La alegría de la Navidad

¿Estás contento porque por fin han llegado los días en que has terminado los exámenes, tienes unas merecidas vacaciones más o menos largas y puedes ver a algunos familiares que únicamente ves dos veces al año? O por el contrario, ¿eres de los que piensa que no les gusta la Navidad porque son unos días para estar en familia y tú has perdido a un ser muy querido, además como no hay clase te aburres, que la Navidad solo es un tiempo para gastar dinero –y tú no lo tienes–, y para colmo, tienes que estudiar mucho porque los finales de la universidad están a la vuelta de la esquina? 

Pues, qué deciros, sino que tanto unos como otros tenéis una mirada bastante superficial de lo que este tiempo significa. Navidad es mucho más que todo eso y vamos a demostraros que, si dejáis de miraros a vosotros mismos y os centráis en lo que realmente significa la Navidad, saltaréis de alegría; pero una alegría profunda, llena de agradecimiento a Dios, que nos ama tanto, que no ha escatimado rebajarse hasta donde nadie puede hacerlo solamente porque me ama.

¿Qué pensarías si hoy alguien te dice: «demuéstrame que me amas convirtiéndote en hormiga»? Obviando el hecho de que hacer esto para un ser humano es imposible, pensaríamos que esa persona está rematadamente loca y le diríamos que le podemos demostrar nuestro amor de otra manera, quizá haciéndole un gran regalo de algo que sabemos que le gustará mucho. Pues bien, piensa un momento en quién es Dios: el que ha creado el cielo, las montañas, los océanos, los animales, a ti y a nosotras. Dios, que lo ve todo en un eterno presente, que lo puede todo, que lo sabe todo. Dios, que es amor, bondad, misericordia, justicia… El Dios infinito. Este Dios, por amor a ti, ha querido rebajarse tanto, tanto, tanto, que ha querido hacerse hombre, y no hombre fuerte y poderoso –que ya es rebajarse muchísimo–, sino niño pequeño, indefenso, débil y muy, muy, muy pobre. Ha querido tener que depender de unos padres, pasar hambre y frío, sueño y todo lo que nosotros padecemos, como dice la Carta a los Hebreos: «Se hizo semejante en todo a nosotros menos en el pecado» (Hb 2,17). 

Pero, ¿te has parado alguna vez a preguntarte por qué el Señor hizo todo esto por ti? ¿Qué es lo que nos quería mostrar a través de este anonadamiento y esta pobreza? La respuesta no puede ser otra que esta: la sobreabundancia inmensurable de su infinito amor por ti. Sí, su amor por ti no tiene medida y Él te lo demuestra, no a través de dones efímeros, sino a través de la donación total de sí mismo. Todo un Dios se entrega sin reservas a ti; no se impone, sino que viene a ti pobre y humilde. Quiere tu respuesta, desea tu amor. Y esto, ¿no debería llenarte de una alegría desbordante? ¿Por qué andas tantas veces decaído, desanimado o simplemente asqueado de la vida? Será porque no reflexionas bastante en este misterio de amor, será porque te miras demasiado a ti mismo y no levantas la mirada para ver la realidad. Dios te ama. Se hace pobre porque solamente la pobreza, o sea, el despojamiento total de todo, puede comunicarte la riqueza verdadera que es Dios mismo. Dios se hace pobre por amor a ti, porque Él es infinitamente rico, porque Él es el verdadero tesoro y quiere enriquecerte a ti. Solo necesita que le abras tu corazón. Así que, ¡alégrate! El Señor te ama, se interesa por ti, te busca y te quiere llenar de sus riquezas. Tu corazón está hecho por Él y para Él, y, como dice San Agustín, estará inquieto hasta que no descanse en Él. Todo lo demás es secundario.

¡Dios viene y nos salva! Sabemos que para Dios nuestra pequeñez no es un obstáculo, nuestras miserias no le sorprenden. Solo nuestro pecado, nuestro rechazo consciente de la gracia, nos puede realmente separar de un Dios que ha querido abajarse tanto para estar tan cerca de nosotros, para vivir en nosotros, para que podamos compartir su propia vida divina. Aprendamos de Él a ser verdaderamente humildes para reconocer nuestra pequeñez, nuestros límites, y nuestra dependencia, y abandonémonos de veras a un Dios tan bueno. Entonces, solo entonces, experimentarás lo que es la verdadera alegría.


Hna.MrmyCe

¡Hola! Soy la Hna. Mariam Samino y soy Sierva del Hogar de la Madre desde el año 2011. Soy la mayor de seis hermanos. Mis padres siempre nos han educado en la fe, aunque desde que era muy pequeña yo prefería las cosas del mundo y me aburría rezar. Durante la adolescencia, me rebelé contra Dios porque me parecía que para Él todo lo que yo quería hacer estaba mal: yo solo quería ser como todo el mundo, así que opté por hacer mi vida prescindiendo de Él. Cuando tenía 18 años, tuve un encuentro personal con Jesús en el que experimenté su misericordia y que me había estado esperando. No puedo dejar de darle gracias por todo lo que ha hecho en mi vida y espero que mi unión con Él se vaya intensificando cada día.

Soy la Hna. Cecilia Boccardo. Cuando era pequeña tenía una gran sensibilidad a las cosas de Dios, pero con los años llegué a creer que Dios estaba muy lejos de mí, hasta que experimenté su amor personal, cuando tenía 14 años. Esto me marcó tan profundamente que desde entonces jamás pude dudar de Él ni de su amor. Esta sed de Dios fue aumentando en mí hasta comprender que me llamaba a responder a su amor con una donación total. Aun así, seguía viviendo una «doble vida» hasta que conocí el Hogar de la Madre en la Universidad, y entendí que había encontrado mi familia, mi camino para llegar al Cielo. Entré en el año 2008 y solo puedo dar gracias al Señor y a Nuestra Madre por haberme elegido y sostenido siempre.