Soldado de Cristo: San Martín de Tours

Los inumerables testimonios de los santos que imitan a Cristo han de servirnos de faros según los cuales hemos de navegar en nuestras vidas. Sus historias nos muestran cómo sobrellevar reveses, crisis y burlas de la manera más acorde a nuestra fe. Sus biografías nos muestran el camino que nosotros también estamos llamados a seguir. Y es muy esperanzador ver lo que personas como tú y como yo han logrado hacer. No hace falta que nos inventemos nada nuevo, ellos nos han precedido por los senderos hacia la santidad, y así sus ejemplos concretos nos sirven de inspiración, y los sacramentos y la oración como combustible para seguirlos. Todos los santos son un enorme tesoro para la Iglesia y, por eso, es tan importante recordar las obras y momentos que marcaron sus vidas.

La vida de San Martín de Tours nos puede servir de modelo en muchos aspectos. No se sabe con certeza cuándo nació, pero lo más probable es qe fuera hace unos diecisiete siglos, en 316 o 317, en la provincia de Pannania, en la actual Hungría. Desde muy joven, San Martín “nadó contracorriente”, dando un testimonio de Cristo que contagiaba a los que lo veían. Y es también un ejemplo de cómo actuar hoy en día en un entorno que no comparte nuestras convicciones. Hijo de un soldado veterano y tribuno del Imperio Romano, pasó la niñez en Pavia, Italia. Sin el permiso de su progenitor, pidió ser admitido como catecúmeno a los diez años. Su padre, intentando revertir la tendencia religiosa en su hijo, a los 15 años lo mandó para ser reclutado y jurar como soldado. En el ejército, el joven Martín se ganó pronto la admiración de sus compañeros de armas, por su gran bondad y caridad. Se mantuvo alejado de los vicios habituales en la profesión y no abusó del sirviente que le acompañaba. De hecho, era más bien el mismo Martín quien servía a su siervo.

El episodio de su vida que más se conoce sucedió en esa etapa, cuando el santo tenía tan solo 18 años. La convicción y el valor que mostró ya con esa edad son muestra de que estaba lleno del Espíritu Santo. De su discípulo y biógrafo Sulpicio Severo nos ha llegado la crónica de su vida, de la cual está extraída esta preciosa escena:

Cierto día, no llevando consigo nada más que sus armas y una sencilla capa militar (era entonces un invierno más riguroso que de costumbre, hasta el punto de que muchos morían de frío), encontró Martín, en la puerta de la ciudad de Amiens, a un pobre desnudo. Como la gente que pasaba a su lado no atendía a los ruegos que les hacía para que se apiadaran de él, el varón -lleno de Dios-  comprendió que, si los demás no tenían piedad, era porque el pobre le estaba reservado a él.
 
¿Qué hacer? No tenía más que la capa militar. Lo demás ya lo había dado en ocasiones semejantes. Tomó pues la espada que ceñía, partió la capa por la mitad, dio una parte al pobre y se puso de nuevo el resto. Entre los que asistían al hecho, algunos se pusieron a reír al ver el aspecto ridículo que tenía con su capa partida, pero muchos en cambio, con mejor juicio, se dolieron profundamente de no haber hecho otro tanto, pues teniendo más hubieran podido vestir al pobre sin sufrir ellos la desnudez.

A la noche, cuando Martín se entregó al sueño, vio a Cristo vestido con el trozo de capa con que había cubierto al pobre. Se le dijo que mirara atentamente al Señor y la capa que le había dado. Luego oyó al Señor que decía con voz clara a una multitud de ángeles que lo rodeaban: “Martín, siendo todavía catecúmeno, me ha cubierto con este vestido”.

En verdad, el Señor, recordando las palabras que él mismo dijera: "Lo que hicieron a uno de estos pequeños, a mí me lo hicieron" (Mt. 25, 40), proclamó haber recibido el vestido en la persona del pobre. Y, para confirmar tan buena obra, se dignó mostrarse llevando el vestido que recibiera el pobre.

Martín no se envaneció con gloria humana por esta visión, sino que reconoció la bondad de Dios en sus obras. Tenía entonces dieciocho años y se apresuró a recibir el bautismo.

San Martín entendió que Dios le había reservado a ese mendigo y no dudó en hacer lo que debía sin miedo a lo que pudieran decir de él. No pensó en el frío que pudiera pasar, o en la reprimenda que podría recibir de sus superiores por dar tan mala imagen y romper el uniforme. Ver cómo alguien por la calle corta su abrigo por la mitad para dárselo a un mendigo, al igual que a la gente del episodio, tampoco nos dejaría indiferentes. Pero, ¿cuál de los dos tipos de personas seríamos nosotros? ¿Seríamos capaces de imitar el valor y la caridad de san Martín? Pensar en el sueño de san Martín cuando haga falta una obra de caridad nos ayudará a vencer el miedo a burlas y comentarios de los demás que tantas veces nos frenan.

A los 20 años, pidió a su superior cambiar la espada por la palabra de Dios, y su vida no sólo resultó ejemplar por su amor a los pobres: fue eremita, años más tarde fue nombrado obispo de Tours por aclamación popular contra su voluntad y fundó comunidades evangélicas que fueron precursoras de nuestras parroquias de hoy en día, luchó contra Satán y las supersticiones muy extendidas en el territorio de la Galia. Incluso viendo la muerte ya cercana, rezó a Dios que le mandara la tarea propicia con la que él pudiera seguir siendo útil.

La vida de San Martín, como la de todos los santos, ofrece muchos más testimonios e inspiraciones. Este resumen no le hace justicia, pero puede que os haya animado a algunos de vosotros a averiguar o meditar más.