Fiesta de los Santos Desconocidos

¿Alguna vez te has preguntado cuántos santos hay en el Cielo?

Si tuvieras que enumerar los santos canonizados (también venerables y beatos) que conoces, probablemente podrías pensar en cincuenta, tal vez más de cien, o incluso cientos.

Pero, ¿qué hay de aquellas personas que han sido reconocidas como ejemplos vivos de santidad, cuyas causas de canonización no están tan avanzadas como las proclamadas oficialmente por la Iglesia? (Aquí, me vienen a la mente el padre Henry y la hermana Clare).

Sin mencionar a tus parientes o amigos queridos ya fallecidos, de los cuales puedes tener la seguridad interior de que Nuestra Madre misma los ha llevado al Cielo, ya que tenían una devoción muy grande a Nuestra Madre y a su escapulario.

Y la lista continúa…

De hecho, el día de Todos los Santos es también conocido como la “fiesta de los Santos Desconocidos”.

Santa Teresa de Lisieux un día soñó con la Venerable Ana de Jesús, fundadora de los conventos Carmelitas en Francia, a quien apenas conocía y a quien apenas tenía devoción. La venerable Ana acariciaba a Santa Teresa y le dijo que Dios vendría a buscar a la pequeña Teresa para llevársela al cielo muy pronto, y que Él estaba complacido por los «pobres pequeños actos y deseos» que Teresa le ofrecía. La misma Santa Teresa dijo: «al despertar me di cuenta de que el Cielo realmente existe, y que este Cielo está poblado de almas que me quieren como su hija… Ahora sé y entiendo cuán constantemente estaba en los pensamientos de la Venerable Ana, y el conocimiento se añade a mi amor por ella y por todos los seres queridos en el Hogar de mi Padre» (de Historia de un Alma).

¿Cuántas veces hemos sido capaces de superar la tentación de ser indulgentes con nosotros mismos, de tener el coraje de hacer una corrección fraterna, de estar inspirado a decir una palabra de ánimo o rezar por un amigo, en el momento exacto que esa persona lo necesita y de olvidarnos de nosotros mismos para llegar a alguien con quien no estamos muy cómodos? Bien, pues muchas de estas gracias han venido a nosotros a través de la intercesión de estos “santos desconocidos”—al igual que Santa Teresa recibió un gran consuelo a través de las oraciones de la Venerable Ana de Jesús, ¡en quién apenas pensó!

Es posible que no podamos entender el abrumador número de hermanos que ya están en el Cielo, rezando por nosotros y animándonos. Después de todo, el Cielo no es un lugar, por eso no hay límite en los santos que pueden caber “dentro”. (Si no te lo crees, te puedes hacer amiga de Conchita, que preguntó a la Virgen de Garabandal que cómo era posible que todos sus hijos entraran bajo su manto). De todos modos, podemos creer que en el Cielo entraremos en la plenitud de la comunión de los santos, y que nosotros entonces intercederemos por otros dejando caer una lluvia de nuestras “rosas” con nuestras oraciones y peticiones. Mientras estemos en esta tierra, busquemos en los santos «el ejemplo de su vida, la participación de su intimidad y la ayuda de su intercesión» (Lumen Gentium 51).

Que Nuestra Madre, Reina de todos los santos—y cuyo amor desde el primer instante de su concepción sobrepasa el amor de todos los santos juntos—, continúe guiándonos hacia nuestra patria del Cielo.

«Por tanto, también nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone» (Hebreos 12, 1-2).

-Winnie Ng, Singapúr