Unidos se llega antes

La amistad -la familia que se elige-, es una de las características más representativas de la juventud. ¿Qué sería un joven sin amigos? ¿Con quién podría desahogarse, hablar, etc.? 

En la mayoría de los casos, un amigo es más importante que tu propia familia, porque es el único que te entiende. Pero, ¿qué es un verdadero amigo? ¿Todas las personas de las que nos rodeamos son realmente nuestros amigos? Incluso dentro de «nuestro grupo», ¿podemos considerar amigos a todos ellos?

Cuando estamos inmersos en un problema y pensamos que no podremos salir, cuánto deseamos la mano de un amigo fiel y verdadero que nos brinde su consuelo y su aliento. Su consejo nos da ánimo, su compañía paz, y hasta su simple presencia nos ayuda a mantenernos en pie.

Perdona y excusa las ofensas y los errores con paciencia. Y si le compete lo corrige y lo ayuda con sinceridad. Los dos son «un solo corazón y una sola alma». Los une un vínculo irrompible.

Un verdadero amigo no busca «tener amigos», sino «ser amigo», con todo lo que esto implica. Le interesa, únicamente, el bien y la felicidad del amigo. Y ¿qué bien y qué felicidad más grande que el de la santidad? ¿Existe una amistad más grande y verdadera que aquella que tiene a Jesús en el centro?

Los dos jóvenes de los que te voy a hablar han llegado al cielo de la mano, dos «mejores amigos en Cristo», ambos del Movimiento de los Focolares. ¡Qué maravilla poder estar junto a tu mejor amigo en el cielo! Por ello, su causa de beatificación se está llevando a la vez.

Alberto era un joven genovés estudiante de ingeniería, muy inteligente, apasionado por la montaña y con un gran don para el liderazgo. Con el fin de mostrar a Dios al mundo, puso todos sus dones a disposición de Él haciéndose cargo del grupo de jóvenes del movimiento al que pertenecía. Dios ocupó por completo el centro de su vida hasta tal punto que decía: «Hay Alguien cada vez más presente en mi jornada, es Jesús. Hay días que atravieso la ciudad buscando una iglesia, llego a la última misa del día; ahí puedo encontrarme con Él, en la Eucaristía. Para conseguirlo salgo antes de la universidad, salto de un autobús a otro y de repente pienso: “Alberto, hace un mes, todo esto no lo habrías hecho ni siquiera por tu novia”». 

En septiembre de 1979, Alberto fue nombrado jefe del grupo Gen de Valbisagno (Génova), donde conoció a Carlo Grisolia. Aunque tienen un carácter muy distinto, sus ganas de amar a Dios y el deseo de vivir intensamente y llevar a otros el ideal evangélico, los unió fortísimamente. Juntos aprendieron el ideal de los Focolares de «convertirse en santos juntos», siendo para ambos su objetivo principal.  Se estableció rápidamente una asociación espiritual envidiable entre los dos, en el esfuerzo común de «mantener a Jesús en el medio», hasta el punto de que conocían las dificultades, luchas, fracasos, conquistas del otro, convirtiéndose en apoyo mutuo en el camino común hacia la santidad.

El 18 de agosto de 1980, Alberto, un gran amante del senderismo, decidió, con un amigo, escalar una montaña (el macizo de Argentera, en los Alpes Marítimos). Unos metros antes de la cima, Alberto carece del agarre del piolet, pierde su apoyo en los crampones y cae en el barranco helado. Todo bajo los ojos indefensos de su amigo que lo precede en la escalada.

Carlo no pudo asistir a su funeral. Ese mismo día, mientras hacía el servicio militar, fue hospitalizado. La gravedad de la situación emerge inmediatamente de los análisis: es un tumor... y el más maligno.

Carlo era el tercero de cinco hermanos y creció en el Movimiento. Era un chico extrovertido y servicial, tenía una sensibilidad muy grande para la música y le encantaba componer, también poesías. 

Su enfermedad fue fulminante, pero él no desaprovechaba ni un segundo para unirse más al Señor. Animaba a todos, e incluso las enfermeras reconocían que estando con él quedaban edificadas y no querían marcharse de su habitación. En una conversación con su madre le dijo: «Mamá, es hora del salto a Dios».

En los momentos de mayor agonía decía: «Alberto está ahí junto a Dios para sostenerme y tenerme siempre cerca de Jesús». Y también: «Sé a dónde voy. Voy a encontrarme con un amigo que se fue hace unos días en un accidente de montaña». 

Murió cuarenta días después ofreciendo todo su sufrimiento por los jóvenes, especialmente los de su parroquia, y por la unidad del mundo.

Gran ejemplo para todos. Dos amigos orientados a la santidad, con diferentes gustos y aficiones, pero con una misma meta: el Cielo. Y Dios es tan bueno que se lo concedió, morir casi a la vez, llegar unidos. La amistad es un valor humano muy apreciado por Cristo. Pero, para que lo sea, debe estar cimentada en Él. «Unidos se llega antes» era su lema, y lo consiguieron.

Por ello, propongo rezar por nuestros amigos, por los que conocen a Cristo y por los que no, por los que están alejados de Él y siguen el camino «fácil», para que se encuentren con Él, para que anhelen la santidad, para que siempre estéis unidos y así podáis ir, al igual que Alberto y Carlo, de la mano a la Casa del Padre.

- Escrito por Ana Pérez