Aún hay gente que lucha por el Cielo: Jorge Ribera y P. Henry

Los cristianos, acostumbrados a la vida y a la rutina, nos hemos olvidado de lo verdaderamente importante.

Muchos cristianos estamos cansados de estar siempre escuchando lo mismo. Yo diría que hasta escuchar hablar del cielo, para algunos, se ha vuelto costumbre o rutina. Ya no vivimos para lo que hemos nacido, vivimos sin ganas, sin la alegría de llevar a Cristo a las almas. En vez de dar y transmitir a los demás la alegría de pertenecer al Señor y de haber sido elegidos para anunciarle por todo el mundo, estamos muertos de miedo, de vergüenza, amargados y acomplejados.

¿Quién, habiendo recibido el Tesoro más grande, se queda avergonzado, enfadado y amargado por haberlo encontrado?

Creo que es fundamental hacerse la pregunta de por qué estoy en este mundo, para qué me quiere el Señor aquí, y en el país o en el lugar en el que estoy en este momento. Eso es lo que da razón a nuestra vida, lo que nos mueve a vivir verdaderamente para Dios y para las almas.

¿Para qué estamos en este mundo sino para el encuentro definitivo con Cristo, para llegar al cielo y gozar para siempre del Señor y de Nuestra Madre?

Ese momento parece imposible para nosotros, ¿verdad? Especialmente cuando uno empieza a ver su pobreza, su debilidad, que no es capaz de luchar, que no tiene fuerzas, que camina solo, que no ama al Señor lo suficiente, que no es capaz de vivir para Él… Claro que es imposible, pero porque no nos ponemos en manos del Señor, no le pedimos ayuda. Somos débiles, y nos quedamos en nuestra debilidad. 

A mí personalmente me da esperanza ver cómo hay almas que ahora, en estos tiempos, luchan por el cielo. Quiero destacar las vidas de Jorge Ribera y del Padre Henry Kowalczyk.

Jorge Ribera es un joven valenciano fallecido el 29 de febrero de 2020 a los 24 años, después de diez años de combate contra la leucemia. Vivió su enfermedad de la mano del Señor ofreciendo siempre sus sufrimientos por Él y por las almas. 

En una ocasión escribió: «Sin la fe puedes verlo como una forma de superación o de mejora personal. Si crees, tienes la certeza de que ese dolor trasciende hacia algo o alguien, así que puedes aprovechar y ofrecerlo por la gente a la que quieres. Esto me ayuda a ver que Dios realmente existe, veo cambios alucinantes en amigos y personas conocidas que de otra forma dudo mucho que pudieran ocurrir». 

Este joven reconoció la grandeza para la que había sido creado y no dudó en vivir para ella. Jorge deseaba el cielo y quería que todas las personas de su alrededor descubrieran este gran don y se decidieran a vivir para Él. Las palabras con las que se despidió demuestran su amor a Dios y su celo por las almas: «Que estéis alegres, que no os alejéis de Dios y nos vemos en el cielo».

El Padre Henry Kowalczyk, sacerdote –Siervo del Hogar de la Madre—, murió el 15 de abril de 2020, a los 54 años tras un golpe en la cabeza por un ataque epiléptico. Vivió su vida entregada a las almas donde el Señor le mandaba, lo que se puede ver en el acto que hizo al final de su vida: una comunidad de Carmelitas se había quedado sin atención espiritual, y él no dudó un segundo en pedir permiso a sus superiores para atenderlas, y allí fue donde murió, de un ataque epiléptico, separado de su comunidad pero haciendo un acto enorme de caridad.                               

Tenía un celo tan grande por las almas que no podía dejar de hablar de Dios en ningún momento. Su vida era una lucha constante por el cielo y lo mostraba en su día a día. Su mayor felicidad era saber que un día se encontraría con el Señor y su Mamá, la Virgen María. En sus últimos días de vida decía: «Estoy tan feliz que me podría ir al cielo ahora mismo».

Ojalá estos ejemplos de vidas vividas de cara a Dios nos animen, en estos tiempos, a vivir para el cielo y a ser testimonios vivos de Cristo en el mundo. El cielo no es algo del siglo XVII, es una realidad de nuestros tiempos que supone, ni más ni menos, nuestra salvación y la Vida Eterna.

 


Maria Aguado

Me llamo María Aguado. Soy de Valencia y soy miembro del Hogar de la Madre. Nací en una familia católica: Rosario en familia, Misa diaria, formación semanal con el Hogar de la Madre.
Siempre tuve la fe de mis padres. Todo lo hacía porque tenía asumido que era lo que había que vivir en mi casa. Llegó un momento en el que tuve una rebelión contra Dios porque no quería hacer lo que me pedía: consagrarme a Él como Sierva del Hogar de la Madre (rama femenina de consagradas de la institución). Esta rebelión me llevó a una crisis de fe. Al darme cuenta en lo que estaba cayendo, le pedí al Señor que, por favor, me diera otra vez la fuerza de amarle y de recuperar la fe que por mi culpa había perdido.
No doy gracias por lo que pasó, ya que fue un tiempo muy duro en el que sé que el Señor sufrió muchísimo. Pero creo que ello ha hecho que dejara esa fe de mis padres y me decidiera a vivir para el Señor.
Es todo un proceso, pero estoy feliz de estar ahora haciendo, aunque con muchas caídas, Su voluntad y de tener la oportunidad de poder animar a otros jóvenes a vivir su fe completamente entregados.