Chiara Luce: Debo amar a todos, siempre y primero

¿Alguna vez te has preguntado qué sentido tiene el sufrimiento o por qué Dios, siendo tan bueno, lo permite? Es un grandísimo misterio. De hecho, el sufrimiento no estaba en los planes originales de Dios cuando creó el mundo. Todo lo que Dios creó, lo creó bueno. La muerte, el mal y el sufrimiento entraron en el mundo por el pecado cuando el hombre desconfió y se apartó de Dios, su fin último y único bien verdadero. Sin embargo, no es menos cierto que el Señor no permite NADA que no sea para sacar un bien mayor. A través de la pasión, muerte y resurrección de Jesús el sufrimiento ha adquirido un valor salvífico. Lo que antes era un «castigo» por el pecado del hombre, se ha convertido - si lo vivimos unidos a Cristo - en un medio para nuestra salvación.

En esta vida, nadie está exento del sufrimiento. Tarde o temprano, todos tendremos que sufrir, pero lo importante es cómo lo afrontamos. Si realmente tengo una visión sobrenatural de la vida, me daré cuenta de que, en primer lugar, todo lo que hay en este mundo es pasajero, y que mi verdadera patria es el Cielo. Además, por muy dura que pueda ser una situación, a Dios no se le escapa nada. Tengo que confiar en su amor y su poder. Es Él quien conduce mi vida y sabe por qué permite cada situación. Por lo tanto, lo que a mí me toca es preguntarle –no pedirle explicaciones, ni rebelarme contra Él– qué es lo que espera de mí ante esa realidad, porque, como decía Jesús: «¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?» (Mt. 16, 26). 

Dios hace milagros en medio del sufrimiento, da su gracia, su amor, su fuerza, da la alegría de saber que mediante él, podemos participar en la obra redentora de Cristo. Esto fue lo que ocurrió en la vida de la beata Chiara Luce.

Chiara Badano nació en Sassello, al norte de Italia, el 29 de octubre de 1971. Cuando tenía 9 años conoció el Movimiento de los Focolares, fundado por Chiara Lubich. A partir de este momento, su vida espiritual comenzó a afianzarse. Era una chica dinámica, deportiva, simpática e inteligente, y habiendo experimentado el amor de Dios, quiso llevarlo a todos los que conoció. Aunque era una líder, no le gustaba llamar la atención, porque siempre hacía hincapié en los demás. Defendía su posición de creyente, pero sin imponerse, con un testimonio lleno de serenidad y generosa disponibilidad.

Cuando Chiara tenía 17 años, mientras jugaba un partido de tenis, un dolor punzante en su hombro izquierdo la obligó a dejar caer la raqueta al suelo. Después de una radiografía y un diagnóstico erróneo, fue hospitalizada. En una prueba posterior, se descubrió un osteosarcoma, es decir, un cáncer de huesos de cuarto grado, el más grave. Era el 2 de febrero de 1989.

Así es como comenzó su «Vía Crucis». Cuando comprendió la gravedad del caso y las pocas esperanzas que tenía de vida, le pidió a su madre que no le hiciera ninguna pregunta y se encerró en su cuarto. No lloró, no se rebeló ni se desesperó. Se encerró en un silencio absorbente de 25 minutos interminables. Fue su «Huerto de Getsemaní»: media hora de lucha interior, de oscuridad, de pasión... y nunca más se echó atrás. Se ganó la gracia… Después salió y dijo a su madre: «Ahora puedes hablar, mami», y en su rostro apareció de nuevo la brillante sonrisa de siempre. Ella le dijo que sí a Jesús, y se lo repitió hasta el final.

Durante su enfermedad no pidió su curación, sino que se abandonó totalmente en los brazos del Señor y se fue uniendo cada vez más a Él. Se sentía totalmente amada por Él y quería corresponder haciendo su voluntad por amor, quería «jugar el juego de Dios» y decía: «me siento tan pequeña y el camino a recorrer es tan arduo... ¡Pero es el Novio quien viene a verme!», y eso siempre le daba nuevas fuerzas.

En sus escritos se refleja cómo llegó a vivir momentos de una intimidad total con el Señor: «No puedes ni siquiera imaginar cuál es mi relación con Jesús ahora. Siento que Dios me pide algo más, algo más grande... Me siento envuelta en un plan espléndido que poco a poco se me revela […] Quiero estar allí arriba, donde todo es silencio y contemplación».

Vive la enfermedad con profunda humildad y totalmente olvidada de sí misma. Es muy consciente de que cada cosa que le ocurre, cada día que pasa, es un regalo. Siempre está dispuesta a acoger y escuchar a quienes se acercan a ella, especialmente a los jóvenes, a los que escribirá: «La juventud es el futuro. Ya no puedo correr, pero me gustaría entregarles la antorcha como en las Olimpiadas... Los jóvenes solo tienen una vida y vale la pena gastarla bien».

Aunque sufría terriblemente, rechazó la morfina porque le quitaba lucidez. Y expresaba que ya solo podía ofrecer a Jesús el dolor. Su madre cuenta que una noche sufrió lo inimaginable, que lo había pasado particularmente mal. Por la mañana, cuando Chiara vio a su madre, le sonrió como pudo y le dijo: «Una noche así no la había pasado nunca mamá. ¿Pero sabes? No he desperdiciado nada, nada. Lo he ofrecido todo. Todo se lo he ofrecido a Jesús». Chiara no se sentía inútil, sino que era muy consciente de que aunque ya no podía ni siquiera levantarse de la cama tenía un corazón, y podía amar, amar a todos y rezar por todos. Transformó el dolor en amor, ofreciéndose con y por Jesús Abandonado. 

A su padre le sorprendía verla siempre tan sonriente. Pensó que seguramente Chiara hacía el esfuerzo de estar así solo delante de ellos, para no hacerles sufrir. Un día, pasando por su habitación, miró por el ojo de la cerradura. Chiara estaba sola en la habitación. Y allí se dio cuenta de que «Chiara estaba siempre así», porque la verdadera felicidad nace de la entrega. Y ella vivía totalmente entregada a Dios y a los demás. Poco tiempo antes de morir, recibió de Chiara Lubich el nombre de «Luce», luz, porque en sus ojos se veía «el ideal vivido hasta el final: la luz del Espíritu Santo». 

El único deseo que tenía Chiara era ir al Cielo, porque allí iba a ser muy, muy feliz. Pidió que la vistieran con un vestido de novia y preparó la Liturgia de su «Misa». Insistió en que nadie debía llorar, sino cantar en alta voz y celebrar, porque ella ya iba a estar con Jesús. Murió a las 4:10 de la mañana del domingo 7 de octubre de 1990. Poco antes había susurrado su último adiós a su madre con una recomendación: «¡Sé feliz, porque yo lo soy!».

Probablemente el Señor a ti no te pedirá vivir una enfermedad así, pero en algún momento el sufrimiento llegará a tu vida. No olvides que el Señor con la cruz da la fuerza. Únete a Él, ofrécelo todo. El sufrimiento bien vivido, nos ayuda a madurar y a crecer humana y espiritualmente y, una vez que pasa, podemos ayudar a otros a vivir situaciones semejantes a las que nosotros hemos pasado. En estos momentos, no hay nada que te impida amar y salvar almas, así que, no pienses demasiado en ti mismo, y, como decía Chiara Luce: ama a todos, siempre y primero.


Hna.MrmyCe

¡Hola! Soy la Hna. Mariam Samino y soy Sierva del Hogar de la Madre desde el año 2011. Soy la mayor de seis hermanos. Mis padres siempre nos han educado en la fe, aunque desde que era muy pequeña yo prefería las cosas del mundo y me aburría rezar. Durante la adolescencia, me rebelé contra Dios porque me parecía que para Él todo lo que yo quería hacer estaba mal: yo solo quería ser como todo el mundo, así que opté por hacer mi vida prescindiendo de Él. Cuando tenía 18 años, tuve un encuentro personal con Jesús en el que experimenté su misericordia y que me había estado esperando. No puedo dejar de darle gracias por todo lo que ha hecho en mi vida y espero que mi unión con Él se vaya intensificando cada día.

Soy la Hna. Cecilia Boccardo. Cuando era pequeña tenía una gran sensibilidad a las cosas de Dios, pero con los años llegué a creer que Dios estaba muy lejos de mí, hasta que experimenté su amor personal, cuando tenía 14 años. Esto me marcó tan profundamente que desde entonces jamás pude dudar de Él ni de su amor. Esta sed de Dios fue aumentando en mí hasta comprender que me llamaba a responder a su amor con una donación total. Aun así, seguía viviendo una «doble vida» hasta que conocí el Hogar de la Madre en la Universidad, y entendí que había encontrado mi familia, mi camino para llegar al Cielo. Entré en el año 2008 y solo puedo dar gracias al Señor y a Nuestra Madre por haberme elegido y sostenido siempre.