Gracias Jesús, Gracias María

Preadolescencia y adolescencia… juventud, que tan rota está hoy en día, que valora lo que nos destruye en vez de enaltecer lo que nos da vida: Dios. ¿Quién dice que es imposible vivir cerca de Dios durante esta etapa, que la fe es una característica de personas ancianas? Todo el que defiende esta idea lo hace porque no conoce el amor de Dios y porque tampoco sabe de tantas vidas santas que se desgastaron por las almas durante su adolescencia. 

Hoy te quiero contar cómo la santidad no se improvisa, pero que la edad tampoco es una excusa para poder ser santo. La beata Laura Vicuña es un ejemplo para todos, ya que le bastaron trece años para santificarse.

Laura no tuvo una vida fácil. Nació en Chile, el día 5 de abril de 1891 y cuando solo tenía dos años su padre murió, y tuvo que emigrar junto a su madre a la Pampa Argentina, donde su madre comenzó a convivir maritalmente con un hombre llamado Manuel Mora.

Cerca de su casa, las salesianas tenían un internado femenino donde Laura comenzó a estudiar. Aquí empezó su formación espiritual y su desarrollo humano, destacando en ella principalmente las virtudes de la servicialidad y disponibilidad para con las demás.

Poco a poco va aprendiendo sobre la vida de la fe y empieza una vida de gracia que la lleva a amar la Eucaristía, y sobre todo a la Virgen María. Un día en clase de religión una hermana habló sobre el pecado de vivir en unión libre. Al saber esto, Laura se desmaya, ya que descubre que la persona que más quiere en el mundo, su madre, está viviendo en pecado mortal. Ella, consciente de lo que significa un pecado mortal y de lo que este ofende a Dios, su amor a Jesucristo y a su madre, hacen que decida ofrecer su vida por la conversión y la reparación de los pecados de su madre. Todo esto le produce un gran sufrimiento, pero a pesar de ello, Laura se agarra con fuerza a su nueva cruz y con la mirada puesta en el Señor le pide que cuide a su madre y así no se condene.

Sufrió continuos intentos de abuso por parte de Manuel Mora, además de ver y soportar las palizas que este daba a su madre, a su hermana y a ella misma en numerosas ocasiones. ¿Cuál fue su reacción? Lo vivió todo con gran valentía, protegiendo lo más preciado que tenía, su pureza; pureza que hoy en día es arrastrada por los suelos, que la manchamos y entregamos a cualquiera haciendo daño a Jesús y a nosotros mismos. Ella consintió golpes hasta sangrar para así guardarla. Esto hizo que el hombre se negara a pagarle el colegio, pero las hermanas, al descubrir la situación, le permitieron estudiar gratis a cambio de ayudar en el colegio. 

Todos los trabajos que se le encomendaban los hacía con gran generosidad y entrega, teniendo una especial atención por las alumnas más pequeñas. Estas cosas iban enriqueciendo su alma y Laura las ofrece y las realiza con alegría y cariño. Una de sus frases más significativas es: “Para mí es lo mismo, rezar o trabajar, rezar o jugar, rezar o dormir”. Dios está presente en todo momento en su vida.

En una gran inundación que sufrió el colegio, Laura se entrega en cuerpo y alma ayudando a sacar a las niñas más pequeñas de entre las frías aguas durante la noche. Como consecuencia de este hecho, Laura contrajo una enfermedad en los riñones, que empezaron a deteriorarse.

Viendo cercano el momento de su muerte, no desperdició ni un sufrimiento para ofrecerlo al Señor por la conversión de su madre. En el momento de su agonía, Laura habla con ella y le confiesa su ofrecimiento. Mercedes no puede creer que su hija haya dado la vida por la salvación de su alma y Laura le hace prometer que cambiará de vida y que vivirá en gracia para poder ir al cielo. En ese momento le dan la unción, comulga por última vez y pronuncia sus últimas palabras: «Gracias Jesús, gracias María».

Ser como Laura Vicuña es ser de Dios, es tener los cinco sentidos puestos en Él sabiendo que sólo Él nos da la fuerza que necesitamos para cargar con la cruz, que solo Él murió por nosotros y no podemos seguir haciéndole daño. Ser como Laura es ser como María, es querer imitar a nuestra Madre del cielo, ponernos bajo su manto y saber que siempre está junto a nosotros, es agradecer a Dios cada gracia recibida y ser conscientes de lo que Él nos quiere.  Además ser como Laura es vivir mostrando a la sociedad que se puede llegar a ser santo en una edad conocida como difícil.

- Escrito por Ana Pérez