La mirada de Dios

¿Alguna vez has ido a un circo o a una feria donde tienen esas habitaciones llenas de espejos? Algunos te aplastan al tamaño de una tortita, otros hacen que parezcas una ardilla, en otros parece que estás haciendo el pino…

Ahora, piensa cómo te ves a los ojos del mundo. Para tus padres, puede que seas un angelito del que esperan que saques sobresalientes en todo. Puede que para tus amigos seas el graciosillo de clase que siempre está contando chistes… Pero cuando estás solo, ¿eres realmente así de sonriente y obediente como pareces a los ojos de los demás? ¿Cómo eres realmente? Cada uno de nosotros debemos buscar y encontrar la respuesta a quiénes somos para poder alcanzar la plenitud de la vida. Pero si existe el espejo perfecto que refleje la verdad de cada uno, claramente no sería de los que cuelgas en la pared y te dice si eres el más guapo de todos.

Una pequeña pregunta: ¿Alguna vez te has mirado en el espejo de los ojos de Dios?

Su mirada restaura la dignidad de una prostituta, que sin reparo fue arrastrada frente a una multitud de miradas despreciables. Su mirada, ardiente de lastimada ira, atravesó el corazón de los fariseos, que para evitar el sentimiento de culpa que surgió, endurecieron aún más su corazón. Sin embargo, su mirada llevó a Pedro a amargas lágrimas, y después lo llevó de la desesperación al arrepentimiento. Su mirada, a lo largo de los siglos, ha dado fuerza a innumerables santos para que pudieran continuar abrazando sus propias cruces, para que amaran a los que no son amables y hacer lo que es imposible; y a día de hoy, sigue haciendo lo mismo. El mismo Jesucristo que contemplamos en cada crucifijo fija la misma mirada indescriptible, pero perfectamente individual y única en cada uno de nosotros.

Otra cosa sorprendente es que nuestros propios ojos no solo son un espejo simbólico, sino que han sido creados por Dios literalmente para reflejar lo que vemos. En la imagen de la Virgen de Guadalupe, sus ojos reflejan el momento en que Juan Diego está desplegando su tilma ante el obispo. Un científico, Tonsmann, amplió el iris de los ojos de la Virgen 2.500 veces y, mediante procedimientos matemáticos y ópticos fue capaz de identificar a todos los que estaban en sus ojos. Todos estamos capturados en su mirada, cada uno de nosotros, único y distinto; y de sus ojos mana un rocío virginal que restaura la pureza de todos a los que mira. Su amor por nosotros es perfecto reflejo del amor infinito e individual de Dios por nosotros, y es una fuente de esperanza constante para los que caemos una y otra vez en el pozo de la tibieza y la mediocridad.

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En esta Cuaresma, fijemos nuestra mirada en los ojos de Cristo crucificado y en su Madre dolorosa. Dejemos que sus miradas penetren en nuestros corazones y desenmascaren las fachadas que habitualmente nos ponemos para evitar ser vulnerables o para cumplir expectativas que nos imponen los demás. Así veremos quiénes somos realmente: un pecador, pero totalmente amado; uno que merece el infierno pero que ha sido elevado en Cristo a las alturas del Cielo. Solo así podremos permitir que nuestra propia mirada se transforme y se identifique con su mirada misericordiosa, para que otros puedan encontrarles en nuestra mirada.

- Winnie