¿Qué importancia tiene para los cristianos el Nuevo Testamento?

Jesús es todo lo que Dios nos quiere decir. Todo el Antiguo Testamento prepara la Encarnación del Hijo de Dios. Todas las promesas de Dios encuentran su cumplimiento en Jesús. Ser cristiano quiere decir unirse cada vez más profundamente con la vida de Cristo. [CIC 124-127, 128-130, 140]


La Biblia es parte de la divina Revelación. Lo que se nos ha dado a conocer es Dios mismo. Él quería que le conociésemos, que supiésemos su nombre, para que pudiésemos amarle y para que fuésemos “divinizados”. Es verdad que ya podemos, a través de nuestra razón, conocer ciertas verdades sobre Dios, pero la revelación nos da más certeza sobre lo que nos dice la razón; además nos revela lo que de otro modo no podríamos conocer.

Jesús es la revelación plena, «Pues envió a su Hijo, es decir, al Verbo Eterno, que ilumina a todos los hombres, para que viviera entre ellos y les manifestara los secretos de Dios» (Dei Verbum 4). Si yo quiero conocer a Dios, su ser íntimo, tengo que conocer a Cristo, y le encuentro en el Nuevo Testamento, especialmente en los Evangelios: «Nadie ignora que, entre todas las Escrituras, incluso del Nuevo Testamento, los Evangelios ocupan con razón el lugar preeminente, puesto que son el testimonio principal de la vida y doctrina del Verbo Encarnado, nuestro Salvador» (Dei Verbum 18). Probablemente hayas escuchado la cita de San Jerónimo: «Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo».

Necesito acudir a los Evangelios para conocer a Jesús. Los apóstoles, que vivieron con Jesús, pasaron tiempo con Él, le escucharon, se interesaron por todo lo que decía y le amaron profundamente, fueron inspirados para dar a conocer a la gente todo lo que habían vivido y visto (cfr. I Jn. 1, 1).

Y esa es la clave; no solamente el que fuera escrito por personas que habían sido testigos de hechos extraordinarios, sino, sobre todo, porque es Dios mismo el que habla a través de la inspiración de sus palabras.

Dios entra en diálogo con nosotros en el Nuevo Testamento. Nuestra actitud, por lo tanto, debe ser de oración. La Biblia no debemos leerla solamente, estudiarla, memorizarla, aprenderla, sino, sobre todo, rezar con ella. Rezamos con la Sagrada Escritura «para que se entable diálogo entre Dios y el hombre, porque a Él hablamos cuando oramos, y a él oímos cuando leemos las palabras divinas» (Dei Verbum 25). San Jerónimo decía que era como los esposos hablando y escuchándose uno al otro. Cuánto más Dios nos hablará a través de las palabras y acciones de su Hijo.

Puedes aprender a rezar con el Nuevo Testamento con la meditación de lo que lees. «¿Qué es la meditación? Significa “hacer memoria” de todo lo que Dios ha hecho y no olvidar sus grandes beneficios. (cfr. Sal. 103, 2b) A menudo vemos solamente las cosas negativas: debemos recordar también lo positivo, los dones que Dios nos ha dado; debemos prestar atención a los signos positivos que vienen de Dios y recordarlos» (Benedicto XVI).

Y el efecto en tu vida será sorprendente. No solo tendrá consecuencias para ti y en tu vida, sino para los que conoces y amas: «Creo que, con demasiada frecuencia, nos centramos solo en el aspecto negativo de la vida, en lo malo. Si tuviéramos más deseo de ver lo bueno y las cosas bonitas que nos rodean, podríamos transformar nuestras familias. Y de ahí, cambiar a nuestros vecinos y, luego, hacer que cambie nuestro barrio o ciudad. Podríamos ser capaces de llevar paz y amor a nuestro mundo, tan hambriento de estas cosas» (Madre Teresa de Calcuta).

Aquí hay otros aspectos en los que la lectura del Nuevo Testamento te servirá de ayuda: «Nos hace sabios y serenos; mantiene el equilibrio de nuestra alma». Podemos superar cualquier dificultad con la ayuda de Cristo; nos ayuda a tener una buena relación con Dios, que a su vez, nos ayudará a superar la tristeza y depresión, tan abundante hoy en día. Tiene «capacidad para dialogar con los problemas que el hombre ha de afrontar en la vida cotidiana» (Verbum Domini 23).

Y estas son algunas de las actitudes que la lectura del Nuevo Testamento nos animará a tener: amor apasionado; unión con lo que la Iglesia enseña; debe tener un efecto en los modos de actuar en nuestras vidas; nos ayudará a cumplir con nuestra responsabilidad de enseñar a otros, especialmente con nuestro ejemplo.

«El amor de Cristo, alimentado con el estudio y la meditación, nos haga elevarnos por encima de cualquier dificultad. Nos permita también amar a Jesucristo, buscando siempre la unión con Él: entonces incluso lo difícil nos parecerá fácil (Ef. 22, 40)» (Benedicto XVI).