La santidad es para todos: Emilia «la canastera»

¿Alguna vez has pensado que el cielo no es para ti? ¿Que Dios te ha dejado de lado? ¿Que nada tiene sentido? Pues te has dejado engañar por el más malo de todos. Él quiere hacerte sentir débil, incapaz, y lo único que pretende es perder tu alma, para que te vendas a lo fácil, al mundo, y así quitar una luz de esta tierra y un puesto en el cielo.

Todas las personas, independientemente de su raza, educación o condición, están llamadas a la santidad; nacemos para ser santos, para dotar de sentido pleno nuestra vida y así gozar de felicidad en el Cielo, una felicidad duradera e imperecedera a pesar de las dificultades  y los sufrimientos. Felicidad que solo da Dios.

Hoy vamos a hablar de una persona muy especial, la primera mujer beatificada de etnia gitana, Emilia Fernández, más conocida como Emilia «la canastera».

Nació en un pueblo de Almería en 1914. Fue bautizada en la parroquia de su pueblo el mismo día de su nacimiento. Vivía en una casa-cueva en la parte alta del pueblo. Allí, desde muy joven, se dedicó a hacer canastas de mimbre que después iba vendiendo por los pueblos, de ahí su apodo de «la canastera».

En 1938, contrajo matrimonio con Juan Cortés, el cual fue llamado a filas por el bando republicano durante la Guerra Civil española. Tanto Emilia como su familia vivían al margen de conflictos o de bandos, así que, con la pretensión de que esto siguiera así, ayudó a su marido a evitar acudir al frente fingiendo una ceguera. El engaño fue descubierto en una revisión posterior, lo que les acarreó fuertes represalias.

Al descubrir su tapadera, ambos fueron enviados a prisión. Emilia fue sentenciada a seis años de cárcel a pesar de estar embarazada. Fue allí donde iniciará su camino, donde su sufrimiento cobrará sentido, pues en ese lugar, Emilia fue instruida clandestinamente por una compañera de celda que, además de cuidarla por su estado, la llevó a encontrarse con el Señor. Empezó una vida de oración, rezando el rosario todos los días, además de otras oraciones que aprendió. También descubrió que era importante y necesario hablar con Dios cada día y que era una forma de entregarle algo de nuestro tiempo.

Aquellos malos momentos, aquellos sufrimientos que padecía, le ayudaron a acercarse a Dios de una forma sencilla, sí, pero, también, profunda.

Cuando los milicianos descubrieron que Emilia estaba siendo catequizada, quisieron forzarla a revelar el nombre de la compañera que lo había hecho, prometiéndola toda clase de facilidades si lo hacía, pero ella se negó a delatarla y fue encerrada en una celda de aislamiento, donde empeoraron considerablemente sus condiciones de vida, entre ellas la alimentación. A todo esto se sumaba el tiempo, ya que era invierno, y además, había muchísima humedad.

Todas estas circunstancias le provocaron un parto prematuro. El 12 de enero de 1939, en medio de unas condiciones pésimas, Emilia dio a luz en la celda ayudada por algunas de sus compañeras. El bebé nació sano, pero ella se encontraba muy mal; físicamente estaba en las últimas. Al día siguiente, se las llevaron al hospital (a la niña y a ella) del que volvieron a la cárcel cuatro días después.

Aunque pidieron clemencia para ella por su estado de salud y por las malas condiciones de vida, llegando a pedirse para ella el estado de «gracia», es decir, su liberación de prisión, no hubo ninguna respuesta por parte del Gobernador civil.

El 25 de enero de ese año la volvieron a llevar al hospital, pero no sirvió de nada. Murió al poco de llegar según consta en el informe médico, por una «infección puerperal añadido a un cuadro de bronconeumonía». Fue enterrada en una fosa común en el cementerio de Almería.

La Iglesia la ha declarado mártir, porque, aunque no fue asesinada directamente, fue castigada y se la dejó morir a causa de su fe. El ejemplo de Emilia «la canastera» nos habla de lo importante que es vivir en gracia, porque el Señor quiere que vayas al Cielo;  tú solo tienes que prepararte y abrirle tu corazón.

- Por Ana Pérez