El celo de San Luis María

El Padre Monfort vivió situaciones de verdadero peligro durante los años en que predicó en La Rochela. Esta es una ciudad a orillas del Atlántico, en el oeste de Francia, que poco más de medio siglo antes había estado fuertemente dominada por protestantes, de los cuales aún quedaban muchos, especialmente calvinistas. En este ambiente hostil, Monfort predicaba y convertía a los que lo escuchaban e incluso a los que no sólo no querían oírle, sino que hacían todo lo posible para acallarlo.

El santo, con el celo y valentía que le caracterizaban, descendía hasta lo más bajo y ruin de la naturaleza humana, para rescatar a los que vivían atrapados por el pecado. Junto con un amigo, se arrodillaba en medio de la gente, rezaba un avemaría y predicaba. Su fervor era tal, que una vez una mujer se echó a tierra y comenzó a rezar con ellos. Esto causó tal enfado en un hombre del grupo, que este se lanzó sobre el cura, cual lobo sobre un cordero, y asiéndolo con una mano le amenazó con la espada desenvainada en la otra de la siguiente manera: “Si no sales inmediatamente de aquí, te atravieso el cuerpo de lado a lado”.

Poco consiguió intimidar a nuestro valiente patrono, que le respondió sabiamente: “Accedo, caballero, a que me quitéis la vida, y de buena gana os perdono mi muerte, bajo condición de que prometáis convertiros; pues prefiero mil veces la salud de vuestra alma a diez mil vidas como la mía”. Quien dice esto ante alguien dispuesto de verdad a matarle, lo dice con una fe sólida y con la ayuda del Espíritu Santo, pues se juega la vida. Esta respuesta dejó temblando al brabucón, quien, preso de un gran asombro, apenas fue capaz de envainar la espada y encontrar la puerta para salir de allí. La mujer que se había puesto a rezar, en cambio, gracias al cuidado de San Luis de Monfort, pasó a llevar una vida modélica.

En general sus predicaciones le hacían ser blanco de burla, sorna, desprecio y crítica. Ante las calumnias, el santo rezaba: “Señor, perdona a los que me persiguen y no les imputes lo que hacen contra mí. Conviértelos, sé misericordioso con ellos, castígame a mí como lo merezco”. Un personaje que le había hecho burla oyó esta oración. Esa noche su mala conciencia le robó el sueño, de manera que al día siguiente fue a pedirle perdón al santo para más tarde convertirse uno de sus más acérrimos defensores.

Cuántas veces nosotros también hemos sido objeto de risas por pedir respeto a lo sagrado o ni siquiera nos hemos atrevido a dar testimonio y defender la verdad, disfrazando nuestra falta de coraje como prudencia. Y cuando sí nos hemos atrevido, a menudo pensamos que nuestros esfuerzos caen en saco roto, que nuestra resistencia parece dejar indiferente a la gente y que podríamos habernos ahorrado un montón de problemas simplemente callándonos. Pero las dos historias de antes nos muestran que no es cierto. Si, al igual que a San Luis de Monfort, inspirado por el ejemplo de nuestro Señor, cada alma nos importa, no podemos claudicar, porque siempre puede haber alguien que necesite oír las palabras de fe que estamos diciendo para dar el paso hacia la conversión. Y no querríamos cometer el error de haber permanecido en silencio en un momento así…