Estos son los cristianos de Irak

Durante una de las reuniones que tenemos los domingos en el Hogar, en vez de una charla de formación impartida por el P. Félix, tuvimos la oportunidad de tener una entrevista con el P. Rodrigo Miranda, IVE (Instituto del Verbo Encarnado), un sacerdote que trabajó en misiones en el Medio Oriente durante muchos años.  

Llegando al final de la reunión, él mencionó una historia que me impresionó muchísimo. 

Una niña iraquí de doce años, Cristina, fue a la iglesia para asistir a Misa el Día de Todos los Santos con su madre, que en ese momento estaba embarazada. Al llegar, Cristina fue inmediatamente al altar de la Virgen Santísima para poder hablar con Ella en la intimidad de su corazón y probablemente para rezar por la seguridad de su madre y de su hermano (todavía no nacido). Su madre, sorprendida por la repentina ausencia de su hija, miró ansiosamente a su alrededor para localizarla entre la multitud de rostros de la congregación.  Su preocupación tenía sentido, ya que en un lugar como Iraq, incluso unos segundos de inatención de sus niños podrían dejarles como testigos de acontecimientos horrendos. Sin embargo, la madre de Cristina seguramente no podía prever el final de este incidente en particular.

Momentos después, un grupo de musulmanes armados irrumpieron en la iglesia. Deben haber considerado y elegido cuidadosamente ese día "oportuno" en el que los cristianos seguramente estarían apiñados en la iglesia como corderos inocentes en un matadero para poder llevar a cabo su masacre. Por supuesto, ellos no podían saber que su aparente victoria sería la causa de regocijo cristiano en un día tan glorioso y verdaderamente oportuno: ¡el Día de Todos los Santos!

En medio del tumulto, Cristina se volvió y su madre le preguntó –haciendo eco del tono de angustia de la Virgen cuando por fin descubrió su Hijo a los pies de los doctores de la ley en el Templo– «¿Dónde estabas, Cristina?»

A pesar de la desorientación por la masa de cuerpos en movimiento, sus ojos debieron de fijarse en una mirada que transmitía más de lo que su apresurado intercambio podía: «Mamá, si me quieres, no tengas miedo». 

Justo entonces, cayó una lluvia de balas. En esos segundos, Cristina se lanzó sobre el curvado estómago de su madre, protegiéndola con su cuerpo. Y luego, convulsionando por las balas enterradas en lo más profundo de su cuerpo, quedó completamente inmóvil.

Su madre no murió. Y tampoco su hermanito.

¿No encontraron también al Niño Jesús en el Templo haciendo los asuntos de su Padre después de tres días? ¿Cómo no iban a encontrarse Cristina y todos los demás mártires cristianos en el santuario celestial por haber vivido, y ahora celebrar en plenitud, los «asuntos de su Padre»: dar testimonio de su fe?

Al final de la reunión, el P. Félix preguntó al P. Rodrigo qué le diría a los cristianos de Occidente. El P. Rodrigo respondió que ver la mediocridad de la Iglesia de Occidente –es decir, de sus pastores, sus religiosos y sus fieles laicos– fue un golpe para la Iglesia de Oriente. Quería decirles que se levantaran de la mediocridad y que supieran que están en la tierra para ganar el Cielo. En efecto, ¿de qué sirve ganar el mundo y perder el alma? Vigilemos nuestro corazón contra la tibieza que tan fácilmente se cuela en nuestra relación con Dios por nuestra falta de mortificación y de generosidad a la hora de llevar a cabo lo que Dios nos pide.

Si una niña de doce años que vivía en circunstancias tan adversas pudo demostrar con su vida aquella enseñanza de Jesús: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13), entonces no puede haber excusa para que los que vivimos en nuestros ambientes cómodos  habitemos en las arenas movedizas de la mediocridad. Al fin y al cabo, nuestro Señor nos dijo: «Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo» (Mt 5,11-12). Tan cierta como esta promesa de bendición que nos ha hecho a los que le somos fieles, es la certeza de que nos dará la gracia para vivirla.

En momentos de especial dificultad y tentación, podemos refugiarnos bajo el manto de la Dolorosa, que estuvo fielmente al pie de la Cruz. Su mirada maternal nos fortalecerá, como ha fortalecido a los mártires de los últimos veinte siglos, para abrazar las cruces que afrontamos cada día y morir a nosotros mismos en las cosas pequeñas. De este modo, si el Señor nos llama a dar verdaderamente la vida por los demás, podremos decir Fiat como la Virgen.

Ver la reunión aquí:

https://www.youtube.com/watch?v=Q6RncSUupbA

- Escrito por Winnie