Sin dolor no hay premio

¡Vaya forma de empezar una vida! Ana Abrikosova nació en una familia noble de la Rusia imperial de finales del siglo XIX. Su madre murió dándole a luz y su padre falleció de tuberculosis pocos días después.

Más adelante, después de casarse, viajó con su marido por Europa occidental y ambos decidieron entrar en la Iglesia Católica. Lo que más influyó a Ana fue la lectura de los "Diálogos" de Santa Catalina de Siena. Al igual que esta santa (cuyo nombre asumió en adelante), entró en la tercera orden de Santo Domingo para, más adelante, incluso llegar a ser madre superiora.

Fue encarcelada por el gobierno comunista soviético y puesta en régimen de aislamiento en un campo de prisioneros. Por si fuera poco, sufrió de cáncer de pecho, por lo que se le permitió abandonar el campo, aunque permaneció en arresto domiciliario. Tras reanudar la labor evangelizadora fue encarcelada de nuevo por la policía secreta soviética. Murió en prisión a causa del cáncer en 1935. Tenía solo 53 años.
Esta extraordianaria mujer quiso tener por lema: “Cristo no se bajó de la cruz; lo bajaron de ella muerto”. Al igual que Santa Edith Stein para el pueblo judío, Ana (llamada Madre Ecaterina) se ofreció a sí misma por la salvación del pueblo ruso.

Puntos clave

Nombre: Ana Ivanovna Abrikosova (más tarde Madre Catalina de Siena, ya que se convirtió después de leer los "Diálogos" de Santa Catalina de Siena).
País de origen: Rusia Imperial (posteriormente URSS).
Motivo de fama: sufrir con valentía bajo la persecución soviética.
Lo que amaba: acercar a otros a Dios sin importarle el precio de su propia vida. Su vida nos recuerda las famosas palabras de Santa Teresa: “Para que un sacrificio sea verdadero, debe costar, debe doler, debe vaciarnos”.

En sus propias palabras

Estas son algunas citas suyas del final de su vida:

“En Rusia, Cristo ahora solo quiere a los que se encaminan hacia el sacrificio total de ellos mismos. Por lo que me parece a mí que este no es un tiempo de tomar precauciones, sino de generosidad y santidad y, por encima de todo, de sacrificio y humildad. Obediencia hasta nuestra muerte en la cruz y humildad; estas son las virtudes que predico”.

“Muy probablemente, cada uno de vosotros, habiéndoos enamorado del Dios y queriendo seguirle, le ha pedido al Señor más de una vez que le permita compartir su sufrimiento con él. La hora ha llegado. Se ha cumplido vuestro deseo”.

“Fijad la mirada en nuestro Señor Jesús herido y solo en Él. Aspirad sin descanso y con todas vuestras fuerzas a poseerlo a Él, Dios hecho hombre, de manera que lleguéis a conocer su divinidad a través de su humanidad herida. Cristo, Cristo crucificado es todo nuestro conocimiento, toda nuestra vida. Toda su vida terrenal está encaminada a la cruz y está contenida en ella. La gloria de la Resurrección proviene del Calvario; es esto lo que le da el carácter a la vida de nuestras almas”.

Lo más sorprendente de la gente que pertenece por completo al Señor son la fortaleza y paz interior con las que sufren. ¿Cómo soportaríamos nosotros estar encarcelados en una prisión soviética muriendo de cáncer? ¿Serían estas dos las características con las que nos definirían? ¿Podrían decir lo mismo de nosotros que de Ana Abrikosova?

“Ana Abrikosova es una persona comprometida con su trabajo: es inteligente, culta y una persona entendida en política. Tiene una voluntad inquebrantable, que le ha permitido sobrellevar nueve años en régimen de aislamiento, además de una operación cruenta. Es una líder y organizadora nata. Tras permanecer en prisión entre 1924 y 1932, salió cargada de fuerza y ánimo, y prosiguió con su tarea”.

Un último apunte

Os dejamos con unas palabras de Ana Abrikosova para que las meditéis:
“Por el bien de una sola alma estoy dispuesta a ir a prisión otros 10 años”.