Exige tus derechos

Exige tus derechos. Tienes que saber que también como católico –seguidor de Cristo crucificado, y llamado a ser santo– tienes derechos. Insiste en poder tenerlos. No dejes que nada lo interfiera. No seas débil. Acaba con todos los obstáculos que te impiden realizarlos y disfrutar de ellos.

Sí, levántate y lucha por tus derechos. Pero asegúrate de que sabes bien cuáles son.

¿Que cuáles son? Pues bien, en primer lugar tienes derecho a ser pequeño y humilde en tu estima, en tu trato con los demás.

Tienes derecho a desear el último puesto en tu familia, entre tus amigos, en el trabajo; el puesto más bajo, el que nadie quiere.

Tienes derecho a verte como servidor de los demás, a considerarte el felpudo de los demás. Sí, exige también tu derecho a ser la alfombra de casa.

Es tu derecho, cuando la oportunidad lo permite, elegir lo peor y más incómodo para ti y dejar a los demás lo más cómodo y deseable.

Tienes derecho a desear pasar desapercibido y considerado como nada, a ser olvidado.

Tienes derecho a regocijarte en el sufrimiento, a ser manso como Cristo, a soportar la injuria sin enfado, la calumnia sin auto defenderte, injusticia sin exigir compensación.

Tuyo es el derecho de ser tú mismo siempre y en todo lugar.

Tienes el derecho a obedecer sin cuestionar la sabiduría del mando; aceptar órdenes por difíciles que sean, sin quejarte.

Ser indiferente en todas las cosas, salvo al pecado, es un derecho al que no debes renunciar. Abandonarte en Dios, hacer una entrega incondicional de ti mismo a Dios que, a través de tus superiores (cualquiera que tenga autoridad sobre ti) dispone de ti como le place, también es un derecho del que no debes dejar que nadie te prive.

No dejes que nadie cuestione tu derecho a la libertad de hijo de Dios; tu derecho a no ser esclavo de ninguna criatura.

Mantén tu derecho a estar por encima de todo respeto humano, de todo miedo a la crítica, al ridículo, a las pequeñas persecuciones.

No cedas a nadie tu derecho de vivir como verdadero cristiano; a ser modesto, de otro mundo, a seguir la ley de Dios con inquebrantable fidelidad, el día a día con infalible generosidad.

Es tu derecho inalienable irradiar la dulzura de Cristo en la universidad, en el trabajo o en tu familia; ser amable y gentil en tus palabras y maneras; aligerar las cargas de los demás echando una mano; ser punto de referencia por tu santidad alegre y feliz, tus miradas sonrientes, tus palabras amables.

Tienes derecho a ser el primero en decir una palabra de disculpa cuando ha habido una ofensa; tienes derecho a no guardar nunca rencor, a no albergar nunca aversión alguna.

Aférrate a tu derecho de hacer concesiones a los demás, a pasar por alto sus defectos y centrar tu atención en sus virtudes y rasgos bellos.

Tuyo es por derecho dar tus mejores esfuerzos para promover los intereses del Maestro, para hacerlo conocer y amar, para ganar almas para el cielo.

Tienes derecho también a hacer de tu vida un acto de sacrificio incesante, un holocausto para gloria de Dios.

Tienes derecho a amar a Dios con todo tu corazón, a ser un consuelo para Él y un ejemplo para tus compañeros con una vida de auténtico fervor; a esforzarte de todo corazón por ser santo.

Tales son tus derechos. Insiste en ellos y no te desanimes. La recompensa será grande. 

- Hna. Belén Garde, SHM