San Damián y el P. Henry: Héroes en tiempos de pandemia

Hace poco he leído el libro El apóstol de los leprosos, vida de san Damián de Molokai, y el Padre Henry ha venido a mi cabeza cuando he visto la fecha de muerte del P. Damián, el 15 de abril de 1889. El mismo día, 131 años después, (15 de abril de 2020) muere el P. Henry Kowalczyk de un modo similar.

Cualquiera que haya leído el libro dirá que no me he enterado de nada, pero hay mucho, muchísimo en común. 

El sueño del padre Damián era ser misionero, pero esa no parecía ser la voluntad de Dios para él, y aunque le cuesta, se abandona en sus manos. Siendo ya sacerdote de los Sagrados Corazones, antes de salir un grupo de hermanos para las misiones, uno de ellos cae enfermo, y en su lugar va el P. Damián.

Tiempo más tarde, el superior ve la necesidad de un sacerdote en una leprosería de Molokai. Consciente de que dicho destino podría llevar a la muerte, da libertad a sus hijos, les pide que recen y vean delante de Dios si quieren jugarse la vida por aquellos leprosos.

El P. Damián, entre otros, se presta si es la Voluntad divina, y es elegido para dicha labor.

Una vez llegado a la leprosería, se pone manos a la obra para gloria de Dios y salvación de esas almas que le han sido encomendadas. Se entregará allí hasta su muerte, 16 años más tarde, contagiado de lepra. 

Quizás todavía te estás preguntando qué tendrá que ver con el P. Henry.

Mucho más de lo que parece.

Este año 2020 no ha sido la lepra, sino un virus llamado “Covid-19” o “Coronavirus” lo que nos ha afectado. El miedo se apodera de la gente y todo el mundo se queda en casa.

Bastante parte de la población mundial se ha visto privada de sacramentos. Monasterios enteros, almas consagradas a Dios, privadas de ese alimento tan necesario para su vida.

En esta situación tan penosa, por no decir algo más fuerte, donde los mismos representantes de Cristo en la tierra abandonan a la grey a ellos confiada, salen las verdaderas almas entregadas a Dios, los verdaderos representantes de Cristo en la tierra, almas que viven para la gloria de Dios y salvación de las almas y se ofrecen como oblación y víctimas a su Señor.

El P. Henry Kowalczyk, SHM., es una de ellas, que teniendo conocimiento de que un monasterio de Carmelitas en Amposta (Tarragona) se ha quedado sin sacerdote y sin atención espiritual, no duda en pedir permiso a sus superiores para ir a atenderlas.

Después de varias semanas sirviendo a la comunidad, le da un ataque epiléptico y muere allí por un golpe en la cabeza.

No morirá de contagio como el P. Damián, pero la sangre que derramó por el golpe en la cabeza me parece un signo claro de cómo fue su vida, totalmente entregada hasta el derramamiento de sangre.

¡Estos son los héroes de la Caridad! Almas entregadas sin condiciones al servicio de Dios hasta el final, ya que para eso los ha llamado el Señor y para eso ellos han respondido. Almas que son capaces de morir con Cristo crucificado porque el amor a Cristo y a las almas implica eso. Los héroes de la Caridad, con mayúscula, que no buscan más que agradar a Dios y vivir para su gloria, no buscan salud, no buscan reconocimiento, no buscan NADA en este mundo. Almas en cuyas carnes se ha grabado el sello de Cristo.

Ojalá estos ejemplos de Caridad heroica den fruto en nosotros y nos impulsen a entregarnos, aunque no sean con cosas extraordinarias sino en el día a día por las almas, hasta el derramamiento de sangre si fuera necesario, hasta el abandono total en Cristo, hasta poder decir: “Ya no soy yo, es Cristo quien vive en mi” (Gal 2, 20).

 


Maria Aguado

Me llamo María Aguado. Soy de Valencia y soy miembro del Hogar de la Madre. Nací en una familia católica: Rosario en familia, Misa diaria, formación semanal con el Hogar de la Madre.
Siempre tuve la fe de mis padres. Todo lo hacía porque tenía asumido que era lo que había que vivir en mi casa. Llegó un momento en el que tuve una rebelión contra Dios porque no quería hacer lo que me pedía: consagrarme a Él como Sierva del Hogar de la Madre (rama femenina de consagradas de la institución). Esta rebelión me llevó a una crisis de fe. Al darme cuenta en lo que estaba cayendo, le pedí al Señor que, por favor, me diera otra vez la fuerza de amarle y de recuperar la fe que por mi culpa había perdido.
No doy gracias por lo que pasó, ya que fue un tiempo muy duro en el que sé que el Señor sufrió muchísimo. Pero creo que ello ha hecho que dejara esa fe de mis padres y me decidiera a vivir para el Señor.
Es todo un proceso, pero estoy feliz de estar ahora haciendo, aunque con muchas caídas, Su voluntad y de tener la oportunidad de poder animar a otros jóvenes a vivir su fe completamente entregados.