Anne de Guigne: "Te consolaré con mi vida"

Cada vez que contemplo la Pasión del Señor me viene a la cabeza una imagen dura e imponente: la de la Virgen a los pies de la cruz; imagen de una madre destrozada por la pérdida de su Hijo, condenado injustamente. Ante su sufrimiento, siento que un abrazo no la calmará, que yo no hago ni tan siquiera el intento de consolarla, tan solo colaboro con mis pecados a clavar más a su hijo esa corona de espinas.

Para consolarla tengo que empezar por cambiar mi vida, dar un giro de 180º, pasar de hacer sufrir a sufrir por Él, a ofrecerme. Así y solo así el corazón de María en ese momento de dolor se verá un poco más desahogado.

Esto hizo Anne de Guigne, una niña francesa nacida en 1911, al inicio de la Primera Guerra Mundial, en una familia de cuatro hijos, de los cuales ella ocupaba la primera posición. Tenía un carácter muy fuerte: era soberbia, celosa y desobediente. 

Cuando tenía 4 años, un sacerdote comunicó a su madre que su marido había muerto en batalla. En ese duro momento, su madre se derrumbó y entre lágrimas le dijo a su hija mayor: «Anne, si quieres consolarme, tienes que ser buena». La niña comprendió perfectamente a lo que se refería su madre con ser buena y desde el primer minuto cambió radicalmente: empezó a luchar contra su propio carácter, sus pasiones, y a través de la oración, de muchos sacrificios y del olvido de sí misma, el Señor iba modelando una bonita escultura, toda para Él.

A pesar de que era muy pequeña, tenía un profundo deseo de recibir la Eucaristía. Para poder otorgarle el permiso para recibir la Primera Comunión antes de la edad establecida, el obispo la sometió a un examen - que aprobó con gran facilidad-, y el prelado pudo constatar el gran deseo y alegría con la que esta niña vivía su fe. Para Anne de Guigné el momento de la Primera Comunión fue el momento clave que alumbró todo su camino de conversión.

En diciembre de 1921 sufrió una enfermedad cerebral, probablemente una meningitis, que la obligó a quedarse en la cama. Repetía sin cesar: «Dios mío, quiero todo lo que Tú quieras», y añadía a las oraciones que hacían para su cura: «… y cura también a los demás enfermos». Anne, consciente del tesoro que le había regalado el Señor, se dedicó a ofrecer su sufrimiento por el resto del mundo, especialmente por todos los enfermos. 

Murió el 14 de enero de 1922, a los 11 años de edad, con las manos muy llenas de buenas obras y con la tranquilidad de haber consolado, con su vida, a su madre.

Seamos como Anne, dejémonos ser moldeados por el mejor alfarero, ya que esta es la mejor forma de consolar a su Madre, esta es la mejor forma de alcanzar el Cielo.

Por Ana Pérez