La envidia, una sigilosa compañera

El amor es sin duda la base de las demás virtudes. De la misma manera, hay vicios que arrastramos y nos impiden avanzar, siendo causa también de otros vicios. Uno de ellos es la envidia.

La envidia es la semilla de la guerra, es el inicio de un mal que carcome sigilosamente por dentro. ¡Cuidado! Todo puede comenzar por consentir un pequeñísimo pensamiento que va creando la división con los demás, ¡sí! 

Si te das cuenta de que has dejado de ver al otro como a un hermano y se ha convertido en un rival, en un contrincante; si estás totalmente a la defensiva con una persona, independientemente de lo que te diga o de cómo te mire; si eres incapaz de aceptar la opinión de otros, creyendo que siempre tienes la razón… estás envuelto, querido amigo, en el manto de la envidia.

La envidia nace del orgullo, es un mal que NO lleva consigo el placer, pues conforme pasa el tiempo te amarga y amargas; es como si pasaras expidiendo productos tóxicos y solo te alegras con el mal de los demás, con su error o fracaso.

Eres el centro y… ¡pobre del que intente sacarte de allí!, «soy el centro del universo». El éxito de la envidia es calar en tu corazón para que solo haya espacio para el amor propio totalmente tergiversado, porque te lleva a mirarte solo a ti, alejándote y destruyendo las relaciones con las personas.

Por eso cuando intentas combatir con ella, es como si te estuvieran tirando aceite hirviendo, porque es contigo mismo con quien debes luchar y quitarte del pedestal imaginario que te has puesto; es un dolor cicatrizante que hace bien.

«Jesús, Hijo de Dios, no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario, se despojó de su rango haciéndose pasar por uno de tantos». Increíble, pero cierto; solo quien lo logró hacer puede ayudarnos a hacerlo, solo quien venció puede ayudarnos a vencer.

Cambió todo el juego, porque el mundo te dice: «Eres el primero», «tú eres el jefe», pero Jesús quiso ser el Siervo, el esclavo, el servidor, buscando de esta manera el bien de los demás, su salvación.

Busca destruir tu amor propio, pidiendo luz al Espíritu Santo para ver dónde sale más este deseo de ser el primero y, cuando lo halles, ¡a por ello! No tengas piedad contigo mismo, exígete. La humildad es el camino más corto a la santidad. ¡Ánimo, no te rindas! Esta lucha dura toda la vida, pero la victoria es inmensa, es la eternidad.

-Ana Belén Parrales, Ecuador