Pero… ¿es posible ser santo hoy?

Muchas veces oímos hablar de los santos de la época medieval, como si ser santo fuera una cosa del pasado o una meta inalcanzable hoy en día. ¿Esto es cierto? Pues, ¡claro que NO! De hecho, solamente en el siglo XX ha habido más mártires que en todo el resto de la historia de la Iglesia. Pero no solo hay mártires; hay muchísimos santos, y santos, jóvenes como tú, que le han dado todo al Señor. Sus ejemplos de entrega y de generosidad total son una luz que nos recuerdan que lejos de Jesús solo hay oscuridad y muerte. Nos enseñan que no hay que temer las exigencias del amor de Cristo, sino que hay que temer la pusilanimidad, la mediocridad, el egoísmo, el pecado, en definitiva, todo lo que nos hace sordos a la voz de Cristo que nos ama y nos llama a hacer cosas grandes.

Uno de estos jóvenes es el beato Carlo Acutis. Desde muy joven, se dejó cautivar por la mirada del Señor, y en esta mirada descubrió el sentido de su propia vida, que, aunque corta, alcanzó su plenitud gracias a su generosa correspondencia con la gracia divina. De hecho, siempre vivió «con Jesús, para Jesús y en Jesús». Y aunque a muchos les pueda parecer incomprensible, la verdad es que, a los quince años, ya había cumplido su proyecto de vida: «Estar siempre unido a Jesús». ¿Cuál era su secreto? ¿Dónde acudía para encontrarse con esta divina mirada, para tener este encuentro personal con el Dios vivo? Su secreto era la Eucaristía, que él llamaba su «autopista al cielo».

Carlo Acutis nació en Inglaterra en 1991, en el seno de una familia católica tradicional italiana, sin una fe fuerte. Desde niño, expresaba un gran deseo por recibir la Eucaristía, de tal modo que, tras una intensa catequesis, su formador espiritual consiguió que Mons. Pasquale Macchi le interrogara, quien garantizó que Carlo tenía una formación y madurez suficientes para poder recibir el sacramento, cuando tenía siete años.

A partir de ahí, Carlo tomó la «autopista para llegar al Cielo», y no la soltó jamás, pues comulgaba diariamente y pasaba muchos ratos en adoración. Cuando un día le preguntaron cómo rezaba tanto tiempo en presencia de Jesús Sacramentado, él respondió: «No hablo con palabras, sólo me recuesto sobre su pecho, como san Juan en la Cena». También rezaba el rosario diariamente y se confesaba cada semana, es decir, nunca dejaba su «kit para ser santo». Gracias a la fe de Carlo, su familia se vio obligada a formarse espiritualmente para poder acompañarlo, y al final se convirtieron.

Carlo vivía cada Misa muy intensamente, porque sabía y creía firmemente lo que nos enseña la Iglesia católica: que con las palabras de consagración pronunciadas por el sacerdote, el pan y el vino se convierten en el verdadero Cuerpo y Sangre de Jesús. Es decir, Cristo está misteriosa, pero realmente presente en la Eucaristía. Por eso la Eucaristía es un don. Y Carlo era consciente también del privilegio que tenemos nosotros hoy en día con respecto a los primeros cristianos, pues nosotros podemos encontrar a Jesús en el tabernáculo de cualquier iglesia, mientras que ellos normalmente tenían que recorrer largos caminos para poder escuchar su palabra y estar delante de Él. 

En el año 2002, acompañó a sus padres a un congreso, donde su madre iba a participar en la presentación del «Pequeño catecismo eucarístico». Fue allí donde se le ocurrió una gran idea: realizar una exposición sobre milagros eucarísticos para que la gente se diera cuenta de que es Jesús quien está ahí, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Carlo tenía un gran don para la informática, don que puso al servicio de nuestro Señor a la hora de elaborar este proyecto. Recogió material audiovisual, informes y escritos sobre milagros eucarísticos de toda Europa y elaboró una página web que aún se puede visitar: http://www.miracolieucaristici.org/es/Liste/list.html

A los 15 años, durante un periodo en el que todos sus compañeros de clase tenían gripe, Carlo empezó a sentir fuertes dolores de cabeza. Su madre le restó importancia pensando que podía ser causa del virus, pero como el dolor se iba agudizando cada vez más, lo llevó al hospital más cercano. Una vez allí, se descubrió que Carlo tenía una leucemia del tipo M3, la más agresiva. No había ninguna posibilidad de curación. Al cruzar la puerta del hospital, Carlo le dijo a su madre: «De aquí ya no salgo». Más tarde, también les comentó a sus padres: «Ofrezco al Señor los sufrimientos que tendré que padecer por el Papa y por la Iglesia, para no tener que estar en el Purgatorio y poder ir directo al Cielo». Su misión se había cumplido. Murió a los tres días. En su lecho de muerte expresó su paz y su felicidad interior diciendo: «Estoy contento de morir porque he vivido mi vida sin malgastar ni un minuto en cosas que no le gustan a Dios».

La vida del beato Carlo Acutis fue tan fecunda porque se nutría diariamente de la Eucaristía. De este encuentro personal e íntimo con el Señor encontraba la luz, la paz, la alegría y la fuerza para caminar con determinación hacia la meta, hacia el Cielo. Carlo decía: «Todos nacen como originales pero muchos mueren como fotocopias». Y es que, solo este trato personal con el Señor nos puede ayudar a ser realmente auténticos, a quitar todas las máscaras que nos ponemos delante de los demás y ser lo que realmente somos.

¡Qué satisfacción para el Señor y qué consuelo para su Corazón cuando cada uno de nosotros nos acercamos a Él y le pedimos que nos despoje de nosotros mismos y que nos transforme según su voluntad! Jesús está realmente presente en la Eucaristía, está vivo y lo puede hacer, pero tenemos que dejarle, porque también nos ha hecho libres.

Seamos nosotros como Carlo, cojamos el kit para la santidad y no dejemos nunca de lado esa autopista que nos llevará directamente al Cielo.

- Escrito por Ana Pérez