¿Cómo podemos responder a Dios cuando nos habla?

La oración comienza en nuestros corazones, en lo profundo de nuestras almas. Rezamos cuando recordamos a Dios. ¿Y cómo podemos traerle a nuestra memoria más a menudo? «Con frecuencia traemos algo a nuestros pensamientos por la memoria del corazón». Y esto tiene sentido. ¿A quién recordamos más? A nuestros amigos, a las personas que más queremos.

Recuerdo que en una ocasión estaba en una bonita iglesia italiana dedicada a María, cerca de las montañas. Entré en una capilla lateral donde había un pequeño cartel en un lado. Con una mirada rápida pude ver que simplemente ponía: «Cuando amas a alguien, nunca te cansas de querer hablar con esa persona lo más posible, o al menos de pensar en ella. La oración es precisamente eso».

No se trata tanto de métodos, sino de hablar con Dios, nuestro amigo. Dos personas que se quieren no necesitan un libro que ponga lo que se tienen que decir; la idea suena ridícula; simplemente se comportan como son. Dios quiere que seamos nosotros mismos. A fin de cuentas, Él es quien nos ha creado. ¿Has visto alguna vez lo que le pasa a una planta o a una flor cuando se la deja en la oscuridad, sin sol, con frío, en una esquina oscura? Comienza a marchitarse y se muere. Nuestras almas funcionan de forma parecida. Sin amor, no podemos crecer, no podemos cambiar, no podemos asumir riesgos, no tenemos el coraje de aceptar lo que somos y de ser nosotros mismos (cuando estamos con otras personas o incluso con nosotros mismos). Pero piensa en un día soleado en la playa, con el calor del sol... Así es como el amor de Dios empieza -lentamente, pacíficamente- a hacer maravillas en nuestras almas, en nuestros corazones y en nuestras vidas.

No solo eso, nuestras ideas sobre Dios empezarán a ser más lúcidas y claras si intentamos ser verdaderos amigos suyos. Recuerdo que cuando era pequeña y tenía problemas con los amigos, mi madre me decía: «Si quieres tener un amigo, sé un amigo».

Si realmente Dios es nuestro mejor amigo, entonces podremos descubrir su indescriptible e inconmensurable amor por nosotros y decirle: «No hay nada que no sea capaz de hacer por ti».