Donde estoy yo, allí también estará mi servidor

«El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor» (Jn 12,26).

Comúnmente (aunque erróneamente) se piensa que Jesús menospreció a nuestra Santísima Madre cuando dijo a la mujer que proclamó: «Bendito el vientre que te llevó», que todos los que hacen la voluntad del Padre son los verdaderamente benditos. Sin embargo, Él no pudo haber hecho un cumplido más grande a su Madre, pues no hay ni habrá criatura alguna que cumpla de manera más perfecta la Voluntad del Padre (bueno… aparte de Jesús, ¡claro!).

Algunos domingos antes de Pascua, leímos que todos los que quieran seguir a Jesús estarán donde Él está. Las palabras del Ave María, «llena eres de gracia, el Señor está contigo», también nos muestran esto. María solo desea servir al Señor, entonces Ella está con Él, y Él con Ella. Sus corazones están totalmente unidos.

En la Anunciación, Ella proclama su entrega total a la voluntad de Dios con su Fiat, «hágase en mí según tu palabra». En el Templo, Ella presenta a Jesús al Padre, y escucha la profecía de Simeón que prefigura la espada que traspasará sus corazones en el Calvario. En las bodas de Caná, Ella, que conoce perfectamente el corazón de Jesús, consigue para los recién casados abundancia de vino y alegría, a pesar de la inicial vacilación de Jesús, y nos enseña: «Haced lo que Él os diga». Al pie de la cruz, sufriendo y en silencio, Ella ofrece su Fiat unido al Fiat de su Hijo, pronunciado en Getsemaní y consumado en la cruz. También en sus años de vida pública y después de la Ascensión, Ella no cesa de estar con Él. Su corazón sigue palpitando al unísono con el de su Hijo, con deseo de servirle, ofreciendo sus trabajos, oraciones, sufrimientos y alegrías en Él, a Él y a través de Él.

No hay lugar donde Cristo está, en que Ella no esté. No hay nada que Ella desee más que lo que Él quiera. No hay pensamiento en su cabeza, palabra en sus labios, que no esté movido por el Espíritu Santo.

Ahora, vemos que Ella es el corazón de la Iglesia. Los apóstoles estaban reunidos en el Cenáculo alrededor de María, quien les ofrece su protección maternal, guía, apoyo y amor. El día en que Jesús envía el Espíritu Santo sobre sus discípulos, ¿quién pudo recibir más del Santificador que María, cuyo Corazón Inmaculado anhela que el Espíritu continúe su labor de transformación en Ella y por Ella, a la comunidad de creyentes y al mundo entero? Por el envío del Espíritu Santo, Jesús corona a su Madre con una inimaginable explosión de sus siete dones, de modo que su maternidad se pueda extender a toda la Iglesia - María es Madre de Dios, Madre de la Iglesia y Madre de todos los hombres… y ¡nuestra Madre!

Permanezcamos cerca de María, pidiéndole que ponga sus manos sobre nosotros e interceda para que recibamos una mayor efusión del Espíritu. ¿Cómo podrá el Espíritu Santo resistirse a la intercesión de su más fiel Esposa, cuya alma inmaculada ha sido su morada desde su concepción? Con su corazón maternal y su poder real, Ella obtendrá con seguridad todas las gracias que necesitemos para ser siervos fieles ahora y hasta la hora de nuestra muerte. Ave María, llena de gracia, el Señor está contigo; te pedimos nos obtengas la gracia de servir al Señor con un corazón indiviso para que también nosotros podamos estar donde Él está, ¡en el Cielo!

 -Winne Ng, Singapur