Un pájaro, ¿puede olvidarse de volar?

Cuando nos encontramos con cosas obvias en la vida, no damos cabida a la duda, de hecho, es un absurdo el creer lo contrario. Si esto fuera así, estaríamos ante algo fuera de lo normal. Tenemos certezas, convicciones que no cambian, como saber que dos más dos es cuatro o la fórmula del agua es H₂O. Son cosas fijas cuyo valor no cambia a menos que se interfiera de algún modo y entonces, solo así, se convertiría en algo anormal.

Si un pájaro se olvidara de volar, la pregunta sería: ¿cómo pudo llegar a olvidarlo?, ¿qué le ocurrió? Ese pobre animal vería a los otros pájaros con cierta añoranza sabiendo que algo le falta, con deseo de querer hacer lo mismo que ellos y no poder recordarlo, en pocas palabras, se sentiría incompleto.

Suena todo absurdo, ¿no? Porque por naturaleza el pájaro nunca puede olvidarse de volar, es parte de su ser, toda su anatomía está hecha para eso, él no puede decir a la semana siguiente: «¡no quiero volar, hoy no me apetece!», porque entonces moriría el pobre animal, no sobreviviría en el mundo que lo rodea. De hecho, el volar forma parte de su existencia, aun no queriéndola o buscando esconderla, siempre se va a ver inclinado a volar aunque solo fuera por escapar de animales más grandes.

Lo triste de todo esto es saber que el hombre, creación perfecta de Dios, sí elige muchas veces no volar: lo oculta, lo rechaza hasta que logra olvidarlo, se anula por su misma elección. Pierde su esencia por apariencias y se deja cegar poco a poco.

No es casualidad cuando nos conmovemos al ver a alguien necesitado en las calles, no es casualidad cuando sale de nosotros negarnos cosas por hacer feliz a alguien más, no es ni mucho menos casualidad cuando buscamos amar de verdad, aunque nos digan: «El amor no existe». Precisamente eso es lo que nos desgarra por dentro, pero al darlo experimentamos gran felicidad; son los anhelos del corazón, huellas imborrables que si las sigues te encontrarás y encontrarás a quien las hizo.

Nuestros anhelos están siempre presentes: como el pájaro que siempre tendrá esa inclinación a volar, así mismo sale de nosotros de manera directa o indirecta lo que hay en el corazón, pero al estar envueltos en un mundo materialista, nuestros anhelos se ven tergiversados. Chesterton decía: «El hombre que toca la puerta de un burdel, es un hombre que busca a Dios». Los anhelos de amar y ser amados siguen siendo los mismos, pero al buscarlos nosotros solos tendemos a equivocarnos de camino.

Es hora de empezar a volar, solo pregunta a quien debes preguntar, al único que te puede enseñar el camino. Siendo Él mismo el Camino, dile: «Dime quién soy, dime quién eres» y te lo mostrará.

- Ana Belén Parrales, Ecuador