Ganar perdiendo

Se dice que, cuando Jesús moría en la cruz, Dios Padre y Satanás estaban jugándose la redención del mundo en un tablero de ajedrez. Dios Padre, que dejaba que Satanás manejara el tablero de la historia, le dijo:
«¡Juega! Tienes el tablero a tu disposición. Pon las fichas donde quieras».
Satanás iba colocando allá un peón; aquí se servía de la ignominia humana, allá de los celos, de las envidias, de los rencores, de la carne; y poco a poco iba preparando el jaque. Cuando colocó a Jesús en la Cruz, cuando ya estaban aquellos que meneaban la cabeza para decir: «Bájate de la cruz», cuando estaba Jesús contemplando aparentemente su fracaso más aplastante, que era ver, en soledad total y absoluta, el triunfo de sus enemigos, entonces, con las piezas colocadas perfectamente sobre el tablero, Satanás miró desafiante a los ojos de Dios. Dios Padre le dijo:
«¿No cambias?».
«¡No! ¡Jaque mate!», contestó el diablo…
Pero Dios Padre insistió:
«¿Seguro?».
«¡Mate!», replicó él.
«¿De veras?», volvió a insistir Dios Padre. «Puedes todavía corregir tu jugada». Pero Satanás, viendo todo tan perfectamente planificado y desconfiando de Dios, su enemigo eterno, respondió:
«¡No! ¡Definitivamente mate!».
Entonces Dios Padre dio la vuelta al tablero. Con estupefacción, Satanás contempló cómo por debajo se había estado jugando otra partida en la que cada una de las piezas que él mismo había ido colocando triunfalmente le habían conducido imprevistamente y sin saber cómo al acogotamiento final. Por la derrota de Jesús clavado en la cruz, como lo había conseguido Satanás, se había realizado la salvación del género humano. Era él quien quedaba así hundido para siempre en su eterno fracaso.

Muchas veces la lógica divina nos puede parecer totalmente contradictoria: «El que quiera salvar su vida la perderá pero el que la pierda por mí y por el evangelio la encontrará» (Lc 9, 24); «El que quiera ser el primero que sea el último» (Mc 10, 44); «Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen» (Mt 5, 44); «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9, 35).

La verdad es que esto no nos tendría que extrañar, porque nuestra mente es tan limitada, que no puede llegar a entenderlo todo… Pero es que el Señor no nos pide entenderlo todo, nos pide confiar. Este es el camino que nos llevará al Cielo. Pues el amor siempre triunfa en el corazón de un alma que confía en Dios, que espera contra toda esperanza y que de veras se entrega a Él sin reservas.

Sí, la cruz aparece a la vista del mundo como un fracaso total, como la derrota más ignominiosa y humillante que se haya podido dar, pero Dios, que elige lo débil del mundo para confundir a los fuertes, que elige lo que no es para confundir a lo que es, quiso subirse a ella libremente y por amor para obtenernos la salvación, para que pasáramos de no ser, o sea, de ser pecadores, a ser hijos de Dios…

No seas superficial. No te dejes engañar por las apariencias. La cruz no es lo que parece. La cruz es la manifestación más elocuente del amor de Dios y, por lo tanto, en un modo misterioso pero real, es manifestación de la gloria de Dios, de su poder, de su VICTORIA. Para ti es y debe ser una señal de perenne esperanza. Dios ha muerto por Ti, y, venciendo a la muerte, te ha rescatado del poder del Maligno, que ya estaba cantando victoria.

Esta Semana Santa, acuérdate de que en la noche más oscura de la historia de la humanidad, venció la luz. «¿De qué nos serviría haber nacido si no hubiéramos sido rescatados? ¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros! ¡Qué incomparable ternura y caridad! Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo! ¡Qué noche tan dichosa! Necesario fue el pecado de Adán, que ha sido borrado por la muerte de Cristo. ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor! Solo ella conoció el momento en que Cristo resucitó del abismo. Esta es la noche de que estaba escrito: «Será la noche clara como el día, la noche iluminada por mi gozo.» Y así, esta noche santa ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los potentes» (Exultet).

¿Cómo no darle a un Dios tan bueno todo lo que me pida? Deja que la luz triunfe en ti. ¡No tengas miedo de decir un generoso a Dios, sin condiciones, pues Él no escatimó ni una gota de su preciosa Sangre por salvarte a ti!


Hna.MrmyCe

¡Hola! Soy la Hna. Mariam Samino y soy Sierva del Hogar de la Madre desde el año 2011. Soy la mayor de seis hermanos. Mis padres siempre nos han educado en la fe, aunque desde que era muy pequeña yo prefería las cosas del mundo y me aburría rezar. Durante la adolescencia, me rebelé contra Dios porque me parecía que para Él todo lo que yo quería hacer estaba mal: yo solo quería ser como todo el mundo, así que opté por hacer mi vida prescindiendo de Él. Cuando tenía 18 años, tuve un encuentro personal con Jesús en el que experimenté su misericordia y que me había estado esperando. No puedo dejar de darle gracias por todo lo que ha hecho en mi vida y espero que mi unión con Él se vaya intensificando cada día.

Soy la Hna. Cecilia Boccardo. Cuando era pequeña tenía una gran sensibilidad a las cosas de Dios, pero con los años llegué a creer que Dios estaba muy lejos de mí, hasta que experimenté su amor personal, cuando tenía 14 años. Esto me marcó tan profundamente que desde entonces jamás pude dudar de Él ni de su amor. Esta sed de Dios fue aumentando en mí hasta comprender que me llamaba a responder a su amor con una donación total. Aun así, seguía viviendo una «doble vida» hasta que conocí el Hogar de la Madre en la Universidad, y entendí que había encontrado mi familia, mi camino para llegar al Cielo. Entré en el año 2008 y solo puedo dar gracias al Señor y a Nuestra Madre por haberme elegido y sostenido siempre.