú decidieras ir al infierno para siempre? Vamos, muy tonto sería el que, viéndolo así de claro, aceptara el dinero —algo finito, que se acaba— a trueque de un castigo eterno. Sin embargo, en la realidad, muchas veces somos así de tontos; preferimos el corto placer del pecado a la eterna dicha del Cielo, y escogemos las eternas penas, tormentos, y sufrimientos del infierno.

Santa Juana, ayúdanos a comprender que:

«La ciencia calificada
es que el hombre en gracia acabe. 

Porque al fin de la jornada, 

aquel que se salva, sabe; 

y el que no, no sabe nada».

Nos va la vida en esto. Ayúdanos, santa Juana, a espabilar. 

 -Hna. Sara Martínez, SHM