Nunca podría olvidarte

¿Te cuesta a veces rezar las oraciones vocales con el corazón? Es una batalla para todos, pero eso no significa que la victoria no sea posible. De hecho, Santa Teresa de Ávila nos dice que «el éxito es absolutamente seguro», si ponemos de nuestra parte. Aunque no es fácil, tenemos que intentar concentrarnos y calmar nuestro corazón para mirar a Dios y ver cómo Él nos mira siempre. Si no, no es realmente oración. Santa Teresa de Ávila lo decía de forma clara y sencilla: «Si una persona no piensa a Quién se dirige y qué pide... no considero que esté rezando en absoluto aunque mueva constantemente los labios» (Castillo Interior).

Una hermosa oración que ha ayudado a muchas personas es el Memorare de San Bernardo de Claraval. Una de esas personas es la Madre Teresa de Calcuta, famosa por su amor sincero para los más pobres entre los pobres. Sin embargo, su gran amor por María, la Madre de Dios y Nuestra Madre, no es tan conocido, aunque no menos fundamental en la vida de la Madre Teresa. Cuando necesitaba ayuda, rezaba nueve Memorares seguidos, lo que llamaba su «Novena exprés». Luego rezaba un décimo Memorare de inmediato, en acción de gracias, confiando en que su oración había sido escuchada.

La oración dice:

Acordaos, oh piadosísima Virgen María,
que jamás se ha oído decir
que ninguno de los que han acudido
a tu protección, implorando tu asistencia
y reclamando tu socorro, haya sido abandonado de ti.
Animado con esta confianza, a ti también acudo, oh Madre,
Virgen de las vírgenes,
y aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados,
me atrevo a comparecer ante tu presencia soberana.
No deseches mis humildes súplicas, oh Madre del Verbo divino,
antes bien, escúchalas y acógelas benignamente. Amén.

He aquí algunas reflexiones sobre la oración que pueden ayudarte a pensar realmente en lo que estás diciendo cuando recites el Memorare.

Acordaos: María, Madre mía, ¿y si todos se olvidan de mí? ¿Y si a nadie le importa que me pase algo? ¿Y si necesito ayuda y no tengo a nadie que me eche una mano? Cuando me caiga, ¿quién me va a coger? Necesito saber que hay alguien que siempre se acordará de mí, que siempre me cuidará. María nunca se olvida de nosotros.

Oh piadosísima Virgen María: ¿Qué significa exactamente «piadosísima»? «Agradable; benigno; marcado por la amabilidad y la cortesía; agraciado; caracterizado por el tacto y la delicadeza; caracterizado por el encanto, el buen gusto, la generosidad de espíritu y la buena crianza; misericordioso; compasivo; bondadoso». A mí me parece bien. Me gustaría que alguien así me ayudara en la vida.

Que jamás se ha oído decir: Nunca jamás nadie ha podido decir que María no acudió en su ayuda. Puedes decirle: «¿Y cómo vas a dejar que yo sea el primero?». La Virgen, como una verdadera madre (porque es nuestra madre, en un sentido espiritual pero real), «nos conoce, nos ama y se esfuerza por ayudarnos» (Santa Edith Stein).

Que ninguno de los que han acudido a tu protección: Podemos aplicar las palabras de San Pablo a la Virgen: si ella está con nosotros, «¿Quién puede estar contra nosotros?» (Rm 8,31). ¿Cómo puede Dios decir que no a su propia madre? Como dijo Jesús, sólo debemos temer a los que pueden matarnos eternamente. Sin embargo, «Los hombres no temen a un poderoso ejército hostil como los poderes del infierno temen el nombre y la protección de María» (San Buenaventura).

Implorando tu asistencia: Tenemos que aprender a ser como mendigos ante Dios. La idea puede sonar extraña, pero es porque no estamos acostumbrados a reconocer que todo lo recibimos de Él. Aunque tengamos fe, actuamos y pensamos como si Dios no existiera. «Necesitamos cultivar la actitud de un mendigo, que pone toda su confianza en la misericordia de Dios» (Sólo Dios basta, S.C. Biela). No hay mejor manera de tener una experiencia de la misericordia de Dios en tu vida que a través de la Virgen. La Iglesia católica cree: Podemos decir que, por voluntad de Dios, María es la intermediaria a través de la cual se nos da el inmenso tesoro de las misericordias recogidas por Dios... Así como nadie puede ir al Padre sino por el Hijo, casi de la misma manera, nadie puede ir a Cristo sino por su Madre. En el plan de Dios, podemos ver cuán bueno y misericordioso es Dios (c.f. León XIII, Enc. Octobri mense, IX-22-1891, n.4).

Y reclamando tu socorro: ¿Por qué necesitamos la ayuda de María? ¿Por qué no podemos ir directamente a Jesús? Porque Dios quiere que seamos humildes y que reconozcamos que no podemos llegar a Él sin la ayuda de otras personas. «Habiendo cooperado María en nuestra redención con tanta gloria para Dios y tanto amor para nosotros, Nuestro Señor ordenó que nadie obtenga la salvación sino por su intercesión» (San Alfonso María de Ligorio). Jesús es «El Camino». ¿Cómo vino a nosotros? A través de la Virgen.

Haya sido abandonado de ti: La Palabra de Dios nos dice: «El Señor me ha abandonado; mi Señor me ha olvidado. ¿Puede una madre olvidarse de su hijo, no tener ternura por el hijo de sus entrañas? Aunque ella se olvide, yo nunca te olvidaré. Mira, en las palmas de mis manos te he grabado». Pase lo que pase, siempre hay alguien a quien acudir: «Corramos hacia María y, como sus hijos pequeños, arrojémonos en sus brazos con una perfecta confianza» (San Francisco de Sales).

Animado con esta confianza: Nunca luchamos por algo que no parece posible. La gente dice: «Ni siquiera quería ir allí», cuando sabe que llegar allí es imposible. Cuando tu confianza en Dios no tiene límites, su ayuda será ilimitada. Jacques Philippe insiste en su libro El camino de la confianza y el amor, en que Dios tiene realmente un corazón de Padre, un corazón que no puede resistirse cuando ve que ponemos toda nuestra confianza en Él, como un niño. Y si eso es cierto para un padre, ¿qué podemos decir del corazón de una madre? Deja que tu vida se inspire en esta confianza.

A ti también acudo: Es como dicen en los anuncios: «No camines, corre». Si realmente quieres algo, ve a por ello. Cuando me daba pereza buscar algo cuando era pequeño, mi padre me decía: «Actúa como si realmente quisieras encontrarlo». Corre hacia ella, y tu vida nunca será la misma. No es solo mi opinión; un Papa llegó a decir: «Desear la gracia sin acudir a la Virgen Madre es desear volar sin alas». No hay nadie mejor a quien dirigirse que a Nuestra Madre María.

Oh Madre, Virgen de las vírgenes: Un niño no se da cuenta de lo que necesita y ya su madre se ocupa de él. San Juan Mª Vianney, que tuvo muchas experiencias del amor de la Virgen, decía: «Sólo después del Juicio Final tendrá María algún descanso; desde ahora hasta entonces, está demasiado ocupada con sus hijos». Ella quiere cuidar de nosotros; sólo tenemos que dejarla. Tenemos que aprender a ser como un niño en brazos de su madre, como santa Madre Teresa de Calcuta: «Si alguna vez te sientes afligido durante tu día, invoca a la Virgen, solo di esta sencilla oración: “María, Madre de Jesús, por favor, sé una madre para mí ahora”. Debo admitir que esta oración nunca me ha fallado».

A veces ayuda ponerse ante una imagen, un cuadro o una estatua de la Virgen. Los católicos no creen que la imagen real sea la Virgen, sino que tener algo visual delante de nosotros nos ayuda a concentrarnos en con quién estamos hablando en la oración. Dios lo sabe (obviamente, ya que nos hizo así) y por eso se hizo al hombre, lo invisible se ha hecho visible. Lucía, una de las niñas videntes de Fátima (Portugal), pidió ayuda a María ante una imagen de la Virgen del Rosario: «Le pedí con toda mi alma que guardara mi pobre corazón solo para Dios. Mientras repetía esta sencilla oración una y otra vez, con los ojos fijos en la estatua, me pareció que Ella sonreía y, con una mirada cariñosa y un gesto amable, me aseguraba que lo haría. Mi corazón rebosaba de alegría y apenas podía pronunciar una palabra... Aquella noche... me sentí tan feliz que no pude dormir, y me pareció que las horas no pasarían nunca».

Y aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a comparecer ante tu presencia soberana: En el libro Tres Monjes Rebeldes, del P. M. Raymond, se habla de cómo Dios rompe nuestros corazones de piedra para darnos corazones nuevos. En una conversación en la que se decidía el futuro de un joven que algún día se convertiría en San Bernardo de Claraval, sus superiores deciden enviarlo a otra comunidad, a pesar de que eso podría romper el corazón del joven. Uno de los superiores dijo: «He pensado que este traslado podría romperle el corazón, pero la verdad es que tiene que aprender a tener el corazón roto. Un corazón roto es lo que Dios utiliza para enseñarnos de nuestros errores. Entonces nos da un corazón más parecido al suyo. Este es el secreto que utilizó con las siete espadas que atravesaron el Corazón Inmaculado de María».

No deseches mis humildes súplicas, oh Madre del Verbo divino: María, madre mía, no me doy cuenta de lo maravillosa que eres. Creo, pero tengo tan poca fe que nunca pienso en lo asombroso, privilegiado y fundamental que es tu papel en el plan de Dios para nosotros, en la Iglesia y en nuestra vida personal. El Concilio Vaticano II confirma que María «ocupa un lugar en la Iglesia que es el más alto después de Cristo y, sin embargo, muy cercano a nosotros». San Buenaventura lo dijo claramente: «Dios pudo hacer un mundo más perfecto, pero no pudo hacer una madre más perfecta».

Antes bien, escúchalas y acógelas benignamente: Es bueno recordar que los brazos de la Virgen son, al fin y al cabo, los mismos brazos de Dios, porque ella solo y siempre quiere lo que Dios quiere para nosotros (Sólo Dios basta, S.C. Biela). Como la Virgen está tan unida a Dios, podemos aplicar a la Virgen lo que dice el Salmo 37: «Confía en Dios y haz el bien... vive en paz. Haz de Dios tu única alegría y Él te dará lo que tu corazón desea. Encomienda tu destino a Dios, confía en Él y Él actuará... calla ante Dios, y espéralo con paciencia, sin preocuparte... Basta de ira... No te preocupes, nada más que el mal puede salir de ello». Debemos tratar de tener en cuenta las palabras de San Maximiliano Kolbe: «No tengáis nunca miedo de amar demasiado a la Santísima Virgen. Nunca podréis amarla más de lo que lo hizo Jesús».